La última vez que lo vieron a Santiago Rosiñol fue en una noche gélida y lluviosa de 1975. Alguien se lo cruzó cuando se dirigía con paso errático hacia el túnel que pasaba por debajo de las vías del tren, en dirección a su casa en el otro extremo del pueblo. Después se supo que había estado tomando unas copas con unos amigos y que cuando ya apenas podía mantenerse en pie se despidió de todos y se dirigió tambaleante hacía su casa.
Al principio casi nadie en Garraf notó su desaparición, sólo a algunos que acostumbraban cruzárselo a diario les extrañó su ausencia en el bar o en el club de tenis. Más de uno lo llamó para conocer su paradero o simplemente para ir tomar unas copas pero el resultado era siempre el mismo, nadie contestaba. Comenzaron a preocuparse y hubo quien opinó que había que saltar la cerradura de su casa y otros que lo mejor era dar parte a la policía de su desaparición. Lo primero no fue necesario, porque vieron que podían saltar a su casa desde la terraza del vecino. Se encontraron con que la ventana estaba semiabierta y por allí entraron. Lo buscaron por toda la casa y ni rastro de él. Su cama estaba sin hacer, en la cocina había algunos cacharros acumulados que evidentemente llevaban varios días y en la terraza ropa tendida ya cubierta por varias capas de polvo. Hubo quien observó que la radio aún estaba encendida. Era como si hubiese abandonado su casa con la intención de volver al poco tiempo y no lo hubiese hecho jamás. Denunciaron su desaparición a la policía y colgaron carteles por los pueblos cercanos. Los pocos familiares que tenía Santiago se hallaban desperdigados por distintos puntos de Cataluña y no mantenían demasiada comunicación con él (por no decir nula) y aparentaron demostrar más preocupación por su paradero que la que en verdad tenían.
Pasaron más de treinta años y la inexplicable desaparición de Santiago Rosiñol pasó a ser un misterio más de los tantos que flotaban en Garraf. Una medianoche de frío nival y un viento que encrespaba las olas y jugueteaba con los árboles como si fueran simples ramitas, Ricardo Torino volvía de cenar de casa de su amigo Marc y se dirigía con paso cada vez más veloz hacia la suya, apremiado por el duro frío de las dos de la mañana. Las luces de la calle estaban casi todas apagadas y el pueblo entero parecía sumido en la semioscuridad. El túnel también estaba completamente a oscuras, tan sólo era principio.
Dos pasos fueron suficientes para adentrarse en la penumbra. Hubiera deseado tener una linterna ya que apenas se vislumbraba una claridad del otro lado. Unos pocos pasos más adelante el pasaje se diluía en las tinieblas.
Había recorrido ya la mitad del trayecto cuando sintió como una mano de hierro se atenazaba en su brazo. Su corazón dio un vuelco y antes de que pudiera reaccionar de alguna manera una voz temblorosa en la que se mezclaban la desesperación y el asombro le dijo –Ayúdame por favor, tengo que salir de aquí…tengo que salir- Instintivamente Ricardo se quitó la mano que se afirmaba en su brazo e intentó buscarle un rostro a aquella voz que surgía de la oscuridad, pero apenas distinguía contornos. La voz le preguntó quien era y aventuró algunos nombres, algunos conocidos para Ricardo, otros no. Ricardo le dijo quien era y ante su extrañeza le explicó que tan sólo llevaba un par de años viviendo allí. -Soy Santiago -le contestó- Santiago Rosiñol y quiero que me ayudes a salir de aquí-.
Ricardo recordó la historia del hombre que hacía ya treinta y cinco años había desaparecido sin dejar rastro alguno y pensó que aquél desconocido o bien estaba gastándole una broma bastante pesada o estaba desquiciado. El hombre encendió un mechero y lo interpuso entre Ricardo y él. La llama oscilaba débilmente consumiendo benzina, lo suficiente como para que Ricardo reconociese en ese sujeto al que en alguna ocasión había visto en el álbum de fotos de Marc. Ricardo lo miró atónito y tan sólo alcanzó a responder que conocía bien la historia de Santiago Rosiñol, y debía reconocer que el parecido de éste hombre con el de las fotos era extraordinario pero no podía ser él ya que entonces debería rondar los ochenta años, por lo menos, y la persona que tenía delante suyo no sobrepasaba en mucho los cuarenta.
El hombre lo miró y Ricardo pudo leer en sus ojos miedo y confusión y pudo sentir el vaho a alcohol que emanaba de él.
-No entiendo lo que me dice, yo recién vengo de casa de los Ferrat…y de pronto…no entiendo lo que me pasó -comenzó con voz temblorosa mientras miraba a uno y a otro lado del pasaje-. Al entrar al túnel llovía, y mucho. Pero había luz. Ahora está oscuro. Al llegar a la mitad comencé a marearme o al menos eso me pareció porque me dio la sensación de que a medida que avanzaba el túnel se movía conmigo…no –dudó- era más bien como si se estirase. Si yo corría el túnel se alargaba a mi ritmo, pero siempre me hallaba en el mismo lugar. Comencé a desesperarme y maldije al alcohol que corría por mis venas y a mi mismo. Intenté ir hacia el otro lado pero algo aún más extraño sucedió. No me podía mover, como si estuviese encadenado al suelo y el extremo hacia dónde quería ir se cerraba sobre si mismo, se contraía, ¿entiendes lo que te quiero decir? –me dijo con voz angustiada- desesperado, comencé a gritar mientras luchaba en vano por avanzar hacia uno u otro lado. Al final comencé a tambalearme, mareado, y caí inconsciente. Recobré el conocimiento y todo estaba a oscuras, luego vino usted. Ayúdeme a salir, por favor.
Ricardo pensó que no podía dejar a aquél hombre allí, quien quiera que fuese, porque moriría de frío.
-Venga, ya verá como salimos de aquí- le dijo Ricardo a aquél misterioso hombre a la vez que le pasaba un brazo por el hombro. Tan sólo habían dado un par de pasos, cuando al tercero Ricardo tuvo la sensación de que una fuerza invisible e irresistible lo fijaba al suelo y no lo dejaba avanzar. En un principio pensó que se trataba de aquél pobre loco que en definitiva no quería moverse de allí, pero comenzó a desesperarse cuando tomó conciencia de que cada centímetro cuadrado de su cuerpo era retenido por aquella fuerza. Como si un campo gravitatorio de inmenso poder lo retuviese.
-¿Lo ve? ¿Ahora me cree?- Le dijo Santiago asiéndolo por los hombros y estrujando su abrigo. Una de las luces del túnel que estaba sobre ellos comenzó a parpadear débilmente y el loco miró hacia allí. Ricardo pudo ver su rostro claramente y leer en sus ojos miedo e incomprensión, pero no vio ni un atisbo de locura en ellos.
-No se si llevo aquí horas, días o años –continuó- pero cuando entré en el túnel, éste no era así –miró a su alrededor con ojos de asombro y agregó- y ahora…
-¿Ahora que?-lo interrumpió Ricardo- ¿Que ha cambiado?
-Que es el mismo túnel y a la vez...no lo es, es diferente, está cambiado…-se sentó con una expresión de cansancio y miró a Ricardo que pudo leer en sus ojos resignación y desesperación- y no puedo salir de aquí. Lo he intentado de todas las maneras y el resultado es siempre es mismo. Una fuerza invisible pero inexplicable me retiene dentro de un espacio de unos pocos metros cuadrados que no puedo abandonar. Cuarenta malditos pasos tiene tan sólo este túnel de un extremo a otro. Ni uno mas, ni uno menos. ¿Los ha contado usted alguna vez? Yo si…puede ser casualidad, o no...¿y el tiempo? ¿Ha mirado su reloj al entrar y al salir? ¿Alguna vez no ha llegado antes o después de lo previsto a una cita sólo por atravesar este maldito agujero?
Santiago se hizo pequeño contra la pared de frío cemento y levantó su vista hacia Ricardo. Creyó ver en los ojos de aquél hombre dos tiempos. El pasado, sólo alcanzable en la memoria y el futuro, ese que siempre va un paso delante de nosotros y que se nos escapa cuando lo tocamos con la punta de los dedos
Ricardo comenzó a temblar y supo que quizás no era de frío. Por un instante la imposible idea de poder quedar atrapado eternamente en aquél túnel le aterró. ¿Y si en verdad ese hombre era el mismo Santiago Rosiñol que pasó a ser uno de los misterios sin resolver de Garraf? No, eso no podía ser posible.
-No se preocupe- balbuceó Santiago con voz cansada- usted puede salir de aquí fácilmente, pero nunca lo podrá hacer conmigo. Antes era esclavo del tiempo, de mi tiempo o del que yo aceptaba que me impusiesen, y al final…
-Eso nos pasa a todos…Santiago.
-Si, pero no todos se vuelven prisioneros de él quedando atrapados en un eterno presente- Santiago miró fijamente a Ricardo y formuló la pregunta más temida.
-Dígame que hoy es 28 de diciembre.
-Si, lo es.
Santiago miró hacia el suelo durante unos segundos antes de volver a posar su mirada en Ricardo.
-Es extraño…hubiera jurado…no se –balbuceó- que no es el día que es.
-Pues si -continuó Ricardo- es el 28 de diciembre de 2009.
-Lo sabía…lo sabía – decía Santiago mientras se agarraba la cabeza- tengo que volver, tengo que hacerlo.
Se irguió de un salto y a la titilante luz del neón su figura adquirió una apariencia irreal. Mientras murmuraba palabras incomprensibles comenzó a correr en dirección hacia el mar. Tan sólo consiguió dar un par de pasos y de pronto sus movimientos se hicieron más lentos y Ricardo pudo ver como el cuerpo de Santiago quedaba suspendido a varios palmos del suelo durante unos segundos antes de caer estrepitosamente.
Con su rostro deformado por la desesperación se giró hacia Ricardo, gritándole -Váyase mientras pueda. ¡Váyase!- cogió una piedra que había en el suelo y se la arrojó, golpeándole en un hombro. Ricardo se frotó el brazo, entre dolorido y asombrado.
-¿Sólo quiero ayudarlo a salir de aquí, lo entiende? Intentémoslo una vez más. Juntos no podemos, entonces hagámoslo separados. Y si de esa manera no funciona, quizás yo también me quede atrapado aquí, para siempre.
Ricardo se quitó el abrigo y le dijo a Santiago que cogiera uno de los extremos.
-Yo iré delante, y cuando alcance el otro lado lo único que deberé hacer es tirar hasta que pueda sacarte.
-Dicho así…suena fácil, pero lo he intentado de mil maneras- Santiago cogió el extremo que le ofrecía Ricardo y tiró hacia sí, obligándolo al segundo a que lo mirase, y cuando sus ojos se encontraron bajo la tenue luz del neón Santiago prosiguió: -Si en verdad es el año que tú me dices yo debería tener unos setenta y cuatro años. La noche que entré en este túnel venía de jugar una partida de póquer y de tomar unas copas con los amigos –metió una mano en el bolsillo de su chaqueta de piel lustrosa y sacó un mechero y se lo extendió a Ricardo- Uno de ellos me dejó este mechero y luego me olvidé de devolvérselo. Se llama Jaume, Jaume Rial.
-Lo conozco.
-Que bien, deben estar viejitos…él y su mujer, digo. Espero que estén bien.
-Bueno, Jaume vive, pero su mujer murió hace unos pocos años. No he llegado a conocerla- contestó Ricardo mientras guardaba el mechero en el bolsillo de su pantalón- pero serás tú, no yo, quien se lo de.
-Elige una dirección- dijo Ricardo.
-Hacia allí – dijo Santiago extendiendo su dedo en dirección hacia el mar- por allí entré hace unas horas o más de treinta años, quien sabe, y quizás así regrese hacia el pasado.
Cogidos cada uno por un extremo del abrigo comenzaron a correr en dirección hacia el extremo del túnel que conducía hacia la parte más vieja del pueblo y hacia el mar. Sólo dieron unos pocos pasos y se toparon con una de las paredes oscuras e invisibles que los mantenían prisioneros. Santiago pudo ver como Ricardo comenzaba a ser absorbido por aquella indefinible penumbra mientras su propio cuerpo chocaba contra lo que para él era una infranqueable e imposible pared.
Ricardo se adentró en lo indescifrable y sintió como si los fotogramas de millones de películas pasaran ante él en tan sólo unas décimas de segundo. Escuchó la voz de Santiago, primero clara, luego cada vez más lejana y al final era tan sólo un eco de algo que quizás jamás había sucedido. Miró hacia el túnel. El corredor estaba perfectamente iluminado en toda su extensión. Sintió frío y reparó en la chaqueta que colgaba de una de sus manos y se la puso sin titubear. La notó extraña, se miró y reparó en que una de las mangas estaba cortada por la mitad y el largo apenas llegaba al antebrazo. La parte que faltaba era como si hubiese sido desgarrada del resto. Estaba aturdido, no alcanzaba a entender lo que le había sucedido. Estuvo largo rato mirando el túnel mientras se frotaba el antebrazo en la parte descubierta. Ni rastro de Santiago o de quien quiera que fuese aquél hombre. Hacía mucho frío, era tarde y debía atravesar nuevamente ese túnel para llegar a su casa o saltar por sobre las vías del tren. Miró su reloj. Eran las 2.02 de la mañana. Se sintió un poco cobarde por elegir el camino más accidentado, pero el más seguro. Saltó por sobre las vías del ferrocarril.
A la mañana siguiente y luego de media taza de café ya comenzaba a despertarse. Era una inesperada aunque agradable mañana de sol en Garraf y Ricardo prefirió sentarse en la terraza. En la mesa de al lado la venerable generación de los 20´ y 30´ despuntaba su vicio jugando a las cartas. Con su mirada aún algo nublada por el sueño, Ricardo pudo ver que uno de los jugadores era Jaume Rial.
Ricardo estuvo jugueteando largo rato con un pequeño objeto dorado en su mano izquierda hasta que por fin se decidió a levantarse y se dirigió a Don Jaume.
-Buenos días señores…Don Jaume, he encontrado este mechero por el túnel y me dijeron que podía ser suyo. Don Jaume lo dio vueltas, intentando forzar la capacidad de sus lentes como si eso le ayudase a recuperar la memoria.
Hizo ademán de devolverle el mechero a Ricardo pero pareció arrepentirse y volvió a colocarlo cerca de su ángulo de visión, pero esta vez se quitó las gafas. En la base, el mechero tenía algo grabado, unas iniciales, o quizás una dedicatoria. La mano que lo sostenía tembló imperceptiblemente y Don Jaume dio una cabezada y suspiró, como si muchos años más le hubiesen caído encima.
-¿Dónde lo encontraste?-le preguntó sin mirarlo a los ojos.
Ricardo tardó unos segundos en responder.
-En el túnel.
Don Jaume le dio las gracias, metió el mechero en uno de los bolsillos de su yérsey y se dirigió con el paso lento y la cabeza gacha en dirección a su casa.
Ese día necesitaba quedarse a solas con su pasado
miércoles, 3 de marzo de 2010
jueves, 12 de noviembre de 2009
Barro y Sal
Aún recordaba mi último encuentro con Ricardo Torino. El con un martini rosado con menta en su mano izquierda que a ratos le mojaba los labios y yo con una jarra de cerveza que, inexplicablemente, había visto evaporado su contenido en un tiempo tristemente breve. La atmósfera de aquel bar, cargada de tabaco y de hamburguesa y fritos evaporados no fue óbice de distracción para el tema que estábamos debatiendo.
-No hay fuerza en la tierra o sobre ella a la que debamos adorar con fervor religioso, ni siquiera con la indiferencia y la comodidad de la cual hace gala a la hora de la práctica el creyente moderno –me decía Ricardo- porque creo que aunque existiesen o no digitadores del destino del universo, ¿que debemos agradecerles? ¿el habernos creado y luego abandonado? ¿Abandonarías tú a tus hijos a la miseria del hambre, los padecimientos de las enfermedades y a los horrores de la guerra?
-No, en verdad que no –opiné- ya los griegos decían que los dioses eran dominados por las más bajas pasiones, las más brutales cóleras y por una cruel indiferencia hacia el género humano. Pero aún así y a su manera, los adoraban.
-Si claro…Por comodidad, por miedo y por la seguridad y fuerza que nos aporta el saber o creer que tenemos quien o que nos respalde o nos lleve hacia dónde nuestras capacidades y voluntades ya no nos permitan hacerlo –agregó Ricardo. Y entre cervezas y martinis expusimos nuestras opiniones acerca del teísmo, el ateísmo, el agnosticismo o el apateísmo, incluso disentimos acerca del iteísmo, pero llegados a ese punto de la conversación el alcohol ya enturbiaba nuestro sano juicio
-Y podemos hasta inventar, ya puestos, una sexta posición – balbuceó Ricardo, haciendo ímprobos esfuerzos por armar una frase coherente.
-¿Y…cual sería esa sexta posición, según tu? –le contesté intentando contener el reflujo de lúpulo y malta que pujaba por salir al exterior.
-El monoarqueoteísmo . -me contestó seriamente Ricardo.
-Ufff no me pidas en estos momentos que descifre ese trabalenguas –le dije mientras apuraba el último sorbo de cerveza.
-Es muy simple…se trata de revivir el culto a un dios olvidado, pero sólo a uno, de volverlo a profesar después de cientos de años o de milenios de no practicarlo.
-Ah, entiendo…y eso porqué, ¿o para que? Al menos en tu caso, que te hallas en algún lugar entre el ateísmo y el agnosticismo, no parece tener sentido- le dije acompañando mi opinión con un encogimiento de hombros.
Ricardo Torino se quedó con la mirada perdida en un punto impreciso entre la botella de martini rosado del exhibidor y la camarera, y luego de unos segundos agregó: Es cierto, tienes razón, no tiene demasiado sentido. Brindamos por última vez y cada uno se fue para su casa.
Habían pasado tres meses desde aquel día y mientras mi coche recorría las sinuosidades de las curvas del Garraf pensaba que sería de la vida de alguien tan peculiar como Ricardo Torino. El pueblo de Garraf surgió de entre las montañas, blanco y silencioso. La casa de Ricardo estaba cerca de la carretera y era la más antigua de la urbanización y ya desde lejos era fácil de identificar el apartamento, gracias a la columnilla de humo que se alzaba desde una terraza.
Ricardo me abrió la puerta de su casa y me ofreció su muñeca ya que sus manos estaban tiznadas por el carbón. En un fugaz lapso de tiempo me encontré con mi infaltable cerveza en la mano y él con su martini rosado con menta, y así nos quedamos un largo rato observando el fuego en silencio, al que no tardé en sacrificar con algún comentario banal. Comenzamos a charlar sobre temas que quizás no nos interesaban demasiado ni a uno ni a otro (pero que bien podían servir a modo de precalentamiento verbal) hasta que recordé el tema de conversación de nuestro último encuentro y estuve a punto de desempolvarlo, pero Ricardo se me anticipó.
-¿Recuerdas lo que hablamos sobre religión aquella vez?
-Algo…cuando nuestras facultades no llegaban ni al cincuenta por ciento mencionaste una postura alternativa a los otros teísmos, ¿como se llamaba?
-Monoarqueoteísmo…pero ahora la he cambiado, aunque en verdad podría entenderse como Monopaleoteísmo. La diferencia es que el primer término es mucho menos abarcativo que el segundo, que se refiere a lo más antiguo, a lo primigenio-decía Ricardo mientras su dedo índice desplazaba los cubitos de hielo por el vermouth.
-Ah, si, ya lo recuerdo ¿pero existe hoy en día alguna religión que pueda encasillarse dentro de alguna de estas definiciones y que no sea catalogada como una secta?
-Más que una pregunta lo tuyo debería ser un afirmación. Cualquier grupo que hoy día profese un culto a un dios olvidado sería considerado como una secta o simplemente, como una manga de chalados u oportunistas -y agregó mientras acomodaba unas costillas de cordero en la barbacoa- y ciertamente, la mayoría de las veces suele ser así.
Hubo unos segundos de silencio en el que yo me limité a beber y Ricardo a acomodar las brazas, pero parecía pensativo. Rompió su mutismo con una invitación inesperada. Me propuso realizar al día siguiente un paseo en kayak y me prometió enseñarme algo que podía ser la respuesta a algunos interrogantes. Como respuesta estiré mi brazo apuntando con el dedo hacia el cielo y le recordé que pronosticaban varios días de viento y lluvias torrenciales, con lo que el “paseo” podría más bien definirse como “aventura peligrosa”. Mi amigo sólo se limitó a sonreírme mientras me tiraba en el plato un par de costillas de cordero, con lo que consiguió callarme y me dijo que simplemente estuviese en el puerto de Garraf por la mañana, sin darme opción a réplica.
Así fue que al día siguiente, que por cierto fue como un inexplicable oasis climático en aquél octubre tan tormentoso, me encontré con Ricardo en el puerto de Garraf. Venía muy sonriente, abriendo sus brazos hacia el cielo azul y diciéndome: -¿Ves? Te dije que confiaras en mí.
Tan sólo nos llevó unos minutos salir del puerto y nos encontramos remando en un mar cuya superficie de espejo parecía reflejar nuestro asombro, siempre renovado, ante tan hermoso paisaje. No era la primera vez que hacía ese paseo con Ricardo, pero la sola contemplación de una imagen tan poderosa como era la del enorme acantilado, con sus pétreas raíces entrando en las aguas, los cientos de gaviotas que salpicaban la pared rocosa y los peces que saltaban ante nuestro paso no podía dejar indiferente ni al más frío observador.
Al cabo de un rato llegamos al Riuet. El mar entraba varios metros en la roca formando una concavidad dentro de la que habían una plataforma y más atrás la entrada a una cueva. Un río cuyos orígenes se perdían dentro del macizo del Garraf, y que serpenteaba por las entrañas de la montaña (por lo menos gran parte de su recorrido era por dentro de la cueva) para culminar su viaje allí mismo. En los pocos paseos que había efectuado yo con Ricardo por esa zona ni siquiera nos planteamos el entrar en aquel negro y tenebroso agujero. Demasiado difícil y peligroso el acceso y con historias más que intimidantes acerca de buzos perdidos, vertidos tóxicos y emanaciones de azufre. Dudé un instante pero Ricardo me instó a que lo siguiera y su determinación borró todo atisbo de duda en mí, así que subimos a la plataforma para luego arrastrar las embarcaciones hasta una parte en la que el río subterráneo tenía unos centímetros de profundidad, con lo que se hacía fácilmente navegable. Mi amigo adivinó mis temores y me tranquilizó diciéndome que el paseo se limitaría a adentrarnos unos pocos metros en la cueva y procedió a encender una luz que podía llevar en la cabeza y que era más que suficiente para enseñarnos el camino y disipar temores (o para reafirmarlos). Unos metros más adelante se podía apreciar cierta claridad que arremolinaba las tinieblas y que le daba a la cueva un aspecto increíblemente fantasmal, pero como nunca había entrado a una di por hecho que casi todas serían más o menos así. La claridad provenía de un rayo de luz que se filtraba a través de una abertura que tenía la roca y que evidentemente comunicaba con el exterior. Una plataforma natural nos sirvió de espigón y pusimos nuestros pies en ella, no sin cierto asco por mi parte por el musgo resbaladizo y viscoso que rozaba las plantas de mis pies.
-Bueno –dijo Ricardo, y sus palabras produjeron un extraño eco en aquél lugar- ahora sabrás porqué te he traído aquí -.
Asió una roca que había casi a la altura de su cabeza y la apartó cuidadosamente, y lo que dejó al descubierto llevó mi asombro al límite de lo imaginable. La débil luz que iluminaba la estancia me reveló una imagen que no me resultó nueva pero que allí hubiera imaginado imposible; la figurilla de arcilla, de no más de un par de palmos de altura, me contemplaba sabia y sonriente desde un rostro barbado. Su cuerpo casi desnudo sólo cubierto en su intimidad por una falda y sus manos juntas a la altura del tórax en actitud orante me hablaron sin prolegómenos de su remoto origen.
-Es…- comencé a balbucear- o parece una estatuilla sumeria, pero como puede ser…
-Es y parece, o ni una cosa ni la otra – me dijo- y apoyándome una mano en el hombro continuó: Como muy bien sabes mi ateísmo nunca conoció doblez ni síntoma de flaqueza alguno, es más, sólo se ha visto alimentado por las reflexiones y la experiencia. Pero una noche no tan distante de este día tuve un sueño extraño al cual por motivos que aún no comprendo quise ver como revelador. Soñé que me hallaba en un sitio al aire libre y cercano a la ladera de una montaña, al pié de la cual había un grupo de hombres vestidos a la usanza de los antiguos mesopotámicos. Estaban adorando a una figura de no mucho más de dos metros de altura, que parecía estar tallada en piedra. Cuando se retiraron me reí de ellos y me dije cuan primitivos me resultaban en la profesión de su credo…si, yo que me considero tan abierto en mis creencias, tan respetuoso en la fe de los demás en dioses representables o no, me reí de ellos. Luego me acerqué a la estatua y me coloqué en su base recorriéndola con la mirada, por curiosidad o simplemente por interés científico. Lo que sucedió entonces es la razón de que estemos aquí en este momento. La estatua pareció salir de un milenario e inevitable letargo y comenzó a moverse lentamente, en un principio sólo inclinándose imperceptiblemente, luego moviendo su cabeza hacia abajo. Comencé entonces, en medio de la más abrupta confusión, a balbucear palabras de asombro y de interrogantes con aires de culpa a aquella estatua. –Entonces es verdad – le repetí una y otra vez a aquella figura y le pregunté su nombre y comencé a desplegar ante ella un completo listado de dioses mesopotámicos hasta que llegue al momento en que le dije. –Quien eres, eres Enki?- Entonces la figura se inclinó aún más y por primera vez me miró con sus penetrantes y secos ojos líticos. Y fue allí que me desperté. Si, me imagino todo lo que estarás pensando –siguió Ricardo- y tienes razón. Podría haber hecho caso omiso de lo que en realidad no parecía ser más que un simple sueño, consecuencia de mis interminables reflexiones y de mis lecturas, pero no fue así. Esa misma tarde, cuando salí de trabajar en el restaurante me fui en busca de un paquete de arcilla, luego recolecté un poco de arena de la playa, agua de mar y dos pequeñas conchas blancas.
Con todos estos materiales y con las conchas como ojos, a la usanza de la época, creé esta figura que estás contemplando. Es la imagen de Enki tal cual la soñé. Enki es el dios sumerio de las aguas, absorbido luego por las vecinas y más recientes culturas acadia, asiria y babilónica. Fue el creador y también el salvador de la humanidad cuando otro dios menos paciente, de cólera fácil, Enlil, envió el diluvio destructor. Un dios astuto, alegre, gran seductor y con un apetito sexual insaciable, y con debilidad por el ocio y la bebida. Me dije que si debía creer en un dios, ¿porque no elegir a Enki? ¿Recuerdas lo que hablábamos del Monopaleoteísmo?, pues sería esto. Revivir el culto a un dios antiquísimo y olvidado. ¿Porqué o para que?– continuó anticipándose así a mi obvia pregunta- Imagínate lo agradecido que estaría un dios porque alguien, después de miles de años de permanecer ignorado, lo hiciese resurgir de las cenizas.
Mientras hablaba, Ricardo comenzó a hurgar en su mochila y extrajo de ella un panecillo de manufactura casera y un incienso. Se los ofrendó a su dios particular a la vez que proseguía, entusiasmado y ajeno quizás a mis temblores (la humedad y el frío eran terribles allí) y a los suyos, que le provocaban leves sacudidas, con su monólogo revelador. Le dije que si me quedaba un segundo más en aquella cueva yo también me transformaría en una estatua. Colocó la piedra para ocultar el altar no sin antes guiñarle el ojo a la figura de arcilla y salimos en silencio de la cueva. Creo que pocas veces agradecí tanto como en aquél día sentir el sol en mi rostro, aunque fuese levemente tibio y otoñal.
A los pocos minutos de abandonar la cueva el tiempo comenzó a cambiar notablemente. Un viento leve comenzó a soplar y la superficie del mar empezó a agitarse. Mil y una preguntas se agolpaban en mi cabeza, pero por alguna razón, todas ellas siguieron girando cómoda y desordenadamente en mi cerebro. Luego de dejar los kayaks en el puerto nos sentamos en una roca a contemplar el mar. El viento soplaba cada vez con más insistencia y las olas al chocar con las rocas levantaban largas columnas de agua. Le pregunté a Ricardo si había contado con que el mar sufriría ese cambio repentino, aparentemente inesperado y le hice notar lo peligroso que hubiera sido que sucediese cuando aún estábamos en la cueva. Se limitó a sonreír y a extraer un papel doblado que llevaba en su mochila. Era el reporte del tiempo para ese día. Anunciaban vientos y marejada fuerte durante toda la jornada.
-Se equivocaron, porque hasta hace no más de media hora el mar estaba increíblemente plácido –le dije sin entender lo que me quería decir- ¿o acaso me insinúas otra cosa? Vamos, no me vengas con que…
-No es una insinuación, quizás la respuesta a tu interrogante es tan clara que no la podemos ver, ya sea por nuestro escepticismo o por nuestra cerrazón. Cuando te propuse hacer este paseo ya conocía el reporte del tiempo y si no podíamos entrar en la cueva, el mismo ya no hubiera tenido sentido. Sin embargo, por alguna razón, confiaba en que el tiempo cambiaría y podría al fin enseñarte la estatuilla. Se que para ti todo esto no tiene demasiado sentido, incluso debo reconocerte que mi ateísmo ya no puede definirse como tal y lo que empezó más bien como un entretenimiento terminó por transformarse en lo más parecido que puede haber a un monopaleoteísmo. Creer o no creer – dijo, y abarcó con un gesto de su mano el paisaje que nos rodeaba – soy libre de elegir tanto una u otra postura y de cambiar cuantas veces desee.
Le manifesté mi respeto por su curiosa postura, a la que veía algo tambaleante pero no por ello del todo incoherente, pero por sobre todo coincidimos en cuanto a que la mayoría la tildaría de delirante. Las palabras dejaron de fluir de nuestros labios, como la última gota de agua que deja caer la cantimplora de un sediento explorador y nos quedamos contemplando el mar en un silencio al que no nos atrevimos a profanar con más palabras. Convulsa y poderosísima, la naturaleza nos enseñaba orgullosa su obra de viento y sal. Sin permiso alguno, una imagen irrumpió en mi mente. La de una figurilla que me observaba y me regalaba su sonrisa milenaria, trazada sobre una arcilla aún fresca. No supe si en mi fantasía ella se burlaba de mí o si eso era también otra tonta idea mía, sólo estaba seguro que el sol ya se había ocultado detrás de la montaña y comenzaba a hacer frío.
Y pensé que en aquella cueva las penumbras tenían que ser tan espesas como las que en ese momento, también invadían mi razón.
-No hay fuerza en la tierra o sobre ella a la que debamos adorar con fervor religioso, ni siquiera con la indiferencia y la comodidad de la cual hace gala a la hora de la práctica el creyente moderno –me decía Ricardo- porque creo que aunque existiesen o no digitadores del destino del universo, ¿que debemos agradecerles? ¿el habernos creado y luego abandonado? ¿Abandonarías tú a tus hijos a la miseria del hambre, los padecimientos de las enfermedades y a los horrores de la guerra?
-No, en verdad que no –opiné- ya los griegos decían que los dioses eran dominados por las más bajas pasiones, las más brutales cóleras y por una cruel indiferencia hacia el género humano. Pero aún así y a su manera, los adoraban.
-Si claro…Por comodidad, por miedo y por la seguridad y fuerza que nos aporta el saber o creer que tenemos quien o que nos respalde o nos lleve hacia dónde nuestras capacidades y voluntades ya no nos permitan hacerlo –agregó Ricardo. Y entre cervezas y martinis expusimos nuestras opiniones acerca del teísmo, el ateísmo, el agnosticismo o el apateísmo, incluso disentimos acerca del iteísmo, pero llegados a ese punto de la conversación el alcohol ya enturbiaba nuestro sano juicio
-Y podemos hasta inventar, ya puestos, una sexta posición – balbuceó Ricardo, haciendo ímprobos esfuerzos por armar una frase coherente.
-¿Y…cual sería esa sexta posición, según tu? –le contesté intentando contener el reflujo de lúpulo y malta que pujaba por salir al exterior.
-El monoarqueoteísmo . -me contestó seriamente Ricardo.
-Ufff no me pidas en estos momentos que descifre ese trabalenguas –le dije mientras apuraba el último sorbo de cerveza.
-Es muy simple…se trata de revivir el culto a un dios olvidado, pero sólo a uno, de volverlo a profesar después de cientos de años o de milenios de no practicarlo.
-Ah, entiendo…y eso porqué, ¿o para que? Al menos en tu caso, que te hallas en algún lugar entre el ateísmo y el agnosticismo, no parece tener sentido- le dije acompañando mi opinión con un encogimiento de hombros.
Ricardo Torino se quedó con la mirada perdida en un punto impreciso entre la botella de martini rosado del exhibidor y la camarera, y luego de unos segundos agregó: Es cierto, tienes razón, no tiene demasiado sentido. Brindamos por última vez y cada uno se fue para su casa.
Habían pasado tres meses desde aquel día y mientras mi coche recorría las sinuosidades de las curvas del Garraf pensaba que sería de la vida de alguien tan peculiar como Ricardo Torino. El pueblo de Garraf surgió de entre las montañas, blanco y silencioso. La casa de Ricardo estaba cerca de la carretera y era la más antigua de la urbanización y ya desde lejos era fácil de identificar el apartamento, gracias a la columnilla de humo que se alzaba desde una terraza.
Ricardo me abrió la puerta de su casa y me ofreció su muñeca ya que sus manos estaban tiznadas por el carbón. En un fugaz lapso de tiempo me encontré con mi infaltable cerveza en la mano y él con su martini rosado con menta, y así nos quedamos un largo rato observando el fuego en silencio, al que no tardé en sacrificar con algún comentario banal. Comenzamos a charlar sobre temas que quizás no nos interesaban demasiado ni a uno ni a otro (pero que bien podían servir a modo de precalentamiento verbal) hasta que recordé el tema de conversación de nuestro último encuentro y estuve a punto de desempolvarlo, pero Ricardo se me anticipó.
-¿Recuerdas lo que hablamos sobre religión aquella vez?
-Algo…cuando nuestras facultades no llegaban ni al cincuenta por ciento mencionaste una postura alternativa a los otros teísmos, ¿como se llamaba?
-Monoarqueoteísmo…pero ahora la he cambiado, aunque en verdad podría entenderse como Monopaleoteísmo. La diferencia es que el primer término es mucho menos abarcativo que el segundo, que se refiere a lo más antiguo, a lo primigenio-decía Ricardo mientras su dedo índice desplazaba los cubitos de hielo por el vermouth.
-Ah, si, ya lo recuerdo ¿pero existe hoy en día alguna religión que pueda encasillarse dentro de alguna de estas definiciones y que no sea catalogada como una secta?
-Más que una pregunta lo tuyo debería ser un afirmación. Cualquier grupo que hoy día profese un culto a un dios olvidado sería considerado como una secta o simplemente, como una manga de chalados u oportunistas -y agregó mientras acomodaba unas costillas de cordero en la barbacoa- y ciertamente, la mayoría de las veces suele ser así.
Hubo unos segundos de silencio en el que yo me limité a beber y Ricardo a acomodar las brazas, pero parecía pensativo. Rompió su mutismo con una invitación inesperada. Me propuso realizar al día siguiente un paseo en kayak y me prometió enseñarme algo que podía ser la respuesta a algunos interrogantes. Como respuesta estiré mi brazo apuntando con el dedo hacia el cielo y le recordé que pronosticaban varios días de viento y lluvias torrenciales, con lo que el “paseo” podría más bien definirse como “aventura peligrosa”. Mi amigo sólo se limitó a sonreírme mientras me tiraba en el plato un par de costillas de cordero, con lo que consiguió callarme y me dijo que simplemente estuviese en el puerto de Garraf por la mañana, sin darme opción a réplica.
Así fue que al día siguiente, que por cierto fue como un inexplicable oasis climático en aquél octubre tan tormentoso, me encontré con Ricardo en el puerto de Garraf. Venía muy sonriente, abriendo sus brazos hacia el cielo azul y diciéndome: -¿Ves? Te dije que confiaras en mí.
Tan sólo nos llevó unos minutos salir del puerto y nos encontramos remando en un mar cuya superficie de espejo parecía reflejar nuestro asombro, siempre renovado, ante tan hermoso paisaje. No era la primera vez que hacía ese paseo con Ricardo, pero la sola contemplación de una imagen tan poderosa como era la del enorme acantilado, con sus pétreas raíces entrando en las aguas, los cientos de gaviotas que salpicaban la pared rocosa y los peces que saltaban ante nuestro paso no podía dejar indiferente ni al más frío observador.
Al cabo de un rato llegamos al Riuet. El mar entraba varios metros en la roca formando una concavidad dentro de la que habían una plataforma y más atrás la entrada a una cueva. Un río cuyos orígenes se perdían dentro del macizo del Garraf, y que serpenteaba por las entrañas de la montaña (por lo menos gran parte de su recorrido era por dentro de la cueva) para culminar su viaje allí mismo. En los pocos paseos que había efectuado yo con Ricardo por esa zona ni siquiera nos planteamos el entrar en aquel negro y tenebroso agujero. Demasiado difícil y peligroso el acceso y con historias más que intimidantes acerca de buzos perdidos, vertidos tóxicos y emanaciones de azufre. Dudé un instante pero Ricardo me instó a que lo siguiera y su determinación borró todo atisbo de duda en mí, así que subimos a la plataforma para luego arrastrar las embarcaciones hasta una parte en la que el río subterráneo tenía unos centímetros de profundidad, con lo que se hacía fácilmente navegable. Mi amigo adivinó mis temores y me tranquilizó diciéndome que el paseo se limitaría a adentrarnos unos pocos metros en la cueva y procedió a encender una luz que podía llevar en la cabeza y que era más que suficiente para enseñarnos el camino y disipar temores (o para reafirmarlos). Unos metros más adelante se podía apreciar cierta claridad que arremolinaba las tinieblas y que le daba a la cueva un aspecto increíblemente fantasmal, pero como nunca había entrado a una di por hecho que casi todas serían más o menos así. La claridad provenía de un rayo de luz que se filtraba a través de una abertura que tenía la roca y que evidentemente comunicaba con el exterior. Una plataforma natural nos sirvió de espigón y pusimos nuestros pies en ella, no sin cierto asco por mi parte por el musgo resbaladizo y viscoso que rozaba las plantas de mis pies.
-Bueno –dijo Ricardo, y sus palabras produjeron un extraño eco en aquél lugar- ahora sabrás porqué te he traído aquí -.
Asió una roca que había casi a la altura de su cabeza y la apartó cuidadosamente, y lo que dejó al descubierto llevó mi asombro al límite de lo imaginable. La débil luz que iluminaba la estancia me reveló una imagen que no me resultó nueva pero que allí hubiera imaginado imposible; la figurilla de arcilla, de no más de un par de palmos de altura, me contemplaba sabia y sonriente desde un rostro barbado. Su cuerpo casi desnudo sólo cubierto en su intimidad por una falda y sus manos juntas a la altura del tórax en actitud orante me hablaron sin prolegómenos de su remoto origen.
-Es…- comencé a balbucear- o parece una estatuilla sumeria, pero como puede ser…
-Es y parece, o ni una cosa ni la otra – me dijo- y apoyándome una mano en el hombro continuó: Como muy bien sabes mi ateísmo nunca conoció doblez ni síntoma de flaqueza alguno, es más, sólo se ha visto alimentado por las reflexiones y la experiencia. Pero una noche no tan distante de este día tuve un sueño extraño al cual por motivos que aún no comprendo quise ver como revelador. Soñé que me hallaba en un sitio al aire libre y cercano a la ladera de una montaña, al pié de la cual había un grupo de hombres vestidos a la usanza de los antiguos mesopotámicos. Estaban adorando a una figura de no mucho más de dos metros de altura, que parecía estar tallada en piedra. Cuando se retiraron me reí de ellos y me dije cuan primitivos me resultaban en la profesión de su credo…si, yo que me considero tan abierto en mis creencias, tan respetuoso en la fe de los demás en dioses representables o no, me reí de ellos. Luego me acerqué a la estatua y me coloqué en su base recorriéndola con la mirada, por curiosidad o simplemente por interés científico. Lo que sucedió entonces es la razón de que estemos aquí en este momento. La estatua pareció salir de un milenario e inevitable letargo y comenzó a moverse lentamente, en un principio sólo inclinándose imperceptiblemente, luego moviendo su cabeza hacia abajo. Comencé entonces, en medio de la más abrupta confusión, a balbucear palabras de asombro y de interrogantes con aires de culpa a aquella estatua. –Entonces es verdad – le repetí una y otra vez a aquella figura y le pregunté su nombre y comencé a desplegar ante ella un completo listado de dioses mesopotámicos hasta que llegue al momento en que le dije. –Quien eres, eres Enki?- Entonces la figura se inclinó aún más y por primera vez me miró con sus penetrantes y secos ojos líticos. Y fue allí que me desperté. Si, me imagino todo lo que estarás pensando –siguió Ricardo- y tienes razón. Podría haber hecho caso omiso de lo que en realidad no parecía ser más que un simple sueño, consecuencia de mis interminables reflexiones y de mis lecturas, pero no fue así. Esa misma tarde, cuando salí de trabajar en el restaurante me fui en busca de un paquete de arcilla, luego recolecté un poco de arena de la playa, agua de mar y dos pequeñas conchas blancas.
Con todos estos materiales y con las conchas como ojos, a la usanza de la época, creé esta figura que estás contemplando. Es la imagen de Enki tal cual la soñé. Enki es el dios sumerio de las aguas, absorbido luego por las vecinas y más recientes culturas acadia, asiria y babilónica. Fue el creador y también el salvador de la humanidad cuando otro dios menos paciente, de cólera fácil, Enlil, envió el diluvio destructor. Un dios astuto, alegre, gran seductor y con un apetito sexual insaciable, y con debilidad por el ocio y la bebida. Me dije que si debía creer en un dios, ¿porque no elegir a Enki? ¿Recuerdas lo que hablábamos del Monopaleoteísmo?, pues sería esto. Revivir el culto a un dios antiquísimo y olvidado. ¿Porqué o para que?– continuó anticipándose así a mi obvia pregunta- Imagínate lo agradecido que estaría un dios porque alguien, después de miles de años de permanecer ignorado, lo hiciese resurgir de las cenizas.
Mientras hablaba, Ricardo comenzó a hurgar en su mochila y extrajo de ella un panecillo de manufactura casera y un incienso. Se los ofrendó a su dios particular a la vez que proseguía, entusiasmado y ajeno quizás a mis temblores (la humedad y el frío eran terribles allí) y a los suyos, que le provocaban leves sacudidas, con su monólogo revelador. Le dije que si me quedaba un segundo más en aquella cueva yo también me transformaría en una estatua. Colocó la piedra para ocultar el altar no sin antes guiñarle el ojo a la figura de arcilla y salimos en silencio de la cueva. Creo que pocas veces agradecí tanto como en aquél día sentir el sol en mi rostro, aunque fuese levemente tibio y otoñal.
A los pocos minutos de abandonar la cueva el tiempo comenzó a cambiar notablemente. Un viento leve comenzó a soplar y la superficie del mar empezó a agitarse. Mil y una preguntas se agolpaban en mi cabeza, pero por alguna razón, todas ellas siguieron girando cómoda y desordenadamente en mi cerebro. Luego de dejar los kayaks en el puerto nos sentamos en una roca a contemplar el mar. El viento soplaba cada vez con más insistencia y las olas al chocar con las rocas levantaban largas columnas de agua. Le pregunté a Ricardo si había contado con que el mar sufriría ese cambio repentino, aparentemente inesperado y le hice notar lo peligroso que hubiera sido que sucediese cuando aún estábamos en la cueva. Se limitó a sonreír y a extraer un papel doblado que llevaba en su mochila. Era el reporte del tiempo para ese día. Anunciaban vientos y marejada fuerte durante toda la jornada.
-Se equivocaron, porque hasta hace no más de media hora el mar estaba increíblemente plácido –le dije sin entender lo que me quería decir- ¿o acaso me insinúas otra cosa? Vamos, no me vengas con que…
-No es una insinuación, quizás la respuesta a tu interrogante es tan clara que no la podemos ver, ya sea por nuestro escepticismo o por nuestra cerrazón. Cuando te propuse hacer este paseo ya conocía el reporte del tiempo y si no podíamos entrar en la cueva, el mismo ya no hubiera tenido sentido. Sin embargo, por alguna razón, confiaba en que el tiempo cambiaría y podría al fin enseñarte la estatuilla. Se que para ti todo esto no tiene demasiado sentido, incluso debo reconocerte que mi ateísmo ya no puede definirse como tal y lo que empezó más bien como un entretenimiento terminó por transformarse en lo más parecido que puede haber a un monopaleoteísmo. Creer o no creer – dijo, y abarcó con un gesto de su mano el paisaje que nos rodeaba – soy libre de elegir tanto una u otra postura y de cambiar cuantas veces desee.
Le manifesté mi respeto por su curiosa postura, a la que veía algo tambaleante pero no por ello del todo incoherente, pero por sobre todo coincidimos en cuanto a que la mayoría la tildaría de delirante. Las palabras dejaron de fluir de nuestros labios, como la última gota de agua que deja caer la cantimplora de un sediento explorador y nos quedamos contemplando el mar en un silencio al que no nos atrevimos a profanar con más palabras. Convulsa y poderosísima, la naturaleza nos enseñaba orgullosa su obra de viento y sal. Sin permiso alguno, una imagen irrumpió en mi mente. La de una figurilla que me observaba y me regalaba su sonrisa milenaria, trazada sobre una arcilla aún fresca. No supe si en mi fantasía ella se burlaba de mí o si eso era también otra tonta idea mía, sólo estaba seguro que el sol ya se había ocultado detrás de la montaña y comenzaba a hacer frío.
Y pensé que en aquella cueva las penumbras tenían que ser tan espesas como las que en ese momento, también invadían mi razón.
miércoles, 8 de julio de 2009
Historia de una imposible rebelión
El bolígrafo de Joan llevaba ya varios minutos girando en su mano derecha, mientras la izquierda iba saltando de una tecla a otra del ordenador, sin un rumbo concreto o coherente.
Desde su reducido espacio de trabajo podía ver, algo lejana pero no por ello menos temible, la brillante calva del director reflejando la luz de la pantalla de su ordenador. Notó que esa irregular esfera emitía más luz que el tubo fluorescente que pendía del techo. Pero en ese momento ni esa observación, ni siquiera la más ocurrente podía hacerle la menor gracia.
El jefe comenzó a fruncir su ceño y a hablar solo, cogió su teléfono y vociferó algo al auricular.
A los pocos minutos la desgarbada y encorvada figura del cabrón de Roberto Alchurrete pasó cerca de su cubículo en dirección a la del jefe supremo. Golpeó dos veces la puerta moviendo sólo su puño sobre su muñeca de Barbie y entró. Desde allí Alberto no podía oír lo que decían pero se lo imaginaba. Donde los gestos abundaban las palabras sobraban y su jefe le hizo recordar a un Marcel Marceau pero sin sonrisas dulces o burlonas, ni pintura de mimo y con un claro y temible instinto asesino a punto de surgir como un géiser. Comenzó a golpear la mesa y ya no se vio ninguna cabeza asomar por sobre los cubículos, todos se agacharon menos Joan, que dejaba asomar un mechón de pelo y un ojo tan enormemente abierto que se le asemejaba al de un calamar. Y allí estaba Alchurrete señalando hacia su cubículo, desviando con el pulgar toda la culpa en su persona. Si para eso era un especialista el muy hijo de puta, sólo le faltaba la toga de senador romano (aunque con mucha menos clase) y un par de higos maduros deslizándose de dentro de la misma. ¡Si por poco más que eso Cartago fue devorada por las llamas!.
Joan cerró los ojos, agachó levemente su cabeza y comenzó la cuenta regresiva. Cinco, cuatro, tres…Casi difuminada ve pasar la figura de Alchurrete mirando de reojo hacia él y en resuelta dirección al ascensor, aunque no lo demasiado veloz como para no percibir los fulgores de rabia justificada qu despedían los ojos de Joan. Su teléfono suena una, dos veces…en la pantalla del aparato aparece claramente el número de interno del director. Respiró hondo y llevó el auricular a su oreja derecha. Una voz de ultratumba le dijo con un tono seco -Joan, antes de que cuelgue lo quiero en mi despacho-.
No había escapatoria, debía afrontar su destino con valentía. Se irguió lentamente y comenzó a caminar entre los puestos de trabajo como si se dirigiese al patíbulo. A su alrededor todo parecía borroso y lo único que veía con nitidez eran las miradas huidizas de sus compañeros y la puerta del despacho del jefe. Golpeó débilmente la puerta y una voz de esas que hielan la sangre, pausada y demasiado seca para su gusto, lo invitó a entrar.
-Siéntese – dijo el Sr. Alvarez sin dejar de mirar el ordenador y de aporrear el teclado con tal fuerza que parecía que las teclas en cualquier momento iban a comenzar a saltar por los aires. Dio vuelta la pantalla del ordenador en dirección a Joan y señaló una columna con cifras en una planilla de Excel y con una voz más grave que nunca dijo: -Joan, estos son los ingresos que debería haber tenido nuestra empresa este mes…y estos- señalando otra columna golpeó con un lápiz en la pantalla varias veces, astillando la mina- son los que debería haber tenido, pero gracias a su maravilloso, eficaz y resolutivo desenvolvimiento como la joya que es para nuestra empresa, eso no ha sido…posible.
-Eh…señor Alvarez, a ver…déjeme que le explique por favor…-comenzó a balbucear Joan- es que los planos que deberíamos haber tenido listos…-
El rostro del director empezó a congestionarse y adquirir los más variados matices del rojo y a Joan se le antojó que era como una enorme manzana. De nada ya valía articular excusa alguna. Dio dos golpes en la mesa con sus puños que hicieron bailotear el teclado y caer algunos lápices al suelo a la vez que su boca comenzó a entreabrirse para liberar, con seguridad, toda suerte de improperios y amenazas.
Joan nunca recordó lo que dijo su jefe aquél día, sólo quedó grabada en su memoria la imagen del señor Alvarez con su rostro a punto de explotar, sus ojos saltando de las órbitas y la onda expansiva que produjo al abrir su boca. Sintió literalmente como las capas de aire se desplazaban ante el caudal de voz y llegaban hasta él, como si fuese una terrible explosión imposible de detener. Fue como si una fuerza invisible pero palpable entrara por sus oídos y los hundiera hacia dentro buscándose en algún punto del cráneo.
Y todo fue oscuridad, y no recordó nada más.
Volvió en si y ya estaba sentado en su escritorio, quizás los mismos compañeros que estaban propinándole sonoras cachetadas para que reaccionase tuvieron la deferencia de arrastrarlo hacia allí. Se sintió como un galeote casi moribundo encadenado de nuevo al remo de la nave.
Le dijeron que se fuese a su casa a descansar y que mañana ya iría al médico. Estaba de acuerdo con ello. Más bien se tumbaría en el sillón de su casa, con una lata de cerveza en una mano y el mando de la tele en la otra. Sin duda su nivel de estrés había alcanzado una cota ciertamente preocupante y era hora de tomar una solución y de momento lo más acertado parecía ser el descanso y la desconexión total.
Un par de curvas más y ya estaría en Garraf. Aunque las ventanillas del coche estaban cerradas y el inmortal Freddy Mercury sonaba en el estéreo de su coche, creyó oír las olas romper contra los acantilados, como si fuese un instrumento más de la banda sonora de Queen. Bajó la música y abrió la ventanilla. Podía escuchar perfectamente el sonido del mar, aunque éste parecía estar tan calmo como una piscina. –Que extraño – se dijo meneando su cabeza –evidentemente no estoy del todo bien…
El sonido de la puerta de su coche y la de su casa al cerrarse se le antojaron extrañísimos y a pesar de haber cierta diferencia de tiempo entre los dos fue como si cuando aún seguía sintiendo la vibración producida por uno el otro se le superpuso, sumándose así al anterior.
Respiró aliviado al ver que no había aún nadie en casa, pocas veces se podía permitir el lujo de tumbarse en el sofá, cerveza en mano y dejarse abducir por la televisión. La puerta de la nevera al cerrarse, la cerveza al abrirse…¡Todo sonaba diferente! Se quedó largo tiempo mirando la tele sin verla, meditando sobre que era lo que le estaba sucediendo. Se levantó y dio un paseo por la casa cogiendo varias cosas de diferente naturaleza y al azar, luego se dispuso a distribuirlas en la mesa del comedor.
Delante de él había diseminado algunos alfileres, un libro grande, unas piedras, una copa de cristal y un condón. Cogió primero los alfileres y los dejó caer desde medio metro de altura sobre la mesa. Nada, al menos el sonido era el esperado. Luego hizo otro tanto con el libro.
Fue increíble no sólo lo que escuchó, sino también lo que sintió. Pudo percibir como el efecto sonoro no sólo quedaba limitado a un golpe seco y breve, sino que pudo escuchar como se expandía a partir de un epicentro hacía todas direcciones. No vio las ondas, pero las sintió de tal manera que hasta supo cuando el sonido chocaba con su propio cuerpo, ya debilitado por el recorrido.
¿Como podía percibir tal cosa y porqué? Le parecía todo tan irreal, desde su incidente en la oficina hasta lo que estaba experimentando en esos momentos. ¿Por qué razón a algunos sonidos los percibía de esa manera tan particular y en cambio a otros los seguía captando normalmente? Tenía que seguir experimentando.
Le tocó el turno a la copa. La asió de la base y la golpeó liberando el índice del pulgar. Tampoco se sorprendió por lo que escuchó, el típico limpio, puro y largo sonido del buen cristal. Luego desparramó las piedras, todas de distintos tamaños y formas, por el parquet del comedor. El efecto sonoro fue aún más increíble que el del libro, ya que pudo distinguir claramente las diferencias entre los sonidos producidos por las piedras más grandes y las más pequeñas y no sólo eso, sino que al igual que con el pesado libro pudo percibir el recorrido de las ondas sonoras a través del parquet.
Luego abrió el envoltorio del condón no sin pensar que estaba arrojando un euro a la basura, pero luego la idea de que la noble goma estaba destinada a un experimento científico lo convenció de su buen tino. ¡Y cuanta razón tuvo!
Ató cada extremo del preservativo a los apoyabrazos de una silla y se limitó a estirar el látex para luego soltarlo, como si fuese una cuerda de un arpa. El resultado fue asombroso y realmente esclarecedor, la vibración producida por la particular cuerda se transformó en una perfecta nota de una sinfonía maravillosa. El sonido viajó por el aire de la estancia llenándolo con su música incomparable.
Por fin entendía lo que estaba pasando. Había producido con los distintos elementos sonidos agudos con unos y graves con otros. Los agudos los percibía normalmente, pero los graves como el de las piedras, el libro o el condón los captaba en un nivel que jamás hubiera imaginado que podía ser posible. Ya entendía porque se había desmayado en la oficina. La ronca voz de su jefe, sumada al hecho que la misma llegó a alcanzar los umbrales de lo soportable por cualquier sistema auditivo normal, fue para él el detonante de un nuevo estado que aún no alcanzaba a entender, o quizás…quizás fuese otra cosa y realmente tenía un problema auditivo que pudiese derivar en algo más grave.
Decidió que lo mejor sería pedir turno con el médico. Cogió el teléfono y comenzó a llamar al CAP de Sitges pero apenas comenzó a sentir el tono de llamada cortó. Seguro le darían cita para quince días o un mes, allí en el centro lo atendería un médico que no conocía ya que jamás había coincidido con el que le habían asignado y al verlo sano, joven y fuerte lo enviaría de nuevo para casa con una palmada en el hombro y sin haberle mirado ni siquiera los oídos. De momento lo mejor que podía hacer era coger una cerveza en su mano derecha y el mando de la tele en la otra y aprovechar que su mujer aún no estaba en casa para desparramar bien el culo en el sofá. Puso una película de artes marciales con actores desconocidos y se dedicó a no pensar en nada.
Justo en el momento crucial, cuando el monje Shaolín (el bueno) estaba enfrascado en una incierta e interminable lucha con el malvado general Lao (el malo) y el quinto botellín de cerveza ya sólo tenía un leve rastro de espuma, sonó el timbre de su casa con la insistencia y violencia de una sirena de camión de bomberos.
¿Quien sería? Mientras el timbre no dejaba de sonar y el monje Shaolín le aplicaba una mortal garra de águila en la garganta a su oponente recordó que su suegra (la fea) los visitaría ese día.
Como el monje Shaolín, respiró hondo para concentrar su “chi” en la zona abdominal y se dirigió a la puerta con una resolución y valentía admirables.
-¡Que sorpresa! ¿Por que no abrió, Montse? ¿Se ha olvidado la llave? – exclamó Joan forzando una sonrisa simpática-
Doña Montse lo repasó velozmente de arriba abajo y le dijo:
-Ví luz, ¿para que buscar la llave en el bolso? -Y señaló hacia un cargadísimo carro de la compra que maniobraba con habilidad- Además está debajo de dos kilos de alcachofas, cuatro plantas de lechuga y tres ramas de tomates…¿y tú que? Ya te han echado del trabajo o…¿que te pasa, porque pones esa cara?
Joan estaba pálido y rígido, como petrificado. Sus piernas comenzaron a temblar y mientras andaba con paso vacilante hacia atrás llevó las manos a sus oídos
-Por favor, Montse, cállese por favor, es que…
-¡Ah! – replicó su suegra- ¡encima de vago y tonto, maleducado! Y comenzó a agitar su dedo mientras se acercaba hacia él y su voz aguardentosa cultivada a base de nicotina y alcohol se elevaba en decibelios y en odio.
La sacudida fue insoportable, de pronto sintió que sus piernas se aflojaban mientras todo se nublaba a su alrededor y se desplomó al suelo.
El rostro de su esposa se le apareció algo borroso y otra cara aún indefinida se unió a la de su mujer.
-No, ¡no! ¡Por dios, que no hable! – exclamó Alberto a la vez que se tapaba los oídos y se retorcía en la cama. Por el rabillo del ojo vio que no era su suegra sino un calvo enorme con una bata blanca el que se inclinaba con expresión seria sobre él. Se incorporó velozmente y comenzó a mirar alrededor suyo.
-¿Dónde está? ¿Dónde está tu madre?
-Tranquilízate Joan, ¡vaya susto me has dado! Mi madre me llamó para avisarme que te habías desmayado y vine lo antes posible, cuando llegué ya estaba aquí el doctor de emergencias con mamá…
-Y tu madre, ¿dónde está? -interrumpió Joan a su esposa a la vez que saltaba en la cama.
-Cariño, no te preocupes por mamá, ella está bien…se fue antes de que levantaran el mercadillo de Castelldefels, pero estaba muy preocupada por ti.
-¡No, si no me preocupa tu madre, sólo me quería asegurar de que se haya ido!
-¿Como puedes ser así con ella? No sabes lo preocupada que estaba la pobre por ti ¡con lo que te quiere!
El doctor le posó una mano en su hombro y le dijo: -Tranquilícese hombre, y recuéstese que tengo que hacerle unas pruebas. Me dijo su esposa que nunca ha tenido ni desmayos, ni indicios de epilepsia, ¿verdad?
-No, nunca, salvo hoy que me desmayé dos veces. Una en el trabajo y otra…cuando vino mi suegra – dijo mirando con un gesto socarrón a su mujer, luego les contó los hechos tal cual le habían sucedido.
Su mujer lo miraba con expresión de preocupación y el médico asentía seriamente.
-Vaya -dice el doctor- es un caso extraño…hipersensibilidad sólo a los sonidos graves, desmayos inexplicables…recomiendo un electroencefalograma para descartar alguna patología de carácter neurológico. Aunque no me asombraría que todo fuese causado por un elevado nivel de stress –meneó la cabeza con aire de preocupación y la miró a la esposa de Alberto y agregó – no se imaginan en estos tiempos de crisis los casos que estamos viendo.
Sacó una libreta y apuntó la receta de un calmante leve por si la situación persistía y recomendó cita con el otorrinolaringólogo y una orden para un elecroencefalograma.
La noche llegó sin que sucediese nada en particular, salvo que continuaba percibiendo los sonidos de igual manera. Cada tanto le llegaba, como amplificado, el ruido de algún camión en la cercana carretera y cuando todo ya estaba en silencio, hasta creyó escuchar el murmullo del mar, algo que antes desde su casa era imposible de percibir.
Se tomó una infusión de hierbas y se acostó. Comenzó a sucumbir bajo el influjo de Morfeo y el romper de las olas en la costa se entremezcló con otro sonido que en un principio apenas percibía, pero que luego comenzó a sentir más claramente. Era una como una vibración y le daba la sensación de que ese sonido llegaba por el suelo, viajaba por los cimientos de su casa hasta percibirlo en la misma cama en dónde estaba durmiendo. Varias imágenes comenzaron a entremezclarse en su mente. Vio rejas, llanuras extensísimas y frondosas selvas. Esas imágenes comenzaron a diluirse con otras ya incomprensibles hasta que se quedó profundamente dormido.
Joan no había puesto el despertador, tenía el día libre y aprovecharía las horas de sueño hasta el máximo, aunque su despertar fue algo diferente a lo esperado. Como todos los días al mediodía, parte del pueblo de Garraf se sacudió violentamente, saliendo de su amodorramiento, a causa de las explosiones de las canteras.
Horas después, ya en la consulta del médico, intentaría explicarle al mismo de que manera experimentaba sonidos como el de una explosión en las canteras, que antes ni siquiera escuchaba desde su casa ya que sólo percibía el temblor que los barrenos producían.
Le contó de qué manera más espantosa despertó aquella mañana, en la que no sólo su casa se sacudió con el temblor de tierra, sino que sintió que su propio cuerpo era víctima de un estremecimiento salvaje e involuntario durante el cual tuvo la sensación de que todo su cuerpo iba a caer a trozos. También le explicó toda la serie de acontecimientos que había vivido desde que tuvo esa primera experiencia con su jefe y el médico procedió a hacerle las pruebas de audición convencionales. Primero lo miró con el Otoscopio y pudo comprobar que conductos auditivos y tímpanos se hallaban en estado normal. Dado lo extraño de su estado, el especialista decidió realizarle una prueba de conducción ósea. Por medio de un aparato comenzó a enviar distintos tipos de tonos a la vez que un audiograma reflejaba los resultados. Los sonidos agudos o de alta frecuencia los registraba normalmente, sin presentar anomalía alguna. El médico probó entonces con los de baja frecuencia y comprobó con asombro que no sólo la percepción de su paciente iba más allá de lo normal sino que rayaba lo imposible en un ser humano.
-Muy extraño su caso –dijo el doctor a la vez que se retorcía la barbilla- Usted presenta una hipersensibilidad a los sonidos de baja frecuencia realmente increíble. Lo más curioso es que su sistema auditivo, al menos por lo que he podido apreciar, es perfectamente normal. Lo que no entiendo es la razón por la que percibe los sonidos de esa manera. Como usted quizás ya sepa estos viajan a través de un cuerpo sólido, todos podemos escuchar sonido generado en un cuerpo metálico o cualquiera que viaje por el aire, lo que no podemos es…
-Sentirlo como yo lo siento, doctor –agregó Alberto con una mezcla extraña de asombro y preocupación- No entiendo porqué me desmayé en aquellas ocasiones…bueno, si usted escuchara a mi suegra quizás lo entendería pero…es como si pudiera sentir en otra dimensión, no puedo verlos pero puedo hasta darme cuenta cuando el sonido llega a mi cuerpo y utiliza al mismo como transmisor. No se, creerá que estoy loco pero créame que en verdad estoy preocupado, y la explosión de hoy fue algo aterrador, hasta el punto de que temo estar en Garraf cuando los barrenos castiguen la montaña. Los tapones en los oídos ya los he probado y apenas atenúan el ruido, hasta le diría que es aún peor porque me da la sensación de que el sonido entra y queda atrapado en mi oídos.
-De momento lo único que puedo hacer es recomendarle que se coja unos días de baja. Descanse, y no se crea que su problema no tiene un origen en el stress, ya que no encuentro, al menos con los estudios que le he hecho hasta el momento, una razón para creer que presente patología alguna.
-Quien sabe, doctor. Quien sabe…seguiré su consejo
Joan va a su trabajo y presenta allí la baja. ¡15 ansiados y prometedores días! ¿Que haría con ellos? El jefe le dijo que sería más útil a la empresa de baja que en activo. No supo como tomarlo.
No sabía cuanto ocio libre de remordimiento alguno podía caber en 360 horas, al fin y al cabo se lo había recetado el médico. Volvió a su casa y se fue directo al sofá. Descansar, desconexión total…esa es la clave para combatir al estrés y lo haría con la cerveza en una mano y el mando de la tele en la otra.
Los canales pasaban uno tras otro sin enseñar nada interesante. Al final su pulgar se detuvo cuando llegó el canal 33. El documental que emitían hablaba sobre los elefantes y su particular, pero aún no probada manera de comunicarse con sus patas y emitiendo sonidos de baja frecuencia, inaudibles para el ser humano. Una bióloga de aspecto frío pero de hablar apasionado explicaba como, aún encontrándose a decenas de kilómetros unos de otros, los elefantes de una reserva en Zimbabwe podían avisarse acerca de un rumbo a tomar o de un peligro que los amenazase. Tanto el elefante africano como el de la India presentaban ciertas peculiaridades en su lenguaje que aún se seguían estudiando para una mayor comprensión.
Le parecía extraño e increíble, y no sabía a ciencia cierta como hallarle un asidero a su suposición, pero los sonidos que había escuchado la noche anterior antes de dormirse tenían algo que ver con los elefantes. Apagó el televisor y volvió a bajar las escaleras de su casa en busca de su coche. Media hora después ya estaba atravesando Barcelona. Desde que se había mudado a Garraf había dejado de sentirse un ser urbano. Ya no se hallaba a sí mismo entre el abigarrado tráfico y las mareas humanas.
Aparcó en el parking y después de abonar una entrada que se le antojó algo cara entró en el zoológico. Mientras caminaba por el recinto volvió a sentir esa extraña vibración aunque con mayor intensidad que antes. Y ya no dudó más cuando tuvo delante de él a la vieja y enorme elefanta.
Sus ojillos pequeños y tristones lo miraban fijamente. Eran tan expresivos. Su piel ajada y sus colmillos desgastados denotaban el implacable paso del tiempo. La elefanta emitió un suave sonido con su trompa y Alberto no sólo se deleitó con lo que consideró la más maravillosa nota emitida jamás por ser vivo alguno, sino que hasta creyó que en verdad el viejo y cansado paquidermo le estaba hablando a él. Se estaba volviendo loco, nada de esto podía ser posible. Y las rejas que rodeaban el recinto de la elefanta eran las mismas que creyó ver la noche anterior mientras el sueño lo invadía.
-¿Le gusta Susi? ¿Verdad que es guapa para la edad que tiene?-le dijo un cuidador que había a su lado.
Joan sacudió su cabeza, aún confundido –¿Perdón? ¿Me hablaba a mí? ¿Que me decía sobre la elefanta?
-Que se llama Susi…y tiene ya unos cincuenta años…está viejecilla y con muchos achaques, no creo que viva muchos años más, además está triste aún por la muerte de su compañera, Alicia. Pensamos traerle compañía en breve, ¿pero como va ella a saberlo? –agregó el cuidador que tenía unas gafas grandes y la cara llena de granos.
-Se ve que está triste…como depresiva…se le ve en los ojos y en como se balancea hacia delante y hacia atrás…-agregó Joan con una seguridad que a él mismo lo asombró.
-Pues…si, eso es lo que algunos dicen, sobretodo algunos grupos ecologistas, pero las autoridades de aquí lo desmienten terminantemente- el cuidador alzó sus hombros y agregó-pero bueno, ¿que puedo hacer yo? Bueno, hasta luego, seguiré con mi recorrida.
El cuidador se perdió entre la gente y Alberto siguió contemplando a Susi, sin comprender a ciencia cierta el porqué de su embobamiento ante el gigantesco animal.
Susi alzó levemente una de sus patas delanteras y golpeó en la tierra. El sonido viajó por el suelo en todas direcciones y quizás nadie más allí lo percibió, salvo Alberto. Sus ojos se abrieron asombrados y uno de esos escalofríos que se sienten cuando lo inesperado e imposible nos es revelado recorrió todo su cuerpo, pero aún antes lo hizo la vibración que primero la sintió en sus pies y luego en todo su cuerpo.
Un sonido que a él se le antojó la más dulce voz jamás escuchada surgió de la magna probóscide. La lágrima que rodó por su mejilla lo hizo casi al mismo tiempo que la de la triste y vieja elefanta, que jugó un poco entre los pliegues de su piel antes de caer a la tierra.
-Ya lo entiendo, por fin entiendo todo –se dijo asimismo.
La noche llegó y Joan no aparecía por casa. Preocupada porque tampoco podía comunicarse con él su mujer llamo a su madre y esta para tranquilizarla le dijo que no se hiciera problema, que él estaría bien.
-No te preocupes hija, seguro que volviendo para casa hizo una parada en el Riviera.
-Ay mamá, que el Riviera ya está cerrado, y de eso hace ya varios meses.
-Hija, eso para él no es problema, tu siempre dices que encuentra soluciones para todo.
Luego de una breve charla de una hora Ana dejó de hablar con su madre y se acostó en la cama, encendió la tele y puso su programa favorito, el cual la mantenía bajo una tensión constante desde hacía meses; “Con crisis nuestros padres vivían mejor”, un reality show en el cual 5 familias eran sometidas a pruebas y castigos espantosos como sufrir a un cambio de una televisión de plasma de 42´ pulgadas con TDT, Full HD y JODT por una de blanco y negro de 14´ o de un Lavavajillas por la antigua, infalible pero agotadora al fin, tabla de lavar.
Ahora los premios eran también envidiables, si se iban superando pruebas los participantes podían acceder por ejemplo a una chica sudamericana para que les cuidara los niños para que los padres pudiesen salir y así disfrutar de su tiempo libre.
Las horas pasaron y los párpados de Ana cayeron vencidos por su propio peso. Su pulgar derecho reposaba sobre la tecla CH+ del mando y cerca de su mano izquierda estaba su móvil, que empezó a sonar en medio de la medianoche.
-¿Mamá? Apenas escuché sonar el teléfono pensé que era Joan que…-balbuceó Ana con su lengua aún algo adormecida.
-¡Pon el canal 25 ya! Rápido –apremió la madre de Ana.
Sin colgar la llamada Ana puso el canal que le decía su madre. Una guapa periodista hablaba frente a la cámara con la playa de Barcelona como trasfondo.
-…en la playa de la Barceloneta con el equipo de “Después de la medianoche”, cubriendo los sucesos mas asombrosos de la noche en la Ciudad Condal- decía la periodista, y la cámara amplió su rango de imagen y a su lado apareció un oficial de policía joven, de gruesas cejas y sonrisa bonachona- Y aquí está con nosotros el oficial de los Mossos de Esquadra de Ciutat Vella, el teniente Alberto Rodríguez.
-Díganos teniente, como procederán en este caso, porque en verdad es muy extraño, ¿cual es vuestro papel aquí?
Mientras el oficial de policía hablaba la cámara empezó a hacer foco a una escena que se desarrollaba cerca de allí. Justo en la orilla dos figuras se recortaban a la luz de la luna. Una era enorme, la otra, mucho más pequeña, estaba apoyada en la mayor. Ana no daba crédito a lo que veía o creía ver. Intentó en vano agudizar su vista pero no hizo falta, la cámara se fue acercando lentamente. La policía estaba apartando a los curiosos que se arremolinaban alrededor de las dos figuras, la mayoría de ellos iba a los tumbos, con más alcohol en las venas que sangre y seguramente ni unos ni otros daban crédito a lo que estaban viendo.
Porque en verdad y si bien Barcelona da para todo un hombre y un elefante compartiendo unas gominolas mientras miran el mar no es una imagen del todo frecuente.
Pero más azorada estaba aún Ana, ya que el que estaba cariñosamente apoyado al paquidermo y le pasaba los dulces era su marido. En eso el policía interrumpe con un ademán la conversación con la periodista para atender una llamada por el canal policial. Le informaban que el Zoológico de Barcelona había contactado con ellos para informarles de la extraña e inexplicable desaparición de su única elefanta, y que se dirigirían hacia allí con el equipamiento adecuado para trasladar de nuevo al paquidermo a su hogar.
Luego la periodista siguió al teniente Sánchez hacia donde se encontraban la elefanta y el hombre, rodeados por más policías que intentaban mantener un cordón para evitar que los borrachos y curiosos (o los curiosos borrachos) se acercasen al sitio.
La áspera voz de su madre aullaba en el auricular –¿Lo estás viendo? ¡Es él! Te dije que ese hombre estaba loco, ¿¡si no que va a hacer en la playa de la Barceloneta, con una elefanta y compartiendo gominolas con el bicho?!
La madre de Ana siguió enarbolando una y mil razones para justificar la locura de Joan, que en ese momento era entrevistado por la periodista.
-Disculpe señor…¿podemos hacerle unas preguntas para “Después de la Medianoche”?
Joan alzó sus hombros en señal de que le era indiferente, mientras la trompa de la elefanta lo rodeaba en busca del paquete de dulces.
-La gente en estos momentos se debe estar preguntando como es que un hombre y un elefante han llegado hasta aquí. Cuéntenos por favor como y porque habéis salido del Zoo. ¿Es usted el cuidador de este enorme animal?- le preguntó la periodista a la vez que cada tres o cuatro palabras miraba hacia la cámara.
-Pues poco hay para contar -comenzó a explicar con desinterés Joan- además no lo comprenderíais, sólo somos dos seres que se entienden y que salieron a dar un paseo juntos. Y en verdad la palabra “cuidador” me hace mucha gracia, no sólo por el hecho de que no lo sea sino porque basta ver la mirada triste de Susi para comprender como sufre. ¿Sabía Ud…sabe su audiencia que desde que murió la única compañera de Susi, la elefanta Alicia, la pobrecilla está con una depresión que la está llevando a la muerte, teniendo que soportar el vivir en tan sólo mil metros cuadrados? –Joan comenzó a emocionarse y su voz comenzó a tornarse algo temblorosa- imaginaos que vuestro universo se limita a un rancio recinto rodeado de rejas. Un lugar en el cual una especie extraña, la misma que os ha privado de la libertad y que ha pagado por veros una entrada que considera demasiado cara, observa entretenida todos vuestros movimientos y os arroja comida como divertimento, mientras los captores engordan sus arcas y justifican una cruel y degradante exhibición con la poco creíble excusa de que en vuestro entorno natural viviríais menos…¡y peor! ¿No estamos acaso expuestos nosotros, los humanos, a constantes peligros en el mundo de cemento y vicios en el que vivimos?
Ana no podía creer hasta que punto se había deteriorado la cordura de su esposo. El siempre decía que Garraf era un pueblo de locos entrañables. El ahora se había convertido en uno de ellos. Joan siguió hablando ante la cámara pero Ana ya no quiso ni verlo más ni hablar con su madre. Se despidió de ella que siguió hablando de las singulares cualidades y virtudes de su marido (las de siempre y las recientemente adquiridas) y apagó la televisión. Que vergüenza. ¿Como saldría mañana de su casa? ¿Que dirían en el pueblo? Bastaba con que sólo una de las harpías se hubiese enterado para que la noticia apareciese en la primera plana del bar.
Por suerte el sueño la venció pronto. Avanzada ya la noche oyó que la puerta se cerraba suavemente. Encendió la luz y se sentó en la cama esperando que su marido entrase pero éste se demoró unos minutos mas y al cabo de ese lapso irrumpió en la habitación con un bocadillo de chorizo ya mordisqueado y una mirada ausente.
-¿No piensas decirme nada acerca de tu actuación de hoy? ¿Acaso estás haciendo las oposiciones para ingresar al Cirque Du Soleil?
Como si no la escuchase y mientras le propinaba severas dentelladas al bocadillo Joan se asomó fuera de la habitación y dijo – Alberto, vente para aquí que te presento a mi mujer.
Un hombre alto y sonriente apareció en el marco de la puerta junto a su marido, Ana reconoció al oficial de policía que apareció antes en la televisión.
-Yo no sabía que Alberto viviera en Garraf. Mira lo que es el destino, el me llevó a la comisaría y charlando nos enteramos que casi somos vecinos, y no nos conocíamos. Eso si, es muy responsable y no le quedó otra opción que multarme por alterar el orden público.
-Estás loco, y encima has bebido -dijo Ana con su mejor tono de reproche al ver que su marido oscilaba un poco.
-Yo ya no estoy de servicio- agregó el policía a la vez que alzaba sus manos.
Joan meneó su cabeza lentamente a uno y otro lado y agregó seriamente -creo que te debo una explicación, pero no se si lo vas a comprender…-
-Me debes una explicación y me la darás mañana, ahora vamos a dormir o bien puedes irte al sofá, me da igual. Y Alberto, disculpa a mi marido, está pasando por una época de gran estrés en el trabajo y veo que eso lo ha afectado más de lo que pensaba.
-Eh, que no pasa nada –dijo Alberto palmeando a su marido en el hombro y agregó –lo que le pasó a su marido es increíble, pero aún así le creo. Además me cae de puta madre. Me voy a mi casa, nos vemos.
Luego de eso se despidió dejando solos a Joan y a Ana, que con sus ojos aún algo velados por el sueño intentaba escrutar en el rostro de su marido alguna señal que le indicara que éste no estaba volviéndose loco.
-Mi madre tiene razón, no estás del todo fino –dijo Ana entre bostezos-.
-Tu madre NUNCA tiene razón, pero esta vez puede ser que la acierte – Joan se acercó a la cama y se sentó al lado de su mujer.
-Ana, mi vida siempre ha sido monótona y desprovista de sentido y no te culpo por ello ni a ti ni a nadie, quizás fui yo el que nunca busqué esa chispa que encienda mi existencia haciéndola brillar y ahora, cuando menos sentido le encontraba a mi vida, algo ha cambiado.
Ana miró con sorna a Joan y esbozó una media sonrisa – ¿Y como se llama esa perra? –dijo casi rechinando los dientes.
-Susi no es ninguna perra cariño, además ella tan sólo es…
-¡Y la defiendes, cabrón! ¡Con que excusa me vas a venir…todos estos años creyéndome que estabas hasta tarde en la oficina trabajando y tu te estabas cepillando a una! -aulló Ana a la vez que saltaba de la cama en dirección opuesta a su marido.
-Pero por dios, que dices si Susi es…-intentó explicar Joan.
-¡Sal! Sal de este cuarto que lo infectas con tu inmunda presencia! – y para darle aún más énfasis a su metralla de palabras, Ana le arrojó a Joan lo que más a mano tenía que era un jarrón de metal, que este a duras penas alcanzó a esquivar, aunque no pudo escapar del impacto sonoro que el ocasional proyectil provocó al chocar contra la puerta.
-¡Por más que te tapes los oídos me tendrás que escuchar cabrón, pero ésta será la última vez que lo hagas porque te vas de mi casa! ¡Sólo quiero saber de ti a través de mi abogado! –gritó Ana sin mermar en su cólera
Joan comenzó a dar tumbos, mareado a causa del violento sonido. Ana seguía vociferando pero él no podía escucharla con claridad; cogió algunas cosas que metió en un bolso de mano sin estar seguro de su utilidad y salió a la calle.
Confuso y aún aturdido bajó hasta la playa y se tumbó en la arena. Por unos minutos las estrellas giraron en torno suyo, o al menos eso creyó.
Cada tanto algún camión pasaba por la carretera dejando una impronta sonora fácilmente perceptible para él. El mar estaba calmo, sólo alguna ola rompiendo contra las rocas y diferentes y quien sabe cuan lejanos sonidos llenaban su universo auditivo componiendo una extraña, desordenada pero nada desagradable sinfonía.
Pero otro “instrumento” comenzó a sumarse a esa singular banda. La vibración la percibió en un principio muy tenue, pero clara
Un sonido que eran palabras para él le trajo aires de tristeza pero también de liberación. Un adiós diferente y teñido de agradecimiento, una despedida ya esperada. Y fue a partir de ese momento que todo cambió y por fin supo que hacer.
Joan no regresó a su casa aquella noche, tampoco apareció por allí a la mañana siguiente. Ana bajó como todos los días al bar de la plaza del pueblo a desayunar y mientras la taza de café con leche se le enfriaba entre las manos pensó que quizás su marido podía aparecer en cualquier momento por allí, atravesando la entrada del bar con su cabeza gacha y la mirada de irredimible culpable y le pediría perdón por haberla engañado. Pero ella no lo perdonaría, eso lo tenía más que claro. Ella volvería con su madre y él con su puta Susi.
Un periódico cayó sobre la mesa y un dedo señaló una foto enmarcada por un texto – ¿No es éste tu marido? –dijo el dueño del bar con un tono que no permitía una respuesta negativa.
Ana dejó su taza de café con leche y siguió la trayectoria del dedo.
En la foto podía ver claramente a un hombre y un elefante sentados en la arena; la misma imagen, pero inmóvil, que habían registrado las cámaras del canal de noticias la noche anterior.
“Un extraño adiós a Susi”, decía el titular y la nota rezaba: “En medio del asombro de turistas y paseantes, la playa de la Barceloneta fue escenario de un extraño acontecimiento. A la medianoche una elefanta apareció en la playa de la Barceloneta de manera inexplicable. La intervención de los mossos de escuadra coincidió con la llamada del personal de seguridad del zoo para anunciar la desaparición de su elefanta, Susi. El cuerpo policial actuó eficazmente coordinado por el teniente Alberto Rodríguez separando a los curiosos y organizando el traslado del animal con el personal del zoo. Aparentemente alguien más fue la noticia de la noche. Un desconocido, sin relación alguna con el zoo, se hallaba con la elefanta compartiendo unos dulces cuando llegaron los efectivos policiales. Se cree que Joan Salvat, cuyo nombre es lo único que sabemos de este individuo, participó activamente en la huída de la elefanta (la hipótesis del robo fue desechada) aunque no puede probarse ni la metodología de escape ni mucho menos las razones que pueden haberlo impulsado a hacerlo, ya que no hizo más que unos breves comentarios ante la cámara de un noticiero local.
Joan Salvat será multado con seguridad por alterar el orden público, pero eso no pareció preocuparle en demasía.
A primera hora de la mañana, la elefanta apareció muerta en su recinto, a las pocas horas de su traslado. Su cuidador nos dijo “Murió de tristeza. Estaba muy sola y amaba la libertad”.
El Zoo de Barcelona dedicará una placa recordatoria a Susi, que como “Copito de Nieve” fue durante muchos años el motivo de asombro y alegría de los visitantes”.
Ana levantó lentamente su mirada del periódico y notó como todos los ojos del bar, sin el más mínimo disimulo, estaban puestos en ella. Si no se levantaba y se iba de allí en unos segundos ya sería demasiado tarde. Una locura de largos colmillos de marfil no podría pesar tanto como una de cuernos impalpables, aunque las dos se llamasen Susi. Dejó unas monedas sobre la mesa, cogió su bolso y abandonó el bar con la velocidad de un tornado.
Satnam era el dueño de una próspera empresa de Bombay. Alquilaba elefantes para bodas y eventos especiales. Ese día había vestido a Pooja con sus mejores galas para la boda de uno de los más ricos comerciantes de la ciudad, pero cuando llegó el momento de partir la elefanta se negaba a moverse. Satnam intentó convencerla de todas las formas posibles. La tentó con dulces y con mimos luego probó con engaños y al final con insultos y en un arranque de impotencia hasta intentó asustarla con una varilla que Pooja le arrancó de la mano y arrojó al suelo. Satnam notó que no sólo la rebelde elefanta sino también los otros paquidermos lo miraban en silencio. El conocía a esos animales muy bien y pudo leer en sus ojos que algo en ellos había cambiado. El sonido de otros elefantes se escuchó a lo lejos y Pooja y sus compañeros contestaron y fueron a reunirse con los cientos de elefantes de toda la ciudad y alrededores que se dirigieron a la plaza central de la ciudad.
Transeúntes locales y turistas observaron asombrados el singular desfile. Los elefantes venían de todas partes de la ciudad y alrededores. Algunos venían hasta adornados para un acontecimiento especial que ya no se realizaría, otros hasta iban cargando troncos u otras mercancías. Pero todos parecían estar motivados por un objetivo común, por un fin único que los hacía simplemente imparables en su marcha.
Las autoridades de Bombay no supieron como actuar, algo así jamás había sucedido, ¿como detener a esos animales cuando su determinación era tan férrea? Se pusieron barricadas en distintas calles para detener su implacable avance, aunque no se sabía hacia dónde y como se conduciría tan increíble manifestación. Cuando llegaron a las barricadas los elefantes se detuvieron a pocos metros de los jeeps de la policía, que ante el avance inexorable de semejante manifestación se apretaba cada vez más a sus carros.
En todas las calles que bloqueaban el acceso al centro (todas) los paquidermos se detuvieron a escasos metros de las improvisadas barreras. Estuvieron unos segundos inmóviles y por unos momentos las fuerzas de seguridad creyeron que emprenderían la vuelta, más no fue así.
Algún elefante (hay quien atestigua que fue el único que llevaba a su grupa a un hombre) dio unos fuertes pisotones y comenzó a resoplar, otros, en calles más lejanas, parecieron responder de la misma manera y a los pocos minutos los paquidermos comenzaron a avanzar. Algún policía, en alguna parte, levantó un arma pero pronto la bajó, por sus propios medios o por la persuasión de un compañero. Aquellos animales eran en su gran mayoría, y con seguridad, propiedad de alguien.
La barricada cedió ante el avance de los animales, que apartaron el cerco improvisado con la misma facilidad que el jornalero a los matorrales. Los elefantes siguieron avanzando hasta el sur de la ciudad, nadie podía precisar a ciencia cierta hacia dónde se dirigían exactamente. La multitud comenzó a seguir a esta imparable manada de miles y miles de paquidermos, entre ellos había muchos propietarios que en vano intentaban persuadir a sus animales de que volviesen a su hogar.
Cuando llegaron a una enorme estructura de color gris amarillento los elefantes comenzaron a detenerse alrededor de la misma. Era la “Puerta de la India” el impresionante arco del triunfo hindú. Nadie pudo ver en aquella elección un hecho fortuito, sino una elección hecha a conciencia. Los increíbles manifestantes eran observados por cientos de miles de asombrados y expectantes hombres, mujeres y niños de todas las condiciones. También empezaron a llegar los medios de televisión e incluso de cine, ya que a pocos metros de allí casualmente estaban filmando una película.
De pronto una ruidosa ciudad vio sumido su bullicio al impresionante bramido de miles de elefantes que alzaron sus trompas al unísono. La urbe entera se silenció y dirigió sus miradas hacia el arco del triunfo. La gente estaba trepada a los techos de coches y buses, a las farolas y a los balcones de las casas que viendo colmada su capacidad corrían el riesgo de caerse. Todas las miradas confluyeron hacia un punto en el que los animales comenzaron a apartarse abriendo un camino. Un elefante enorme y viejo, que llevaba en su lomo a un hombre, comenzó a transitar por el improvisado pasaje. A su paso multitud de trompas lo rozaban cariñosamente y se podía ver que la mirada de aquél hombre brillaba con una mezcla de júbilo y triunfo. Los periodistas supieron que hacia allí debían dirigirse y se asombraron al ver que los animales se apartaban para que ellos se pudieran acercarse hasta la base del arco, en dónde se encontraba aquél misterioso hombre.
Cuando los medios y multitud de curiosos los rodearon, el enorme elefante se arrodilló para que el hombre pudiese bajar de su grupa.
Por unos segundos todo pareció detenerse en aquella ciudad y girar entorno a ellos. Las cámaras comenzaron a transmitir en directo para toda la India las imágenes que luego dieron la vuelta al mundo.
El hombre, con su rostro curtido por el sol y con una espesa barba entrecana de varios meses se acercó a las cámaras con andar sereno y seguro.
Tal era la situación que se vivía, tal el clima que se respiraba en ese día en el que la realidad se veía sublimada a lo surrealista, que tan sólo alguno que otro de los tantos periodistas que allí se hallaban atinó apenas a balbucear algunas palabras.
“El hombre elefante” como después lo apodaría la prensa local y luego la mundial, comenzó a hablar ante los micrófonos, pero era tal el bullicio que armaban los elefantes que prácticamente no se escuchaba nada. El viejo paquidermo que hizo de montura para el misterioso hombre dio unos pisotones en el suelo y a los pocos segundos la ciudad se vio sumida en el silencio y los elefantes se quedaron inmóviles, silentes, como expectantes.
-Ciudadanos de Bombay, ciudadanos del mundo- comenzó a hablar el misterioso hombre a la vez que alzaba sus brazos y miraba alrededor suyo- hoy habéis sido testigos de un hecho histórico no casual. La primera huelga de elefantes, que no será la última, ha conseguido que una ciudad infinita y poderosa como lo es Bombay, se paralice para contemplar, con millones de ojos estupefactos e incrédulos, el principio de una rebelión que antes se hubiera considerado imposible, la rebelión de los elefantes.
De la libertad de su hábitat natural a la esclavitud, al abuso y al maltrato en muchos de los casos. ¿Que sería de los zoológicos, de las bodas en la India, Pakistán o Tailandia, de los trabajos en los que se requiere esa inmensa fuerza que sólo puede ser generada por un gran corazón? ¡Dadles a los elefantes la posibilidad de elegir entre una libertad real o una dependencia fructífera tanto para ellos como para el hombre! Muchos de los elefantes que en este día memorable están reunidos aquí volverán con quienes se hacían llamar “sus amos”, porque no conocen otra forma de vida. Otros volverán a la selva, de dónde fueron arrancados de pequeños. Tanto unos como otros sólo quieren lo mismo que nosotros, vivir en paz y con dignidad- y con su voz ya embargada por la emoción agregó:
Vosotros, hombres, no olvidéis este día, porque ellos tampoco lo harán.
El misterioso hombre propinó unos pisotones al suelo y el elefante que lo había llevado a su grupa volvió a ofrecerle su trompa y con una delicadeza casi reverencial lo ayudó a sentarse sobre su lomo.
Los periodistas se arremolinaron entorno al único hombre que parecía saber el porqué de esa increíble huelga y lo atosigaron a preguntas. Más de uno preguntó: ¡Díganos, por favor! ¿Quién es usted?
El hombre los miró desde más de cuatro metros de altura y sonriendo les contestó: -Eso ya no tiene demasiada importancia, pueden llamarme “el hombre elefante”.
En ese momento, al unísono, miles de elefantes alzaron sus trompas y emitieron lo que muchos entendieron como un canto triunfal.
Dicen que ese mismo día, los elefantes de distintas partes del mundo, con alguna diferencia horaria, se unieron a ese canto universal de libertad. Nadie supo explicar como fue que sucedió, sólo que simplemente pasó.
De la misma manera en que llegaron, los elefantes comenzaron a dispersarse, algunos volvieron con sus cuidadores (o amos) otros nunca lo hicieron y sus pisadas volvieron a retumbar en la selva.
A partir de ese día muchos comenzaron a mirar de otra manera a los elefantes y aunque fueron aún más quienes ignoraron lo pasado y poco cambió, más de uno corrigió su actitud hacia los paquidermos y comenzó a darles un trato más “humano”.
Muchos circos tuvieron que empezar a prescindir de los elefantes ya que la mayoría de estos comenzaron a negarse a trabajar y las leyes de protección se recrudecieron, y distintos organismos creados en varios países para ese fin visitaron zoos, circos e instalaciones para verificar el cuidado que se les brindaba a estos animales.
Hubo más sucesos similares al de Bombay en otros rincones del mundo y en casi todos ellos aparecía el misterioso “hombre elefante” sobre el cual todos se preguntaban cual sería su verdadera identidad.
Sólo una persona sabía de quien se trataba, cuando se enteró del primer suceso comenzó a seguir los casos con suma atención en todos los medios en los que se mencionara y reprodujo hasta el cansancio las imágenes que aparecían en “you tube”. No cabía ninguna duda de que el “hombre elefante” era Joan.
El tiempo pasaba y los sucesos relacionados con los elefantes ya eran algo a lo que la gente se estaba acostumbrando. Algunos veían en Joan a un auténtico defensor de los elefantes, otros creían que era un ser de otro mundo y lo proclamaban como el primero de una misteriosa raza de telépatas que se podía comunicar con los elefantes. Detrás vendrían otros (eso decían que sucedería) que se podrían entender con los delfines y con los ornitorrincos. Un día Joan apareció nuevamente en los noticieros luego de más de un mes sin ser noticia. Dijo que tenía algo importante que advertirle a la humanidad. Anunció que faltaban escasos días (no podía precisar cuando) para que una catástrofe natural de consecuencias devastadoras afectara a varias zonas del planeta.
Terremotos de magnitudes impensables sacudirían la tierra y maremotos como nunca se habían visto barrerían con todo lo que se encontrasen a su paso. Los organismos oficiales de todo el mundo minimizaron las predicciones de un hombre al que consideraban un loco y al que no había que hacer demasiado caso, o un reaccionario, un terrorista…los comentarios eran bien diversos y había medios como periódicos o canales de televisión de varios lugares del mundo que apoyaban al “hombre elefante” no sólo en su cruzada libertadora sino también en sus predicciones acerca de un inminente desastre.
Hacía un tiempo que Ana había rehecho su vida sentimental con un hombre serio y de ideas firmes. Muy raramente recordaba a Joan, en realidad sólo cuando aparecía alguna nota en los periódicos o un reportaje referido a los extraños acontecimientos en los que siempre se veía envuelto.
La carta, que llegó el mismo día en que un fuerte temporal azotaba la costa le asombró más que nada porque su nombre figuraba cerca de unos sellos que indicaban que la misiva provenía de Tailandia. El texto era más que breve pero contundente: “En los tres próximos días no te muevas de Garraf, no te vayas de casa por ningún motivo. Te quiere, Joan”
Sacudió su cabeza, y en un acto casi reflejo hizo un bollo con la carta que tenía en la mano y la arrojó en el cesto de basura.
Pasaron dos días sin ninguna novedad, al tercero, Ana abrió la ventana de su casa por la mañana para desayunar en la terraza. Era un día espléndido. Ni rastro de la tormenta ¿Que podía pasar? Evidentemente toda esa palabrería de su marido no era más que una nueva locura a la que había que ignorar, al igual que las otras. El mar estaba calmo, ni la más mínima ola alteraba esa superficie de espejo. Luego de desayunar invirtió varios minutos en ponerse bella y bajó a coger el coche. Mientras conducía pensó en las tonterías de su ex marido: ¡No salir de casa en tres días! Los tres días habían pasado y nada atípico había ocurrido, salvo…mierda, se había olvidado una documentación importante que debía llevar a Barcelona. Tenía que emprender la vuelta. Después de todo no estaba tan lejos. Cuando dio la vuelta en la rotonda de Rat Penat vio como una familia de jabalíes atravesaba la carrera por delante de su coche en dirección a la montaña. Un nutrido grupo de gaviotas y cormoranes también pasaron volando muy cerca de su coche hacia la misma dirección. Empezó a cambiar los canales de radio pero ese día la cobertura era fatal, peor que de costumbre. Nada por lo que asombrarse en las curvas del Garraf.
Subió rápido a su casa y se puso a buscar los documentos. No podía recordar exactamente en dónde los había dejado. Los buscó en su cuarto, en el archivador y nada. Mientras revolvía en cajones y revisteros un temblor muy fuerte y más largo que de costumbre sacudió la casa. Realmente estos de las canteras ya se estaban pasando, algún día medio pueblo se desmoronaría. Pensó que quizás los documentos los había guardado su pareja en algún lado, o hasta los podía haber cogido por error, así que decidió llamarlo por teléfono. La cobertura era nula, por lo que salió a la terraza para ver si ésta mejoraba pero vio que su móvil seguía igual. Otro temblor, algo más largo y más intenso que el anterior volvió a hacer vibrar los cimientos de su casa. Mientras apagaba y encendía el móvil algo en el horizonte llamó su atención. El mar seguía calmo, pero todo a su alrededor parecía revolucionarse. Bandadas de gaviotas y cormoranes venían volando de la costa. Dos gaviotas grandes se posaron en la barandilla de su balcón, graznando alteradas. Pudo también observar como varios barcos llegaban al puerto de Garraf y al Port Ginesta a toda máquina.
Desde la terraza de su casa siempre tuvo una vista privilegiada y lo que en ese momento pudo apreciar quedaría grabado en su memoria para siempre. Una masa de agua de proporciones descomunales se desplazaba hacia el Port Ginesta y hasta dónde sus ojos podían ver con una velocidad increíble y como una imparable pared que arrasaba todo a su paso. Pudo ver como los barcos que no habían llegado aún a puerto eran alzados como si fuesen de papel y arrastrados por encima de la escollera para terminar destrozados contra otros barcos. Por unos eternos segundos vio como el puerto desaparecía debajo de las aguas. No pudo permanecer indiferente tampoco al otro temblor que volvió a estremecer el pueblo, pero sus ojos permanecían fijos en la dantesca escena que no muy lejos de allí se estaba representando. Trozos de barco fueron arrastrados hasta la playa de Garraf que por alguna razón no recibió esa devastadora carga, de la que poco después se enteraría Ana que había arrasado con gran parte de la franja marítima desde Castelldefels hasta Barcelona y más allá.
En ese momento sólo otra imagen ocupaba la mente de Ana y eran esas letras bailoteando en esa inesperada carta “No salgas de casa”.
Aquella zona de Tailandia se caracterizaba por ser la más alta de la región y precisamente por esa razón se habían dirigido allí. No hubo grandes terremotos que sacudieran ese rincón del planeta, sólo algún leve temblor. Pero el maremoto allí sí fue de proporciones dantescas. Hacía más de un día que se habían desplazado a esa zona montañosa para aguardar el momento. Cientos de familias que creían en él y manadas enteras de elefantes no sólo en Tailandia sino en otros rincones de Asia y Africa, habían migrado hacia sitios más seguros. Los hombres por primera vez se dejaron guiar por los elefantes como única posibilidad de salvación, al menos los que creyeron en las predicciones de Joan.
Cuando llegó la ola nadie se asombró, pero todos se estremecieron, incluso Joan que desde una posición segura observaba como la naturaleza furiosa barría con las frágiles creaciones del ser humano. El poblado al pie de la montaña era arrancado de cuajo por la masa de agua con la misma facilidad con que se arranca una raíz seca. Con lágrimas en los ojos, cientos de familias observaban impotentes como sus hogares se deshacían como si fuesen de débil cartón. Pero estaban vivos, gracias a los elefantes y a aquél hombre a quien en un principio creyeron tan sólo un demente.
Joan observaba en silencio el voraz avance de las aguas y no pudo evitar el cerrar los ojos por un momento y estremecerse ante ese rugido triunfal que sólo el vencedor de una batalla podía proferir. Y pudo de alguna manera sentir que a miles de kilómetros de tierra temblorosa y de furioso mar, en otras lejanas y más conocidas costas, un pequeño pueblo se había salvado de la catástrofe. Como podía saberlo, eso ya no importaba.
Quizás era ese extraño sentido que inexplicablemente había desarrollado y que tanto lo acercaba a sus enormes amigos grises.
O tan sólo era una simple corazonada la que le dijo que a miles y miles de kilómetros de distancia, por uno de esos caprichos de la naturaleza, su pequeño y tranquilo pueblo de Garraf, se había salvado.
Desde su reducido espacio de trabajo podía ver, algo lejana pero no por ello menos temible, la brillante calva del director reflejando la luz de la pantalla de su ordenador. Notó que esa irregular esfera emitía más luz que el tubo fluorescente que pendía del techo. Pero en ese momento ni esa observación, ni siquiera la más ocurrente podía hacerle la menor gracia.
El jefe comenzó a fruncir su ceño y a hablar solo, cogió su teléfono y vociferó algo al auricular.
A los pocos minutos la desgarbada y encorvada figura del cabrón de Roberto Alchurrete pasó cerca de su cubículo en dirección a la del jefe supremo. Golpeó dos veces la puerta moviendo sólo su puño sobre su muñeca de Barbie y entró. Desde allí Alberto no podía oír lo que decían pero se lo imaginaba. Donde los gestos abundaban las palabras sobraban y su jefe le hizo recordar a un Marcel Marceau pero sin sonrisas dulces o burlonas, ni pintura de mimo y con un claro y temible instinto asesino a punto de surgir como un géiser. Comenzó a golpear la mesa y ya no se vio ninguna cabeza asomar por sobre los cubículos, todos se agacharon menos Joan, que dejaba asomar un mechón de pelo y un ojo tan enormemente abierto que se le asemejaba al de un calamar. Y allí estaba Alchurrete señalando hacia su cubículo, desviando con el pulgar toda la culpa en su persona. Si para eso era un especialista el muy hijo de puta, sólo le faltaba la toga de senador romano (aunque con mucha menos clase) y un par de higos maduros deslizándose de dentro de la misma. ¡Si por poco más que eso Cartago fue devorada por las llamas!.
Joan cerró los ojos, agachó levemente su cabeza y comenzó la cuenta regresiva. Cinco, cuatro, tres…Casi difuminada ve pasar la figura de Alchurrete mirando de reojo hacia él y en resuelta dirección al ascensor, aunque no lo demasiado veloz como para no percibir los fulgores de rabia justificada qu despedían los ojos de Joan. Su teléfono suena una, dos veces…en la pantalla del aparato aparece claramente el número de interno del director. Respiró hondo y llevó el auricular a su oreja derecha. Una voz de ultratumba le dijo con un tono seco -Joan, antes de que cuelgue lo quiero en mi despacho-.
No había escapatoria, debía afrontar su destino con valentía. Se irguió lentamente y comenzó a caminar entre los puestos de trabajo como si se dirigiese al patíbulo. A su alrededor todo parecía borroso y lo único que veía con nitidez eran las miradas huidizas de sus compañeros y la puerta del despacho del jefe. Golpeó débilmente la puerta y una voz de esas que hielan la sangre, pausada y demasiado seca para su gusto, lo invitó a entrar.
-Siéntese – dijo el Sr. Alvarez sin dejar de mirar el ordenador y de aporrear el teclado con tal fuerza que parecía que las teclas en cualquier momento iban a comenzar a saltar por los aires. Dio vuelta la pantalla del ordenador en dirección a Joan y señaló una columna con cifras en una planilla de Excel y con una voz más grave que nunca dijo: -Joan, estos son los ingresos que debería haber tenido nuestra empresa este mes…y estos- señalando otra columna golpeó con un lápiz en la pantalla varias veces, astillando la mina- son los que debería haber tenido, pero gracias a su maravilloso, eficaz y resolutivo desenvolvimiento como la joya que es para nuestra empresa, eso no ha sido…posible.
-Eh…señor Alvarez, a ver…déjeme que le explique por favor…-comenzó a balbucear Joan- es que los planos que deberíamos haber tenido listos…-
El rostro del director empezó a congestionarse y adquirir los más variados matices del rojo y a Joan se le antojó que era como una enorme manzana. De nada ya valía articular excusa alguna. Dio dos golpes en la mesa con sus puños que hicieron bailotear el teclado y caer algunos lápices al suelo a la vez que su boca comenzó a entreabrirse para liberar, con seguridad, toda suerte de improperios y amenazas.
Joan nunca recordó lo que dijo su jefe aquél día, sólo quedó grabada en su memoria la imagen del señor Alvarez con su rostro a punto de explotar, sus ojos saltando de las órbitas y la onda expansiva que produjo al abrir su boca. Sintió literalmente como las capas de aire se desplazaban ante el caudal de voz y llegaban hasta él, como si fuese una terrible explosión imposible de detener. Fue como si una fuerza invisible pero palpable entrara por sus oídos y los hundiera hacia dentro buscándose en algún punto del cráneo.
Y todo fue oscuridad, y no recordó nada más.
Volvió en si y ya estaba sentado en su escritorio, quizás los mismos compañeros que estaban propinándole sonoras cachetadas para que reaccionase tuvieron la deferencia de arrastrarlo hacia allí. Se sintió como un galeote casi moribundo encadenado de nuevo al remo de la nave.
Le dijeron que se fuese a su casa a descansar y que mañana ya iría al médico. Estaba de acuerdo con ello. Más bien se tumbaría en el sillón de su casa, con una lata de cerveza en una mano y el mando de la tele en la otra. Sin duda su nivel de estrés había alcanzado una cota ciertamente preocupante y era hora de tomar una solución y de momento lo más acertado parecía ser el descanso y la desconexión total.
Un par de curvas más y ya estaría en Garraf. Aunque las ventanillas del coche estaban cerradas y el inmortal Freddy Mercury sonaba en el estéreo de su coche, creyó oír las olas romper contra los acantilados, como si fuese un instrumento más de la banda sonora de Queen. Bajó la música y abrió la ventanilla. Podía escuchar perfectamente el sonido del mar, aunque éste parecía estar tan calmo como una piscina. –Que extraño – se dijo meneando su cabeza –evidentemente no estoy del todo bien…
El sonido de la puerta de su coche y la de su casa al cerrarse se le antojaron extrañísimos y a pesar de haber cierta diferencia de tiempo entre los dos fue como si cuando aún seguía sintiendo la vibración producida por uno el otro se le superpuso, sumándose así al anterior.
Respiró aliviado al ver que no había aún nadie en casa, pocas veces se podía permitir el lujo de tumbarse en el sofá, cerveza en mano y dejarse abducir por la televisión. La puerta de la nevera al cerrarse, la cerveza al abrirse…¡Todo sonaba diferente! Se quedó largo tiempo mirando la tele sin verla, meditando sobre que era lo que le estaba sucediendo. Se levantó y dio un paseo por la casa cogiendo varias cosas de diferente naturaleza y al azar, luego se dispuso a distribuirlas en la mesa del comedor.
Delante de él había diseminado algunos alfileres, un libro grande, unas piedras, una copa de cristal y un condón. Cogió primero los alfileres y los dejó caer desde medio metro de altura sobre la mesa. Nada, al menos el sonido era el esperado. Luego hizo otro tanto con el libro.
Fue increíble no sólo lo que escuchó, sino también lo que sintió. Pudo percibir como el efecto sonoro no sólo quedaba limitado a un golpe seco y breve, sino que pudo escuchar como se expandía a partir de un epicentro hacía todas direcciones. No vio las ondas, pero las sintió de tal manera que hasta supo cuando el sonido chocaba con su propio cuerpo, ya debilitado por el recorrido.
¿Como podía percibir tal cosa y porqué? Le parecía todo tan irreal, desde su incidente en la oficina hasta lo que estaba experimentando en esos momentos. ¿Por qué razón a algunos sonidos los percibía de esa manera tan particular y en cambio a otros los seguía captando normalmente? Tenía que seguir experimentando.
Le tocó el turno a la copa. La asió de la base y la golpeó liberando el índice del pulgar. Tampoco se sorprendió por lo que escuchó, el típico limpio, puro y largo sonido del buen cristal. Luego desparramó las piedras, todas de distintos tamaños y formas, por el parquet del comedor. El efecto sonoro fue aún más increíble que el del libro, ya que pudo distinguir claramente las diferencias entre los sonidos producidos por las piedras más grandes y las más pequeñas y no sólo eso, sino que al igual que con el pesado libro pudo percibir el recorrido de las ondas sonoras a través del parquet.
Luego abrió el envoltorio del condón no sin pensar que estaba arrojando un euro a la basura, pero luego la idea de que la noble goma estaba destinada a un experimento científico lo convenció de su buen tino. ¡Y cuanta razón tuvo!
Ató cada extremo del preservativo a los apoyabrazos de una silla y se limitó a estirar el látex para luego soltarlo, como si fuese una cuerda de un arpa. El resultado fue asombroso y realmente esclarecedor, la vibración producida por la particular cuerda se transformó en una perfecta nota de una sinfonía maravillosa. El sonido viajó por el aire de la estancia llenándolo con su música incomparable.
Por fin entendía lo que estaba pasando. Había producido con los distintos elementos sonidos agudos con unos y graves con otros. Los agudos los percibía normalmente, pero los graves como el de las piedras, el libro o el condón los captaba en un nivel que jamás hubiera imaginado que podía ser posible. Ya entendía porque se había desmayado en la oficina. La ronca voz de su jefe, sumada al hecho que la misma llegó a alcanzar los umbrales de lo soportable por cualquier sistema auditivo normal, fue para él el detonante de un nuevo estado que aún no alcanzaba a entender, o quizás…quizás fuese otra cosa y realmente tenía un problema auditivo que pudiese derivar en algo más grave.
Decidió que lo mejor sería pedir turno con el médico. Cogió el teléfono y comenzó a llamar al CAP de Sitges pero apenas comenzó a sentir el tono de llamada cortó. Seguro le darían cita para quince días o un mes, allí en el centro lo atendería un médico que no conocía ya que jamás había coincidido con el que le habían asignado y al verlo sano, joven y fuerte lo enviaría de nuevo para casa con una palmada en el hombro y sin haberle mirado ni siquiera los oídos. De momento lo mejor que podía hacer era coger una cerveza en su mano derecha y el mando de la tele en la otra y aprovechar que su mujer aún no estaba en casa para desparramar bien el culo en el sofá. Puso una película de artes marciales con actores desconocidos y se dedicó a no pensar en nada.
Justo en el momento crucial, cuando el monje Shaolín (el bueno) estaba enfrascado en una incierta e interminable lucha con el malvado general Lao (el malo) y el quinto botellín de cerveza ya sólo tenía un leve rastro de espuma, sonó el timbre de su casa con la insistencia y violencia de una sirena de camión de bomberos.
¿Quien sería? Mientras el timbre no dejaba de sonar y el monje Shaolín le aplicaba una mortal garra de águila en la garganta a su oponente recordó que su suegra (la fea) los visitaría ese día.
Como el monje Shaolín, respiró hondo para concentrar su “chi” en la zona abdominal y se dirigió a la puerta con una resolución y valentía admirables.
-¡Que sorpresa! ¿Por que no abrió, Montse? ¿Se ha olvidado la llave? – exclamó Joan forzando una sonrisa simpática-
Doña Montse lo repasó velozmente de arriba abajo y le dijo:
-Ví luz, ¿para que buscar la llave en el bolso? -Y señaló hacia un cargadísimo carro de la compra que maniobraba con habilidad- Además está debajo de dos kilos de alcachofas, cuatro plantas de lechuga y tres ramas de tomates…¿y tú que? Ya te han echado del trabajo o…¿que te pasa, porque pones esa cara?
Joan estaba pálido y rígido, como petrificado. Sus piernas comenzaron a temblar y mientras andaba con paso vacilante hacia atrás llevó las manos a sus oídos
-Por favor, Montse, cállese por favor, es que…
-¡Ah! – replicó su suegra- ¡encima de vago y tonto, maleducado! Y comenzó a agitar su dedo mientras se acercaba hacia él y su voz aguardentosa cultivada a base de nicotina y alcohol se elevaba en decibelios y en odio.
La sacudida fue insoportable, de pronto sintió que sus piernas se aflojaban mientras todo se nublaba a su alrededor y se desplomó al suelo.
El rostro de su esposa se le apareció algo borroso y otra cara aún indefinida se unió a la de su mujer.
-No, ¡no! ¡Por dios, que no hable! – exclamó Alberto a la vez que se tapaba los oídos y se retorcía en la cama. Por el rabillo del ojo vio que no era su suegra sino un calvo enorme con una bata blanca el que se inclinaba con expresión seria sobre él. Se incorporó velozmente y comenzó a mirar alrededor suyo.
-¿Dónde está? ¿Dónde está tu madre?
-Tranquilízate Joan, ¡vaya susto me has dado! Mi madre me llamó para avisarme que te habías desmayado y vine lo antes posible, cuando llegué ya estaba aquí el doctor de emergencias con mamá…
-Y tu madre, ¿dónde está? -interrumpió Joan a su esposa a la vez que saltaba en la cama.
-Cariño, no te preocupes por mamá, ella está bien…se fue antes de que levantaran el mercadillo de Castelldefels, pero estaba muy preocupada por ti.
-¡No, si no me preocupa tu madre, sólo me quería asegurar de que se haya ido!
-¿Como puedes ser así con ella? No sabes lo preocupada que estaba la pobre por ti ¡con lo que te quiere!
El doctor le posó una mano en su hombro y le dijo: -Tranquilícese hombre, y recuéstese que tengo que hacerle unas pruebas. Me dijo su esposa que nunca ha tenido ni desmayos, ni indicios de epilepsia, ¿verdad?
-No, nunca, salvo hoy que me desmayé dos veces. Una en el trabajo y otra…cuando vino mi suegra – dijo mirando con un gesto socarrón a su mujer, luego les contó los hechos tal cual le habían sucedido.
Su mujer lo miraba con expresión de preocupación y el médico asentía seriamente.
-Vaya -dice el doctor- es un caso extraño…hipersensibilidad sólo a los sonidos graves, desmayos inexplicables…recomiendo un electroencefalograma para descartar alguna patología de carácter neurológico. Aunque no me asombraría que todo fuese causado por un elevado nivel de stress –meneó la cabeza con aire de preocupación y la miró a la esposa de Alberto y agregó – no se imaginan en estos tiempos de crisis los casos que estamos viendo.
Sacó una libreta y apuntó la receta de un calmante leve por si la situación persistía y recomendó cita con el otorrinolaringólogo y una orden para un elecroencefalograma.
La noche llegó sin que sucediese nada en particular, salvo que continuaba percibiendo los sonidos de igual manera. Cada tanto le llegaba, como amplificado, el ruido de algún camión en la cercana carretera y cuando todo ya estaba en silencio, hasta creyó escuchar el murmullo del mar, algo que antes desde su casa era imposible de percibir.
Se tomó una infusión de hierbas y se acostó. Comenzó a sucumbir bajo el influjo de Morfeo y el romper de las olas en la costa se entremezcló con otro sonido que en un principio apenas percibía, pero que luego comenzó a sentir más claramente. Era una como una vibración y le daba la sensación de que ese sonido llegaba por el suelo, viajaba por los cimientos de su casa hasta percibirlo en la misma cama en dónde estaba durmiendo. Varias imágenes comenzaron a entremezclarse en su mente. Vio rejas, llanuras extensísimas y frondosas selvas. Esas imágenes comenzaron a diluirse con otras ya incomprensibles hasta que se quedó profundamente dormido.
Joan no había puesto el despertador, tenía el día libre y aprovecharía las horas de sueño hasta el máximo, aunque su despertar fue algo diferente a lo esperado. Como todos los días al mediodía, parte del pueblo de Garraf se sacudió violentamente, saliendo de su amodorramiento, a causa de las explosiones de las canteras.
Horas después, ya en la consulta del médico, intentaría explicarle al mismo de que manera experimentaba sonidos como el de una explosión en las canteras, que antes ni siquiera escuchaba desde su casa ya que sólo percibía el temblor que los barrenos producían.
Le contó de qué manera más espantosa despertó aquella mañana, en la que no sólo su casa se sacudió con el temblor de tierra, sino que sintió que su propio cuerpo era víctima de un estremecimiento salvaje e involuntario durante el cual tuvo la sensación de que todo su cuerpo iba a caer a trozos. También le explicó toda la serie de acontecimientos que había vivido desde que tuvo esa primera experiencia con su jefe y el médico procedió a hacerle las pruebas de audición convencionales. Primero lo miró con el Otoscopio y pudo comprobar que conductos auditivos y tímpanos se hallaban en estado normal. Dado lo extraño de su estado, el especialista decidió realizarle una prueba de conducción ósea. Por medio de un aparato comenzó a enviar distintos tipos de tonos a la vez que un audiograma reflejaba los resultados. Los sonidos agudos o de alta frecuencia los registraba normalmente, sin presentar anomalía alguna. El médico probó entonces con los de baja frecuencia y comprobó con asombro que no sólo la percepción de su paciente iba más allá de lo normal sino que rayaba lo imposible en un ser humano.
-Muy extraño su caso –dijo el doctor a la vez que se retorcía la barbilla- Usted presenta una hipersensibilidad a los sonidos de baja frecuencia realmente increíble. Lo más curioso es que su sistema auditivo, al menos por lo que he podido apreciar, es perfectamente normal. Lo que no entiendo es la razón por la que percibe los sonidos de esa manera. Como usted quizás ya sepa estos viajan a través de un cuerpo sólido, todos podemos escuchar sonido generado en un cuerpo metálico o cualquiera que viaje por el aire, lo que no podemos es…
-Sentirlo como yo lo siento, doctor –agregó Alberto con una mezcla extraña de asombro y preocupación- No entiendo porqué me desmayé en aquellas ocasiones…bueno, si usted escuchara a mi suegra quizás lo entendería pero…es como si pudiera sentir en otra dimensión, no puedo verlos pero puedo hasta darme cuenta cuando el sonido llega a mi cuerpo y utiliza al mismo como transmisor. No se, creerá que estoy loco pero créame que en verdad estoy preocupado, y la explosión de hoy fue algo aterrador, hasta el punto de que temo estar en Garraf cuando los barrenos castiguen la montaña. Los tapones en los oídos ya los he probado y apenas atenúan el ruido, hasta le diría que es aún peor porque me da la sensación de que el sonido entra y queda atrapado en mi oídos.
-De momento lo único que puedo hacer es recomendarle que se coja unos días de baja. Descanse, y no se crea que su problema no tiene un origen en el stress, ya que no encuentro, al menos con los estudios que le he hecho hasta el momento, una razón para creer que presente patología alguna.
-Quien sabe, doctor. Quien sabe…seguiré su consejo
Joan va a su trabajo y presenta allí la baja. ¡15 ansiados y prometedores días! ¿Que haría con ellos? El jefe le dijo que sería más útil a la empresa de baja que en activo. No supo como tomarlo.
No sabía cuanto ocio libre de remordimiento alguno podía caber en 360 horas, al fin y al cabo se lo había recetado el médico. Volvió a su casa y se fue directo al sofá. Descansar, desconexión total…esa es la clave para combatir al estrés y lo haría con la cerveza en una mano y el mando de la tele en la otra.
Los canales pasaban uno tras otro sin enseñar nada interesante. Al final su pulgar se detuvo cuando llegó el canal 33. El documental que emitían hablaba sobre los elefantes y su particular, pero aún no probada manera de comunicarse con sus patas y emitiendo sonidos de baja frecuencia, inaudibles para el ser humano. Una bióloga de aspecto frío pero de hablar apasionado explicaba como, aún encontrándose a decenas de kilómetros unos de otros, los elefantes de una reserva en Zimbabwe podían avisarse acerca de un rumbo a tomar o de un peligro que los amenazase. Tanto el elefante africano como el de la India presentaban ciertas peculiaridades en su lenguaje que aún se seguían estudiando para una mayor comprensión.
Le parecía extraño e increíble, y no sabía a ciencia cierta como hallarle un asidero a su suposición, pero los sonidos que había escuchado la noche anterior antes de dormirse tenían algo que ver con los elefantes. Apagó el televisor y volvió a bajar las escaleras de su casa en busca de su coche. Media hora después ya estaba atravesando Barcelona. Desde que se había mudado a Garraf había dejado de sentirse un ser urbano. Ya no se hallaba a sí mismo entre el abigarrado tráfico y las mareas humanas.
Aparcó en el parking y después de abonar una entrada que se le antojó algo cara entró en el zoológico. Mientras caminaba por el recinto volvió a sentir esa extraña vibración aunque con mayor intensidad que antes. Y ya no dudó más cuando tuvo delante de él a la vieja y enorme elefanta.
Sus ojillos pequeños y tristones lo miraban fijamente. Eran tan expresivos. Su piel ajada y sus colmillos desgastados denotaban el implacable paso del tiempo. La elefanta emitió un suave sonido con su trompa y Alberto no sólo se deleitó con lo que consideró la más maravillosa nota emitida jamás por ser vivo alguno, sino que hasta creyó que en verdad el viejo y cansado paquidermo le estaba hablando a él. Se estaba volviendo loco, nada de esto podía ser posible. Y las rejas que rodeaban el recinto de la elefanta eran las mismas que creyó ver la noche anterior mientras el sueño lo invadía.
-¿Le gusta Susi? ¿Verdad que es guapa para la edad que tiene?-le dijo un cuidador que había a su lado.
Joan sacudió su cabeza, aún confundido –¿Perdón? ¿Me hablaba a mí? ¿Que me decía sobre la elefanta?
-Que se llama Susi…y tiene ya unos cincuenta años…está viejecilla y con muchos achaques, no creo que viva muchos años más, además está triste aún por la muerte de su compañera, Alicia. Pensamos traerle compañía en breve, ¿pero como va ella a saberlo? –agregó el cuidador que tenía unas gafas grandes y la cara llena de granos.
-Se ve que está triste…como depresiva…se le ve en los ojos y en como se balancea hacia delante y hacia atrás…-agregó Joan con una seguridad que a él mismo lo asombró.
-Pues…si, eso es lo que algunos dicen, sobretodo algunos grupos ecologistas, pero las autoridades de aquí lo desmienten terminantemente- el cuidador alzó sus hombros y agregó-pero bueno, ¿que puedo hacer yo? Bueno, hasta luego, seguiré con mi recorrida.
El cuidador se perdió entre la gente y Alberto siguió contemplando a Susi, sin comprender a ciencia cierta el porqué de su embobamiento ante el gigantesco animal.
Susi alzó levemente una de sus patas delanteras y golpeó en la tierra. El sonido viajó por el suelo en todas direcciones y quizás nadie más allí lo percibió, salvo Alberto. Sus ojos se abrieron asombrados y uno de esos escalofríos que se sienten cuando lo inesperado e imposible nos es revelado recorrió todo su cuerpo, pero aún antes lo hizo la vibración que primero la sintió en sus pies y luego en todo su cuerpo.
Un sonido que a él se le antojó la más dulce voz jamás escuchada surgió de la magna probóscide. La lágrima que rodó por su mejilla lo hizo casi al mismo tiempo que la de la triste y vieja elefanta, que jugó un poco entre los pliegues de su piel antes de caer a la tierra.
-Ya lo entiendo, por fin entiendo todo –se dijo asimismo.
La noche llegó y Joan no aparecía por casa. Preocupada porque tampoco podía comunicarse con él su mujer llamo a su madre y esta para tranquilizarla le dijo que no se hiciera problema, que él estaría bien.
-No te preocupes hija, seguro que volviendo para casa hizo una parada en el Riviera.
-Ay mamá, que el Riviera ya está cerrado, y de eso hace ya varios meses.
-Hija, eso para él no es problema, tu siempre dices que encuentra soluciones para todo.
Luego de una breve charla de una hora Ana dejó de hablar con su madre y se acostó en la cama, encendió la tele y puso su programa favorito, el cual la mantenía bajo una tensión constante desde hacía meses; “Con crisis nuestros padres vivían mejor”, un reality show en el cual 5 familias eran sometidas a pruebas y castigos espantosos como sufrir a un cambio de una televisión de plasma de 42´ pulgadas con TDT, Full HD y JODT por una de blanco y negro de 14´ o de un Lavavajillas por la antigua, infalible pero agotadora al fin, tabla de lavar.
Ahora los premios eran también envidiables, si se iban superando pruebas los participantes podían acceder por ejemplo a una chica sudamericana para que les cuidara los niños para que los padres pudiesen salir y así disfrutar de su tiempo libre.
Las horas pasaron y los párpados de Ana cayeron vencidos por su propio peso. Su pulgar derecho reposaba sobre la tecla CH+ del mando y cerca de su mano izquierda estaba su móvil, que empezó a sonar en medio de la medianoche.
-¿Mamá? Apenas escuché sonar el teléfono pensé que era Joan que…-balbuceó Ana con su lengua aún algo adormecida.
-¡Pon el canal 25 ya! Rápido –apremió la madre de Ana.
Sin colgar la llamada Ana puso el canal que le decía su madre. Una guapa periodista hablaba frente a la cámara con la playa de Barcelona como trasfondo.
-…en la playa de la Barceloneta con el equipo de “Después de la medianoche”, cubriendo los sucesos mas asombrosos de la noche en la Ciudad Condal- decía la periodista, y la cámara amplió su rango de imagen y a su lado apareció un oficial de policía joven, de gruesas cejas y sonrisa bonachona- Y aquí está con nosotros el oficial de los Mossos de Esquadra de Ciutat Vella, el teniente Alberto Rodríguez.
-Díganos teniente, como procederán en este caso, porque en verdad es muy extraño, ¿cual es vuestro papel aquí?
Mientras el oficial de policía hablaba la cámara empezó a hacer foco a una escena que se desarrollaba cerca de allí. Justo en la orilla dos figuras se recortaban a la luz de la luna. Una era enorme, la otra, mucho más pequeña, estaba apoyada en la mayor. Ana no daba crédito a lo que veía o creía ver. Intentó en vano agudizar su vista pero no hizo falta, la cámara se fue acercando lentamente. La policía estaba apartando a los curiosos que se arremolinaban alrededor de las dos figuras, la mayoría de ellos iba a los tumbos, con más alcohol en las venas que sangre y seguramente ni unos ni otros daban crédito a lo que estaban viendo.
Porque en verdad y si bien Barcelona da para todo un hombre y un elefante compartiendo unas gominolas mientras miran el mar no es una imagen del todo frecuente.
Pero más azorada estaba aún Ana, ya que el que estaba cariñosamente apoyado al paquidermo y le pasaba los dulces era su marido. En eso el policía interrumpe con un ademán la conversación con la periodista para atender una llamada por el canal policial. Le informaban que el Zoológico de Barcelona había contactado con ellos para informarles de la extraña e inexplicable desaparición de su única elefanta, y que se dirigirían hacia allí con el equipamiento adecuado para trasladar de nuevo al paquidermo a su hogar.
Luego la periodista siguió al teniente Sánchez hacia donde se encontraban la elefanta y el hombre, rodeados por más policías que intentaban mantener un cordón para evitar que los borrachos y curiosos (o los curiosos borrachos) se acercasen al sitio.
La áspera voz de su madre aullaba en el auricular –¿Lo estás viendo? ¡Es él! Te dije que ese hombre estaba loco, ¿¡si no que va a hacer en la playa de la Barceloneta, con una elefanta y compartiendo gominolas con el bicho?!
La madre de Ana siguió enarbolando una y mil razones para justificar la locura de Joan, que en ese momento era entrevistado por la periodista.
-Disculpe señor…¿podemos hacerle unas preguntas para “Después de la Medianoche”?
Joan alzó sus hombros en señal de que le era indiferente, mientras la trompa de la elefanta lo rodeaba en busca del paquete de dulces.
-La gente en estos momentos se debe estar preguntando como es que un hombre y un elefante han llegado hasta aquí. Cuéntenos por favor como y porque habéis salido del Zoo. ¿Es usted el cuidador de este enorme animal?- le preguntó la periodista a la vez que cada tres o cuatro palabras miraba hacia la cámara.
-Pues poco hay para contar -comenzó a explicar con desinterés Joan- además no lo comprenderíais, sólo somos dos seres que se entienden y que salieron a dar un paseo juntos. Y en verdad la palabra “cuidador” me hace mucha gracia, no sólo por el hecho de que no lo sea sino porque basta ver la mirada triste de Susi para comprender como sufre. ¿Sabía Ud…sabe su audiencia que desde que murió la única compañera de Susi, la elefanta Alicia, la pobrecilla está con una depresión que la está llevando a la muerte, teniendo que soportar el vivir en tan sólo mil metros cuadrados? –Joan comenzó a emocionarse y su voz comenzó a tornarse algo temblorosa- imaginaos que vuestro universo se limita a un rancio recinto rodeado de rejas. Un lugar en el cual una especie extraña, la misma que os ha privado de la libertad y que ha pagado por veros una entrada que considera demasiado cara, observa entretenida todos vuestros movimientos y os arroja comida como divertimento, mientras los captores engordan sus arcas y justifican una cruel y degradante exhibición con la poco creíble excusa de que en vuestro entorno natural viviríais menos…¡y peor! ¿No estamos acaso expuestos nosotros, los humanos, a constantes peligros en el mundo de cemento y vicios en el que vivimos?
Ana no podía creer hasta que punto se había deteriorado la cordura de su esposo. El siempre decía que Garraf era un pueblo de locos entrañables. El ahora se había convertido en uno de ellos. Joan siguió hablando ante la cámara pero Ana ya no quiso ni verlo más ni hablar con su madre. Se despidió de ella que siguió hablando de las singulares cualidades y virtudes de su marido (las de siempre y las recientemente adquiridas) y apagó la televisión. Que vergüenza. ¿Como saldría mañana de su casa? ¿Que dirían en el pueblo? Bastaba con que sólo una de las harpías se hubiese enterado para que la noticia apareciese en la primera plana del bar.
Por suerte el sueño la venció pronto. Avanzada ya la noche oyó que la puerta se cerraba suavemente. Encendió la luz y se sentó en la cama esperando que su marido entrase pero éste se demoró unos minutos mas y al cabo de ese lapso irrumpió en la habitación con un bocadillo de chorizo ya mordisqueado y una mirada ausente.
-¿No piensas decirme nada acerca de tu actuación de hoy? ¿Acaso estás haciendo las oposiciones para ingresar al Cirque Du Soleil?
Como si no la escuchase y mientras le propinaba severas dentelladas al bocadillo Joan se asomó fuera de la habitación y dijo – Alberto, vente para aquí que te presento a mi mujer.
Un hombre alto y sonriente apareció en el marco de la puerta junto a su marido, Ana reconoció al oficial de policía que apareció antes en la televisión.
-Yo no sabía que Alberto viviera en Garraf. Mira lo que es el destino, el me llevó a la comisaría y charlando nos enteramos que casi somos vecinos, y no nos conocíamos. Eso si, es muy responsable y no le quedó otra opción que multarme por alterar el orden público.
-Estás loco, y encima has bebido -dijo Ana con su mejor tono de reproche al ver que su marido oscilaba un poco.
-Yo ya no estoy de servicio- agregó el policía a la vez que alzaba sus manos.
Joan meneó su cabeza lentamente a uno y otro lado y agregó seriamente -creo que te debo una explicación, pero no se si lo vas a comprender…-
-Me debes una explicación y me la darás mañana, ahora vamos a dormir o bien puedes irte al sofá, me da igual. Y Alberto, disculpa a mi marido, está pasando por una época de gran estrés en el trabajo y veo que eso lo ha afectado más de lo que pensaba.
-Eh, que no pasa nada –dijo Alberto palmeando a su marido en el hombro y agregó –lo que le pasó a su marido es increíble, pero aún así le creo. Además me cae de puta madre. Me voy a mi casa, nos vemos.
Luego de eso se despidió dejando solos a Joan y a Ana, que con sus ojos aún algo velados por el sueño intentaba escrutar en el rostro de su marido alguna señal que le indicara que éste no estaba volviéndose loco.
-Mi madre tiene razón, no estás del todo fino –dijo Ana entre bostezos-.
-Tu madre NUNCA tiene razón, pero esta vez puede ser que la acierte – Joan se acercó a la cama y se sentó al lado de su mujer.
-Ana, mi vida siempre ha sido monótona y desprovista de sentido y no te culpo por ello ni a ti ni a nadie, quizás fui yo el que nunca busqué esa chispa que encienda mi existencia haciéndola brillar y ahora, cuando menos sentido le encontraba a mi vida, algo ha cambiado.
Ana miró con sorna a Joan y esbozó una media sonrisa – ¿Y como se llama esa perra? –dijo casi rechinando los dientes.
-Susi no es ninguna perra cariño, además ella tan sólo es…
-¡Y la defiendes, cabrón! ¡Con que excusa me vas a venir…todos estos años creyéndome que estabas hasta tarde en la oficina trabajando y tu te estabas cepillando a una! -aulló Ana a la vez que saltaba de la cama en dirección opuesta a su marido.
-Pero por dios, que dices si Susi es…-intentó explicar Joan.
-¡Sal! Sal de este cuarto que lo infectas con tu inmunda presencia! – y para darle aún más énfasis a su metralla de palabras, Ana le arrojó a Joan lo que más a mano tenía que era un jarrón de metal, que este a duras penas alcanzó a esquivar, aunque no pudo escapar del impacto sonoro que el ocasional proyectil provocó al chocar contra la puerta.
-¡Por más que te tapes los oídos me tendrás que escuchar cabrón, pero ésta será la última vez que lo hagas porque te vas de mi casa! ¡Sólo quiero saber de ti a través de mi abogado! –gritó Ana sin mermar en su cólera
Joan comenzó a dar tumbos, mareado a causa del violento sonido. Ana seguía vociferando pero él no podía escucharla con claridad; cogió algunas cosas que metió en un bolso de mano sin estar seguro de su utilidad y salió a la calle.
Confuso y aún aturdido bajó hasta la playa y se tumbó en la arena. Por unos minutos las estrellas giraron en torno suyo, o al menos eso creyó.
Cada tanto algún camión pasaba por la carretera dejando una impronta sonora fácilmente perceptible para él. El mar estaba calmo, sólo alguna ola rompiendo contra las rocas y diferentes y quien sabe cuan lejanos sonidos llenaban su universo auditivo componiendo una extraña, desordenada pero nada desagradable sinfonía.
Pero otro “instrumento” comenzó a sumarse a esa singular banda. La vibración la percibió en un principio muy tenue, pero clara
Un sonido que eran palabras para él le trajo aires de tristeza pero también de liberación. Un adiós diferente y teñido de agradecimiento, una despedida ya esperada. Y fue a partir de ese momento que todo cambió y por fin supo que hacer.
Joan no regresó a su casa aquella noche, tampoco apareció por allí a la mañana siguiente. Ana bajó como todos los días al bar de la plaza del pueblo a desayunar y mientras la taza de café con leche se le enfriaba entre las manos pensó que quizás su marido podía aparecer en cualquier momento por allí, atravesando la entrada del bar con su cabeza gacha y la mirada de irredimible culpable y le pediría perdón por haberla engañado. Pero ella no lo perdonaría, eso lo tenía más que claro. Ella volvería con su madre y él con su puta Susi.
Un periódico cayó sobre la mesa y un dedo señaló una foto enmarcada por un texto – ¿No es éste tu marido? –dijo el dueño del bar con un tono que no permitía una respuesta negativa.
Ana dejó su taza de café con leche y siguió la trayectoria del dedo.
En la foto podía ver claramente a un hombre y un elefante sentados en la arena; la misma imagen, pero inmóvil, que habían registrado las cámaras del canal de noticias la noche anterior.
“Un extraño adiós a Susi”, decía el titular y la nota rezaba: “En medio del asombro de turistas y paseantes, la playa de la Barceloneta fue escenario de un extraño acontecimiento. A la medianoche una elefanta apareció en la playa de la Barceloneta de manera inexplicable. La intervención de los mossos de escuadra coincidió con la llamada del personal de seguridad del zoo para anunciar la desaparición de su elefanta, Susi. El cuerpo policial actuó eficazmente coordinado por el teniente Alberto Rodríguez separando a los curiosos y organizando el traslado del animal con el personal del zoo. Aparentemente alguien más fue la noticia de la noche. Un desconocido, sin relación alguna con el zoo, se hallaba con la elefanta compartiendo unos dulces cuando llegaron los efectivos policiales. Se cree que Joan Salvat, cuyo nombre es lo único que sabemos de este individuo, participó activamente en la huída de la elefanta (la hipótesis del robo fue desechada) aunque no puede probarse ni la metodología de escape ni mucho menos las razones que pueden haberlo impulsado a hacerlo, ya que no hizo más que unos breves comentarios ante la cámara de un noticiero local.
Joan Salvat será multado con seguridad por alterar el orden público, pero eso no pareció preocuparle en demasía.
A primera hora de la mañana, la elefanta apareció muerta en su recinto, a las pocas horas de su traslado. Su cuidador nos dijo “Murió de tristeza. Estaba muy sola y amaba la libertad”.
El Zoo de Barcelona dedicará una placa recordatoria a Susi, que como “Copito de Nieve” fue durante muchos años el motivo de asombro y alegría de los visitantes”.
Ana levantó lentamente su mirada del periódico y notó como todos los ojos del bar, sin el más mínimo disimulo, estaban puestos en ella. Si no se levantaba y se iba de allí en unos segundos ya sería demasiado tarde. Una locura de largos colmillos de marfil no podría pesar tanto como una de cuernos impalpables, aunque las dos se llamasen Susi. Dejó unas monedas sobre la mesa, cogió su bolso y abandonó el bar con la velocidad de un tornado.
Satnam era el dueño de una próspera empresa de Bombay. Alquilaba elefantes para bodas y eventos especiales. Ese día había vestido a Pooja con sus mejores galas para la boda de uno de los más ricos comerciantes de la ciudad, pero cuando llegó el momento de partir la elefanta se negaba a moverse. Satnam intentó convencerla de todas las formas posibles. La tentó con dulces y con mimos luego probó con engaños y al final con insultos y en un arranque de impotencia hasta intentó asustarla con una varilla que Pooja le arrancó de la mano y arrojó al suelo. Satnam notó que no sólo la rebelde elefanta sino también los otros paquidermos lo miraban en silencio. El conocía a esos animales muy bien y pudo leer en sus ojos que algo en ellos había cambiado. El sonido de otros elefantes se escuchó a lo lejos y Pooja y sus compañeros contestaron y fueron a reunirse con los cientos de elefantes de toda la ciudad y alrededores que se dirigieron a la plaza central de la ciudad.
Transeúntes locales y turistas observaron asombrados el singular desfile. Los elefantes venían de todas partes de la ciudad y alrededores. Algunos venían hasta adornados para un acontecimiento especial que ya no se realizaría, otros hasta iban cargando troncos u otras mercancías. Pero todos parecían estar motivados por un objetivo común, por un fin único que los hacía simplemente imparables en su marcha.
Las autoridades de Bombay no supieron como actuar, algo así jamás había sucedido, ¿como detener a esos animales cuando su determinación era tan férrea? Se pusieron barricadas en distintas calles para detener su implacable avance, aunque no se sabía hacia dónde y como se conduciría tan increíble manifestación. Cuando llegaron a las barricadas los elefantes se detuvieron a pocos metros de los jeeps de la policía, que ante el avance inexorable de semejante manifestación se apretaba cada vez más a sus carros.
En todas las calles que bloqueaban el acceso al centro (todas) los paquidermos se detuvieron a escasos metros de las improvisadas barreras. Estuvieron unos segundos inmóviles y por unos momentos las fuerzas de seguridad creyeron que emprenderían la vuelta, más no fue así.
Algún elefante (hay quien atestigua que fue el único que llevaba a su grupa a un hombre) dio unos fuertes pisotones y comenzó a resoplar, otros, en calles más lejanas, parecieron responder de la misma manera y a los pocos minutos los paquidermos comenzaron a avanzar. Algún policía, en alguna parte, levantó un arma pero pronto la bajó, por sus propios medios o por la persuasión de un compañero. Aquellos animales eran en su gran mayoría, y con seguridad, propiedad de alguien.
La barricada cedió ante el avance de los animales, que apartaron el cerco improvisado con la misma facilidad que el jornalero a los matorrales. Los elefantes siguieron avanzando hasta el sur de la ciudad, nadie podía precisar a ciencia cierta hacia dónde se dirigían exactamente. La multitud comenzó a seguir a esta imparable manada de miles y miles de paquidermos, entre ellos había muchos propietarios que en vano intentaban persuadir a sus animales de que volviesen a su hogar.
Cuando llegaron a una enorme estructura de color gris amarillento los elefantes comenzaron a detenerse alrededor de la misma. Era la “Puerta de la India” el impresionante arco del triunfo hindú. Nadie pudo ver en aquella elección un hecho fortuito, sino una elección hecha a conciencia. Los increíbles manifestantes eran observados por cientos de miles de asombrados y expectantes hombres, mujeres y niños de todas las condiciones. También empezaron a llegar los medios de televisión e incluso de cine, ya que a pocos metros de allí casualmente estaban filmando una película.
De pronto una ruidosa ciudad vio sumido su bullicio al impresionante bramido de miles de elefantes que alzaron sus trompas al unísono. La urbe entera se silenció y dirigió sus miradas hacia el arco del triunfo. La gente estaba trepada a los techos de coches y buses, a las farolas y a los balcones de las casas que viendo colmada su capacidad corrían el riesgo de caerse. Todas las miradas confluyeron hacia un punto en el que los animales comenzaron a apartarse abriendo un camino. Un elefante enorme y viejo, que llevaba en su lomo a un hombre, comenzó a transitar por el improvisado pasaje. A su paso multitud de trompas lo rozaban cariñosamente y se podía ver que la mirada de aquél hombre brillaba con una mezcla de júbilo y triunfo. Los periodistas supieron que hacia allí debían dirigirse y se asombraron al ver que los animales se apartaban para que ellos se pudieran acercarse hasta la base del arco, en dónde se encontraba aquél misterioso hombre.
Cuando los medios y multitud de curiosos los rodearon, el enorme elefante se arrodilló para que el hombre pudiese bajar de su grupa.
Por unos segundos todo pareció detenerse en aquella ciudad y girar entorno a ellos. Las cámaras comenzaron a transmitir en directo para toda la India las imágenes que luego dieron la vuelta al mundo.
El hombre, con su rostro curtido por el sol y con una espesa barba entrecana de varios meses se acercó a las cámaras con andar sereno y seguro.
Tal era la situación que se vivía, tal el clima que se respiraba en ese día en el que la realidad se veía sublimada a lo surrealista, que tan sólo alguno que otro de los tantos periodistas que allí se hallaban atinó apenas a balbucear algunas palabras.
“El hombre elefante” como después lo apodaría la prensa local y luego la mundial, comenzó a hablar ante los micrófonos, pero era tal el bullicio que armaban los elefantes que prácticamente no se escuchaba nada. El viejo paquidermo que hizo de montura para el misterioso hombre dio unos pisotones en el suelo y a los pocos segundos la ciudad se vio sumida en el silencio y los elefantes se quedaron inmóviles, silentes, como expectantes.
-Ciudadanos de Bombay, ciudadanos del mundo- comenzó a hablar el misterioso hombre a la vez que alzaba sus brazos y miraba alrededor suyo- hoy habéis sido testigos de un hecho histórico no casual. La primera huelga de elefantes, que no será la última, ha conseguido que una ciudad infinita y poderosa como lo es Bombay, se paralice para contemplar, con millones de ojos estupefactos e incrédulos, el principio de una rebelión que antes se hubiera considerado imposible, la rebelión de los elefantes.
De la libertad de su hábitat natural a la esclavitud, al abuso y al maltrato en muchos de los casos. ¿Que sería de los zoológicos, de las bodas en la India, Pakistán o Tailandia, de los trabajos en los que se requiere esa inmensa fuerza que sólo puede ser generada por un gran corazón? ¡Dadles a los elefantes la posibilidad de elegir entre una libertad real o una dependencia fructífera tanto para ellos como para el hombre! Muchos de los elefantes que en este día memorable están reunidos aquí volverán con quienes se hacían llamar “sus amos”, porque no conocen otra forma de vida. Otros volverán a la selva, de dónde fueron arrancados de pequeños. Tanto unos como otros sólo quieren lo mismo que nosotros, vivir en paz y con dignidad- y con su voz ya embargada por la emoción agregó:
Vosotros, hombres, no olvidéis este día, porque ellos tampoco lo harán.
El misterioso hombre propinó unos pisotones al suelo y el elefante que lo había llevado a su grupa volvió a ofrecerle su trompa y con una delicadeza casi reverencial lo ayudó a sentarse sobre su lomo.
Los periodistas se arremolinaron entorno al único hombre que parecía saber el porqué de esa increíble huelga y lo atosigaron a preguntas. Más de uno preguntó: ¡Díganos, por favor! ¿Quién es usted?
El hombre los miró desde más de cuatro metros de altura y sonriendo les contestó: -Eso ya no tiene demasiada importancia, pueden llamarme “el hombre elefante”.
En ese momento, al unísono, miles de elefantes alzaron sus trompas y emitieron lo que muchos entendieron como un canto triunfal.
Dicen que ese mismo día, los elefantes de distintas partes del mundo, con alguna diferencia horaria, se unieron a ese canto universal de libertad. Nadie supo explicar como fue que sucedió, sólo que simplemente pasó.
De la misma manera en que llegaron, los elefantes comenzaron a dispersarse, algunos volvieron con sus cuidadores (o amos) otros nunca lo hicieron y sus pisadas volvieron a retumbar en la selva.
A partir de ese día muchos comenzaron a mirar de otra manera a los elefantes y aunque fueron aún más quienes ignoraron lo pasado y poco cambió, más de uno corrigió su actitud hacia los paquidermos y comenzó a darles un trato más “humano”.
Muchos circos tuvieron que empezar a prescindir de los elefantes ya que la mayoría de estos comenzaron a negarse a trabajar y las leyes de protección se recrudecieron, y distintos organismos creados en varios países para ese fin visitaron zoos, circos e instalaciones para verificar el cuidado que se les brindaba a estos animales.
Hubo más sucesos similares al de Bombay en otros rincones del mundo y en casi todos ellos aparecía el misterioso “hombre elefante” sobre el cual todos se preguntaban cual sería su verdadera identidad.
Sólo una persona sabía de quien se trataba, cuando se enteró del primer suceso comenzó a seguir los casos con suma atención en todos los medios en los que se mencionara y reprodujo hasta el cansancio las imágenes que aparecían en “you tube”. No cabía ninguna duda de que el “hombre elefante” era Joan.
El tiempo pasaba y los sucesos relacionados con los elefantes ya eran algo a lo que la gente se estaba acostumbrando. Algunos veían en Joan a un auténtico defensor de los elefantes, otros creían que era un ser de otro mundo y lo proclamaban como el primero de una misteriosa raza de telépatas que se podía comunicar con los elefantes. Detrás vendrían otros (eso decían que sucedería) que se podrían entender con los delfines y con los ornitorrincos. Un día Joan apareció nuevamente en los noticieros luego de más de un mes sin ser noticia. Dijo que tenía algo importante que advertirle a la humanidad. Anunció que faltaban escasos días (no podía precisar cuando) para que una catástrofe natural de consecuencias devastadoras afectara a varias zonas del planeta.
Terremotos de magnitudes impensables sacudirían la tierra y maremotos como nunca se habían visto barrerían con todo lo que se encontrasen a su paso. Los organismos oficiales de todo el mundo minimizaron las predicciones de un hombre al que consideraban un loco y al que no había que hacer demasiado caso, o un reaccionario, un terrorista…los comentarios eran bien diversos y había medios como periódicos o canales de televisión de varios lugares del mundo que apoyaban al “hombre elefante” no sólo en su cruzada libertadora sino también en sus predicciones acerca de un inminente desastre.
Hacía un tiempo que Ana había rehecho su vida sentimental con un hombre serio y de ideas firmes. Muy raramente recordaba a Joan, en realidad sólo cuando aparecía alguna nota en los periódicos o un reportaje referido a los extraños acontecimientos en los que siempre se veía envuelto.
La carta, que llegó el mismo día en que un fuerte temporal azotaba la costa le asombró más que nada porque su nombre figuraba cerca de unos sellos que indicaban que la misiva provenía de Tailandia. El texto era más que breve pero contundente: “En los tres próximos días no te muevas de Garraf, no te vayas de casa por ningún motivo. Te quiere, Joan”
Sacudió su cabeza, y en un acto casi reflejo hizo un bollo con la carta que tenía en la mano y la arrojó en el cesto de basura.
Pasaron dos días sin ninguna novedad, al tercero, Ana abrió la ventana de su casa por la mañana para desayunar en la terraza. Era un día espléndido. Ni rastro de la tormenta ¿Que podía pasar? Evidentemente toda esa palabrería de su marido no era más que una nueva locura a la que había que ignorar, al igual que las otras. El mar estaba calmo, ni la más mínima ola alteraba esa superficie de espejo. Luego de desayunar invirtió varios minutos en ponerse bella y bajó a coger el coche. Mientras conducía pensó en las tonterías de su ex marido: ¡No salir de casa en tres días! Los tres días habían pasado y nada atípico había ocurrido, salvo…mierda, se había olvidado una documentación importante que debía llevar a Barcelona. Tenía que emprender la vuelta. Después de todo no estaba tan lejos. Cuando dio la vuelta en la rotonda de Rat Penat vio como una familia de jabalíes atravesaba la carrera por delante de su coche en dirección a la montaña. Un nutrido grupo de gaviotas y cormoranes también pasaron volando muy cerca de su coche hacia la misma dirección. Empezó a cambiar los canales de radio pero ese día la cobertura era fatal, peor que de costumbre. Nada por lo que asombrarse en las curvas del Garraf.
Subió rápido a su casa y se puso a buscar los documentos. No podía recordar exactamente en dónde los había dejado. Los buscó en su cuarto, en el archivador y nada. Mientras revolvía en cajones y revisteros un temblor muy fuerte y más largo que de costumbre sacudió la casa. Realmente estos de las canteras ya se estaban pasando, algún día medio pueblo se desmoronaría. Pensó que quizás los documentos los había guardado su pareja en algún lado, o hasta los podía haber cogido por error, así que decidió llamarlo por teléfono. La cobertura era nula, por lo que salió a la terraza para ver si ésta mejoraba pero vio que su móvil seguía igual. Otro temblor, algo más largo y más intenso que el anterior volvió a hacer vibrar los cimientos de su casa. Mientras apagaba y encendía el móvil algo en el horizonte llamó su atención. El mar seguía calmo, pero todo a su alrededor parecía revolucionarse. Bandadas de gaviotas y cormoranes venían volando de la costa. Dos gaviotas grandes se posaron en la barandilla de su balcón, graznando alteradas. Pudo también observar como varios barcos llegaban al puerto de Garraf y al Port Ginesta a toda máquina.
Desde la terraza de su casa siempre tuvo una vista privilegiada y lo que en ese momento pudo apreciar quedaría grabado en su memoria para siempre. Una masa de agua de proporciones descomunales se desplazaba hacia el Port Ginesta y hasta dónde sus ojos podían ver con una velocidad increíble y como una imparable pared que arrasaba todo a su paso. Pudo ver como los barcos que no habían llegado aún a puerto eran alzados como si fuesen de papel y arrastrados por encima de la escollera para terminar destrozados contra otros barcos. Por unos eternos segundos vio como el puerto desaparecía debajo de las aguas. No pudo permanecer indiferente tampoco al otro temblor que volvió a estremecer el pueblo, pero sus ojos permanecían fijos en la dantesca escena que no muy lejos de allí se estaba representando. Trozos de barco fueron arrastrados hasta la playa de Garraf que por alguna razón no recibió esa devastadora carga, de la que poco después se enteraría Ana que había arrasado con gran parte de la franja marítima desde Castelldefels hasta Barcelona y más allá.
En ese momento sólo otra imagen ocupaba la mente de Ana y eran esas letras bailoteando en esa inesperada carta “No salgas de casa”.
Aquella zona de Tailandia se caracterizaba por ser la más alta de la región y precisamente por esa razón se habían dirigido allí. No hubo grandes terremotos que sacudieran ese rincón del planeta, sólo algún leve temblor. Pero el maremoto allí sí fue de proporciones dantescas. Hacía más de un día que se habían desplazado a esa zona montañosa para aguardar el momento. Cientos de familias que creían en él y manadas enteras de elefantes no sólo en Tailandia sino en otros rincones de Asia y Africa, habían migrado hacia sitios más seguros. Los hombres por primera vez se dejaron guiar por los elefantes como única posibilidad de salvación, al menos los que creyeron en las predicciones de Joan.
Cuando llegó la ola nadie se asombró, pero todos se estremecieron, incluso Joan que desde una posición segura observaba como la naturaleza furiosa barría con las frágiles creaciones del ser humano. El poblado al pie de la montaña era arrancado de cuajo por la masa de agua con la misma facilidad con que se arranca una raíz seca. Con lágrimas en los ojos, cientos de familias observaban impotentes como sus hogares se deshacían como si fuesen de débil cartón. Pero estaban vivos, gracias a los elefantes y a aquél hombre a quien en un principio creyeron tan sólo un demente.
Joan observaba en silencio el voraz avance de las aguas y no pudo evitar el cerrar los ojos por un momento y estremecerse ante ese rugido triunfal que sólo el vencedor de una batalla podía proferir. Y pudo de alguna manera sentir que a miles de kilómetros de tierra temblorosa y de furioso mar, en otras lejanas y más conocidas costas, un pequeño pueblo se había salvado de la catástrofe. Como podía saberlo, eso ya no importaba.
Quizás era ese extraño sentido que inexplicablemente había desarrollado y que tanto lo acercaba a sus enormes amigos grises.
O tan sólo era una simple corazonada la que le dijo que a miles y miles de kilómetros de distancia, por uno de esos caprichos de la naturaleza, su pequeño y tranquilo pueblo de Garraf, se había salvado.
jueves, 5 de febrero de 2009
El Centinela

Entre los colores que se entremezclaban en el movedizo cuadro que se pintaba en la ventanilla del tren, de pronto dominó un intenso azul verdoso. Quizás fue eso lo que me decidió a bajar en aquella estación, cuyo nombre, que se me antojó bastante extraño, había sido anunciado unos minutos antes por una amable locución.
Toda una vida rodeado por el cruel cemento de una infinita ciudad había amodorrado mi sensibilidad hacia la naturaleza. Quizás por eso cuando me tumbé en la arena y llené mis pulmones de aire marítimo y endulcé mis oídos con una de las melodías más maravillosas que la naturaleza ha compuesto, me dije que en ese instante mi felicidad era perfecta.
Dejé vagar mi mirada por el entorno. Unas casitas verdes y blancas que miraban hacia el mar me deleitaron por su simpleza y originalidad. Pero a tan sólo unos metros de allí las vías del tren y su interminable red de cables y acero me daban la sensación de que el pueblo hubiese sido abierto en canal y sus venas expuestas al cielo. Fui incluso algo más lejos e imaginé a aquél lugar como un organismo vivo, como el cuerpo de un guerrero marcado por las cicatrices de mil batallas. El tren, la carretera y la autopista lo seccionaban violentamente, pero aún así me parecía tan fuerte y lleno de vida como si jamás hubiese sido tocado. Las montañas parecían circundar aquél pueblo de casitas blancas como conteniéndolo y a la vez aislándolo del resto del mundo, quizás para protegerlo.
Podría haber seguido divagando aún más tiempo, pero sentía un llamado al cual no podía desatender. Esas aguas de color esmeralda eran demasiado tentadoras así que no me resistí más y me adentré en ellas, agradeciendo el frío del mar de primavera ya que me hacía sentir aún más vivo. Después de haber nadado unos minutos miré hacia la costa y observé con cierta sorpresa que desde allí podía abarcar con mi vista todo el pueblo sin la más mínima dificultad. El blanco de las casas contrastaba con la vegetación de las montañas, fortalecida por un prolongado período de recientes lluvias. Pero había algo que no parecía pertenecer a aquél lugar. Más atrás, las montañas dejaban de lucir su verdor y se mostraban desnudas, sin el más mínimo vestigio de vida. Noté que faltaba gran parte de lo que había sido la montaña en un principio, más bien era como si una bestia, hambrienta y gigantesca, le hubiese dado una brutal dentellada desgarrándole las entrañas.
Comencé a estremecerme, quise creer que fue por el frío y emprendí la vuelta hacia la orilla. Ya envuelto en mi toalla reparé en la montaña que marcaba el límite sur del pueblo, y en el arbolito que parecía rematar su cima de manera tan particular. Me sequé, me vestí y caminé en aquella dirección.
Durante la caminata seguí deleitándome con las breves callejuelas y las vistas. Noté también que en aquél lugar los niños jugaban por las calles gozando de una libertad que en Barcelona o en cualquier otra gran ciudad hubiera sido impensable.
Casi sin darme cuenta el pueblo pasó con la brevedad de una diapositiva y me encontré a pocos metros de la curiosa formación rocosa. Me pregunté como podría hacer para subir hasta la cima. Le interrogué al respecto a un hombre mayor que estaba sentado cerca de allí y con un par de señas y algunas palabras me indicó el camino.
A medida que ascendía fui mirando hacia uno y otro lado. No recordaba haber visto anteriormente paisaje más dispar y me asombré de cómo los sentidos pueden captar el entorno. Me tapé mi oído derecho y sólo escuché camiones, máquinas trepanando la roca, el traqueteo del tren…Luego hice otro tanto con mi oído izquierdo y la sinfonía fue bien diferente, sólo escuchaba las olas rompiendo contra las rocas y el siseo del viento al escurrirse entre las ramas de los pinos.
Desde donde me hallaba sentado podía de igual manera jugar con lo que veía y grabar en mi retina sólo aquello que me agradase. Pude notar que la autopista, la carretera, las vías del tren y el puerto, por su fuerza y superficie dominaban la escena. Aún así, podía elegir ver sólo el pueblo sin sus cicatrices o perder mi mirada en las montañas o en el azul del horizonte.
Lo que me extrañó fue que por más que lo buscase, el árbol que desde abajo se podía apreciar perfectamente allí arriba parecía brillar por su ausencia. Otra curiosidad más de aquel lugar tan particular, me dije. Me encogí de hombros y comencé a descender, comenzaba a tener frío ya que el verano aún estaba lejos y la estación de tren, también.
Mientras esperaba que parase algún tren, temiendo casi que mi persona pasara a formar parte del decorado de la estación, no pude evitar mirar hacia la montaña a la que hacía tan sólo unos minutos había recorrido. Y allí estaba el arbolito, como un mudo y viejo centinela, testigo de la vida de un pueblo en donde el tiempo y el espacio parecían entretejerse hasta desconcertar al visitante.
A veces descubrimos lugares que sin saber porqué, nos marcan para siempre.
Es como si en ellos encontráramos fragmentos perdidos de nosotros mismos que quizás vayamos recuperando, como si fuesen parte de un rompecabezas que jamás terminamos de armar.
Creo que eso es lo que sentí cuando pisé Garraf por primera vez.
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Toda una vida rodeado por el cruel cemento de una infinita ciudad había amodorrado mi sensibilidad hacia la naturaleza. Quizás por eso cuando me tumbé en la arena y llené mis pulmones de aire marítimo y endulcé mis oídos con una de las melodías más maravillosas que la naturaleza ha compuesto, me dije que en ese instante mi felicidad era perfecta.
Dejé vagar mi mirada por el entorno. Unas casitas verdes y blancas que miraban hacia el mar me deleitaron por su simpleza y originalidad. Pero a tan sólo unos metros de allí las vías del tren y su interminable red de cables y acero me daban la sensación de que el pueblo hubiese sido abierto en canal y sus venas expuestas al cielo. Fui incluso algo más lejos e imaginé a aquél lugar como un organismo vivo, como el cuerpo de un guerrero marcado por las cicatrices de mil batallas. El tren, la carretera y la autopista lo seccionaban violentamente, pero aún así me parecía tan fuerte y lleno de vida como si jamás hubiese sido tocado. Las montañas parecían circundar aquél pueblo de casitas blancas como conteniéndolo y a la vez aislándolo del resto del mundo, quizás para protegerlo.
Podría haber seguido divagando aún más tiempo, pero sentía un llamado al cual no podía desatender. Esas aguas de color esmeralda eran demasiado tentadoras así que no me resistí más y me adentré en ellas, agradeciendo el frío del mar de primavera ya que me hacía sentir aún más vivo. Después de haber nadado unos minutos miré hacia la costa y observé con cierta sorpresa que desde allí podía abarcar con mi vista todo el pueblo sin la más mínima dificultad. El blanco de las casas contrastaba con la vegetación de las montañas, fortalecida por un prolongado período de recientes lluvias. Pero había algo que no parecía pertenecer a aquél lugar. Más atrás, las montañas dejaban de lucir su verdor y se mostraban desnudas, sin el más mínimo vestigio de vida. Noté que faltaba gran parte de lo que había sido la montaña en un principio, más bien era como si una bestia, hambrienta y gigantesca, le hubiese dado una brutal dentellada desgarrándole las entrañas.
Comencé a estremecerme, quise creer que fue por el frío y emprendí la vuelta hacia la orilla. Ya envuelto en mi toalla reparé en la montaña que marcaba el límite sur del pueblo, y en el arbolito que parecía rematar su cima de manera tan particular. Me sequé, me vestí y caminé en aquella dirección.
Durante la caminata seguí deleitándome con las breves callejuelas y las vistas. Noté también que en aquél lugar los niños jugaban por las calles gozando de una libertad que en Barcelona o en cualquier otra gran ciudad hubiera sido impensable.
Casi sin darme cuenta el pueblo pasó con la brevedad de una diapositiva y me encontré a pocos metros de la curiosa formación rocosa. Me pregunté como podría hacer para subir hasta la cima. Le interrogué al respecto a un hombre mayor que estaba sentado cerca de allí y con un par de señas y algunas palabras me indicó el camino.
A medida que ascendía fui mirando hacia uno y otro lado. No recordaba haber visto anteriormente paisaje más dispar y me asombré de cómo los sentidos pueden captar el entorno. Me tapé mi oído derecho y sólo escuché camiones, máquinas trepanando la roca, el traqueteo del tren…Luego hice otro tanto con mi oído izquierdo y la sinfonía fue bien diferente, sólo escuchaba las olas rompiendo contra las rocas y el siseo del viento al escurrirse entre las ramas de los pinos.
Desde donde me hallaba sentado podía de igual manera jugar con lo que veía y grabar en mi retina sólo aquello que me agradase. Pude notar que la autopista, la carretera, las vías del tren y el puerto, por su fuerza y superficie dominaban la escena. Aún así, podía elegir ver sólo el pueblo sin sus cicatrices o perder mi mirada en las montañas o en el azul del horizonte.
Lo que me extrañó fue que por más que lo buscase, el árbol que desde abajo se podía apreciar perfectamente allí arriba parecía brillar por su ausencia. Otra curiosidad más de aquel lugar tan particular, me dije. Me encogí de hombros y comencé a descender, comenzaba a tener frío ya que el verano aún estaba lejos y la estación de tren, también.
Mientras esperaba que parase algún tren, temiendo casi que mi persona pasara a formar parte del decorado de la estación, no pude evitar mirar hacia la montaña a la que hacía tan sólo unos minutos había recorrido. Y allí estaba el arbolito, como un mudo y viejo centinela, testigo de la vida de un pueblo en donde el tiempo y el espacio parecían entretejerse hasta desconcertar al visitante.
A veces descubrimos lugares que sin saber porqué, nos marcan para siempre.
Es como si en ellos encontráramos fragmentos perdidos de nosotros mismos que quizás vayamos recuperando, como si fuesen parte de un rompecabezas que jamás terminamos de armar.
Creo que eso es lo que sentí cuando pisé Garraf por primera vez.
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¡Gracias Fale por publicarlo en la revista de Garraf!
jueves, 18 de diciembre de 2008
Huellas en la arcilla. La vuelta a Uruk
Podría haber sido un espejismo. Las paredes encaladas brillando a la luz del sol y más allá el éufrates resplandeciente. Dándole vida a aquella ciudad que a cada paso de su caballo se iba acercando más y más, junto con tantos recuerdos. Pero el aire del desierto ya no se le antojaba tan reseco. El viento soplaba del sur trayendo con él la sal del mar, entremezclada con el perfume de las plantas de las riberas del Eufrates, el de la cerveza de las tabernas y el del pan ácimo recién horneado. Era el olor de Uruk,. Escrutó los rostros de sus acompañantes en la caravana y ninguno parecía inmutarse. Alguno comentó que visitaría las tabernas. Otro decía que se entregaría a las atenciones de las hieródulas del barrio de Kullab. Pero ninguno sintió como él la sangre bullir en su corazón. Sentía como si cientos de carros de batalla esperaran recibir la orden de cargar contra el enemigo.
Cuando vió el reflejo del sol sobre esas murallas, la imponente silueta del ziggurat de Ishtar sobresaliendo por detrás de las mismas, imponente y antiquísimo, ya no pudo resistirse más.
Quizás fue instintiva la reacción que lo impulsó a espolear a su caballo dejando atrás a la caravana. Su corazón latía tan fuerte como el de Gallu en su poderosa cabalgata.
Sus ojos también devoraban cada centímetro de polvo que recorría. Ni siquiera notaba sus lágrimas rodar por sus mejillas y volar hacia la tierra, su tierra.
La imponente silueta de su casa ya se adivinaba desde lejos. El barrio de Kullab, el antiguo y sagrado barrio en dónde los dioses caminaron alguna vez, en dónde Gilgamesh se paseó orgulloso luciendo su talla de semidiós, estaba tal cual lo recordaba. Ninurta el alfarero, con su rostro surcado por miles de arrugas pero con su arte intacto seguía moldeando las mejores cerámicas del país de los dos ríos. Más allá vió a Siduri, la siempre hosca tabernera arrojando a un borracho a la calle y a Zidurri el tahúr, que no había perdido su habilidad para el timo y seguía viviendo de la estupidez ajena. Nada parecía haber cambiado.
Sólo él. Todos lo miraban pasar, pero nadie parecía haberlo reconocido. ¿Tanto había cambiado en esos diez años?
Y allí estaba su casa. Dejó la montura de su caballo, se acercó a la entrada y recorrió la pared con sus manos. Estaba fresca. Sus manos se deslizaban por la cal desprendiendo pequeñas láminas que caían como blanca y fina lluvia, emblanqueciendo las palmas de un Lugalbanda niño. Y fue el adulto el que tembloroso se acercó a la enorme puerta de cedro y golpeó tres veces. Las paredes descascaradas y las plantas creciendo por las rajaduras de la misma le hicieron temer lo peor. Su fiel Nudimnud no había podido esperarlo y ya habría exhalado su último aliento.
Pero quizás no. Ese sonido inconfundible de metal contra metal que tantas veces había escuchado, la puerta entreabriéndose lentamente y el perfume de higos, cilantros y menta sacudiendo su olfato y su memoria.
Y el rostro del buen Nudimnud, surcado por tantas arrugas que ya era imposible contarlas, y sus manos callosas cogiendo su rostro para luego cerrarse detrás de su espalda en un abrazo tembloroso pero firme y las lágrimas, que rodaron por los ojos de ambos empapando las túnicas. Esas simples pero eternas cosas que pensó que jamás volvería a sentir y que conformaban su mundo…
Cuando vió el reflejo del sol sobre esas murallas, la imponente silueta del ziggurat de Ishtar sobresaliendo por detrás de las mismas, imponente y antiquísimo, ya no pudo resistirse más.
Quizás fue instintiva la reacción que lo impulsó a espolear a su caballo dejando atrás a la caravana. Su corazón latía tan fuerte como el de Gallu en su poderosa cabalgata.
Sus ojos también devoraban cada centímetro de polvo que recorría. Ni siquiera notaba sus lágrimas rodar por sus mejillas y volar hacia la tierra, su tierra.
La imponente silueta de su casa ya se adivinaba desde lejos. El barrio de Kullab, el antiguo y sagrado barrio en dónde los dioses caminaron alguna vez, en dónde Gilgamesh se paseó orgulloso luciendo su talla de semidiós, estaba tal cual lo recordaba. Ninurta el alfarero, con su rostro surcado por miles de arrugas pero con su arte intacto seguía moldeando las mejores cerámicas del país de los dos ríos. Más allá vió a Siduri, la siempre hosca tabernera arrojando a un borracho a la calle y a Zidurri el tahúr, que no había perdido su habilidad para el timo y seguía viviendo de la estupidez ajena. Nada parecía haber cambiado.
Sólo él. Todos lo miraban pasar, pero nadie parecía haberlo reconocido. ¿Tanto había cambiado en esos diez años?
Y allí estaba su casa. Dejó la montura de su caballo, se acercó a la entrada y recorrió la pared con sus manos. Estaba fresca. Sus manos se deslizaban por la cal desprendiendo pequeñas láminas que caían como blanca y fina lluvia, emblanqueciendo las palmas de un Lugalbanda niño. Y fue el adulto el que tembloroso se acercó a la enorme puerta de cedro y golpeó tres veces. Las paredes descascaradas y las plantas creciendo por las rajaduras de la misma le hicieron temer lo peor. Su fiel Nudimnud no había podido esperarlo y ya habría exhalado su último aliento.
Pero quizás no. Ese sonido inconfundible de metal contra metal que tantas veces había escuchado, la puerta entreabriéndose lentamente y el perfume de higos, cilantros y menta sacudiendo su olfato y su memoria.
Y el rostro del buen Nudimnud, surcado por tantas arrugas que ya era imposible contarlas, y sus manos callosas cogiendo su rostro para luego cerrarse detrás de su espalda en un abrazo tembloroso pero firme y las lágrimas, que rodaron por los ojos de ambos empapando las túnicas. Esas simples pero eternas cosas que pensó que jamás volvería a sentir y que conformaban su mundo…
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Huellas en la arcilla

I
Shamash descargaba implacable sus rayos sobre sus cabezas. Sus ropas parecían resecos sacos que se transformaban en pesada carga por el polvo que acumulaban y las moscas revoloteaban alrededor de sus globos oculares, en busca de algún resquicio de humedad en aquel infernal valle.
Hasta los duros guardias enfundados en sus corazas de cuero curvaban sus espaldas bajo la inclemencia del dios solar.
La ribera del Eufrates y sus verdes orillas habían quedado detrás. La caravana se dirigiría a la antiquísima Kish o a la sagrada Nippur, pero eso sólo debería ser de la incumbencia de un comerciante y no de un esclavo.
Al principio de la caravana el carro revestido de refulgentes placas de bronce avanzaba resueltamente sobre el suelo pedregoso, tirado por tres fuertes caballos. Una mano cargada de anillos se alzó enseñando su dorso y un guardia cercano de hosco aspecto hizo detener la marcha.
Varias cabezas se giraron en distintas direcciones y murmullos de curiosidad o miedo se escucharon entre los nuevos esclavos. Sólo uno parecía ajeno a todo y no quitaba sus ojos del suelo.
La razón por la cual se detenían no tardó demasiado en hacerse ver. A unos cien pasos de allí, sobre un promontorio rocoso de unos veinte codos de alto, una melena dorada ondeaba al viento. Sus patas se afirmaban sobre la roca como poderosas columnas y sus ojos parecían más bien indiferentes a la caravana.
-Alcánzame mi arco, Agamenón- dijo el veterano mercader extendiendo su brazo hacia el micénico que conducía el carro.
-Vaya, Sharrukin, los dioses bendigan tu vista de halcón y que tu pulso se mantenga firme…has vuelto a arrebatarme una presa!-exclamó el otro mercader que viajaba también en el carro.
Sharrukin se volvió hacia su amigo, enarcando una ceja a la vez que le tendía su arco y le decía, no sin cierta socarronería: -Oh mi gran amigo y socio Assur Nim! Quizás no sea yo quien abata a este hermoso leónl y si tu pulso aún no tiembla como las hieródulas de Ishtar al perder su gracia, puede que su piel aún tenga un lugar preferente bajo tus pies.
-Amigo mío, si seguimos hablando creo no estará ni debajo de mis pies ni en tu pared….-terció Assur Nim a la vez que rechazaba el ofrecimiento de su amigo
Como respuesta, Sharrukin esbozó una media sonrisa a la vez que tensaba su brazo derecho y el viejo pero aún infalible arco escita se curvaba bajo la tensión de sus dedos. El león permanecía impasible sobre la roca, pareciendo disfrutar del leve viento que sólo movía las capas de aire caliente, ignorante del peligro que cernía sobre él.
-En ninguno de los dos lados, será un buen regalo para nuestro amigo y benefactor, Assurbanipal- dijo Sharrukin, a la vez que sus dedos índice y medio liberaban la tensa cuerda.
La flecha, cortando el aire y transformada en infalible instrumento de muerte se dirigió al corazón del animal. La punta de hierro levantó astillas en la roca y la madera se partió en dos. El león permanecía impasible, como si nada hubiese sucedido.
-No puede ser, nunca he fallado desde esta distancia, creo que se ha movido- exclamó atónito Sharrukin.
-Acepta lo que no quieres aceptar, socio, los primeros síntomas de decrepitud llegan de manera violenta, déjame probar a m í -dijo el otro mercader a la vez que palmeaba el hombro de su amigo.
Assur Nim disparó su arco, apuntando a la garganta del animal, pero la flecha pasó a unos centímetros de la misma, clavándose en un tronco reseco que estaba mucho mas atrás.
Sin poder reprimir una sonora carcajada, Sharrukin observó: - Vaya!, no te preocupes amigo!, al menos cuando tengas que levantar un ritón con buena cerveza seguro que tu pulso no fallará!.
-Tenías razón - dijo Assur Nim – es increíble pero ha esquivado la flecha, ha vuelto a moverse pero sigue en el lugar…
-Mejor sigamos nuestro viaje amigo – le contestó Sharrukin mirando hacia el sol – quizás no es más que una ilusión creada por Shamash para nuestro divertimento o algún indescifrable presagio que deberá ser interpretado, quien sabe? – Y a una señal prosiguieron su marcha.
Por la noche acamparon no muy lejos de un bosque de cedros que comenzaba más adelante. Decidieron que sería peligroso adentrarse en él cuando las sombras ya habían caído y Sin ya brillaba redonda en el firmamento.
Bullía en la marmita su atractivo contenido. Los francolines perfectamente limpios y con las mollejas y los menudillos debidamente preparados, las maderas aromáticas y la ruda deshojada llenaban el campamento de un aroma que hacía crujir las tripas y babear las bocas.
Había varios fuegos preparados porque esa noche hacía frío. Los rostros se iluminaban mientras miraban las llamas, algunos charlaban animadamente, incluso algunos esclavos hablaban alegremente sobre sus nuevos amos, que parecían ser gente importante. Pero había uno que seguía aún en silencio, sólo miraba las llamas y no se sabía bien si sus ojos eran dos tizones o simplemente reflejaban el fuego que danzaba delante suyo. Apenas si bebió cerveza labku y comió el pan ácimo que los demás sólo veían como el preludio de los pajarillos que nadaban en la gran marmita.
Assur Nim y Sharrukin veían acrecentada su natural verborragia por efecto de la cerveza. El primero señaló hacia el viejo que revolvía el caldero y arrojaba hierbas y especias en su interior y levantó su copa hacia él – Que los dioses del cielo y del Apsu, el abismo primordial, te protejan, oh Uballit-Marduk, encantador de estómagos!- El viejo respondió con una sonrisa a la vez que agachaba su cabeza.
-En verdad que nunca me arrepiento de traer a mi fiel sirviente en los viajes, aunque últimamente ya son algo duros para él- comentó Assur Nim.
-Mucha agua fluirá en el padre de los ríos y aún Uballit-Marduk seguirá sorprendiéndonos con su cocina, pero por suerte creo que ya he conseguido un joven ayudante que lo asistirá en todo y aprenderá todas sus artes, parece un muchacho muy avispado, es hijo de un alfarero de Borsippa que lo ha dejado a mi cuidado, dice que el muchacho no siente interés por el arte de trabajar la arcilla, pero si curiosidad por la cocina, veremos que tal resulta!!. Por cierto, tu contable estaba muy enfermo cuando dejamos Nínive y de eso ya hace varia lunas, has tomado alguna medida al respecto? .
-Si – respondió Assur Nim- ya sabes que Nergal es implacable cuando nos llega la hora de bajar al inframundo y aunque me cueste aceptarlo creo que el pobre fenicio tiene ya poco por hacer entre nosotros, siempre tuvo una salud muy delicada que se la achacó la humedad de su ciudad, Tiro. Ves ese que está allí?- dijo señalando hacia aquél que antes permanecía inmóvil mirando el fuego y ahora se hallaba tumbado, como contemplando el firmamento- lo compré en Borsippa a un hombre de confianza. Me dijo que era un escriba que dominaba varias lenguas, pero que en un accidente había perdido el don del habla, pero escucha perfectamente y es muy virtuoso trabajando sobre la arcilla.
-Tráelo- dijo Sharrukin- quiero conocerlo.
A una seña de Assur Nim un guardia quitó de su letargo al hombre que se dejó llevar ante los mercaderes como si no le importase nada. Vestía ropas algo más grandes que su talla y sus cabellos y barba estaban mal cortados, descuidados. Y si bien su aspecto era más bien el de un pobre mendigo que el de un esclavo o prisionero que se pretende vender por un buen precio, sus manos eran delicadas como de quien no conoce el trabajo duro, y su piel no parecía haber conocido muchos soles.
El hombre se sentó delante de ellos y con una leve inclinación de su cabeza aceptó el pan y la jarra de cerveza que le tendieron.
-Me ha dicho mi amigo Assur Nim que no posees el don del habla, pero si el de la escritura – agregó Sharrukin a la vez que le tendía una bola de arcilla aún fresca y una cuña de madera.- cuéntanos quien eres y porque has llegado hasta aquí, demuéstranos tus conocimientos.
El hombre permaneció inmóvil, contemplando la informe bola de arcilla que tenía en sus manos. Los minutos transcurrían y ni un músculo de su cuerpo se movía.
Assur Nim, sacudió la cabeza, y estrujó su rizada barba, como si estuviese decepcionado, y le dijo a Sharrukin.
-Amigo, veo que me he equivocado y cuando lleguemos a Nippur deberemos vender a este pobre desgraciado, con mucha suerte, a un quinto del valor que por él he pagado. Míralo, con esas manos no puede ni labrar la tierra!!!-
El esclavo comenzó a mover sus manos y a estirar la arcilla y con gran habilidad comenzó a trazar unos caracteres en la tablilla. Después de unos minutos había terminado de escribir y para sorpresa de los mercaderes les hizo señas de que necesitaba más arcilla. Le alcanzó la tablilla que ya había completado a Assur Nim y empezó a estirar otra plancha.
Assur Nim cogió la arcilla y comenzó a estudiarla con detenimiento.
-Mhhh…vaya –exclamó- Mira esto Sharrukin…”En cuanto a ti – leyó- “tu mandamiento será inmutable, tu palabra perdurará…” es parte del Enuma Elish, el poema de la creación que exalta al gran Marduk, ha escrito un mismo verso en asirio, babilónico, fenicio y…no se… - señaló con su índice la última columna- esto es…me resulta familiar pero no alcanzo a entenderlo…quizás tú…
-Es sumerio, amigo mío – afirmó Sharrukin – la escritura primordial que los dioses legaron a los hombres en Uruk hace muchísimo tiempo. Ya no se habla ni se escribe sólo…
-Solo en los templos, es la lengua ceremonial de los sacerdotes – dijo Assur Nim a la vez que cogía la tablilla que le alcanzaba el esclavo y la miraba con detenimiento.
Después de estudiarla durante un breve lapso de tiempo miró seriamente al hombre que tenía sentado frente a él, lleno de andrajos y se irguió lentamente.
Sharrukin miraba sin comprender a su amigo, que hacía una leve reverencia ante el pobre desdichado.
-Sharrukin, si lo que dice este hombre es cierto, nos hallamos ante un importante personaje –decía el mercader a la vez que le extendía la tablilla a su socio, que no dejaba de mirarlo con extrañeza- y ésta, es su historia, la historia de Lugalbanda.
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