El bolígrafo de Joan llevaba ya varios minutos girando en su mano derecha, mientras la izquierda iba saltando de una tecla a otra del ordenador, sin un rumbo concreto o coherente.
Desde su reducido espacio de trabajo podía ver, algo lejana pero no por ello menos temible, la brillante calva del director reflejando la luz de la pantalla de su ordenador. Notó que esa irregular esfera emitía más luz que el tubo fluorescente que pendía del techo. Pero en ese momento ni esa observación, ni siquiera la más ocurrente podía hacerle la menor gracia.
El jefe comenzó a fruncir su ceño y a hablar solo, cogió su teléfono y vociferó algo al auricular.
A los pocos minutos la desgarbada y encorvada figura del cabrón de Roberto Alchurrete pasó cerca de su cubículo en dirección a la del jefe supremo. Golpeó dos veces la puerta moviendo sólo su puño sobre su muñeca de Barbie y entró. Desde allí Alberto no podía oír lo que decían pero se lo imaginaba. Donde los gestos abundaban las palabras sobraban y su jefe le hizo recordar a un Marcel Marceau pero sin sonrisas dulces o burlonas, ni pintura de mimo y con un claro y temible instinto asesino a punto de surgir como un géiser. Comenzó a golpear la mesa y ya no se vio ninguna cabeza asomar por sobre los cubículos, todos se agacharon menos Joan, que dejaba asomar un mechón de pelo y un ojo tan enormemente abierto que se le asemejaba al de un calamar. Y allí estaba Alchurrete señalando hacia su cubículo, desviando con el pulgar toda la culpa en su persona. Si para eso era un especialista el muy hijo de puta, sólo le faltaba la toga de senador romano (aunque con mucha menos clase) y un par de higos maduros deslizándose de dentro de la misma. ¡Si por poco más que eso Cartago fue devorada por las llamas!.
Joan cerró los ojos, agachó levemente su cabeza y comenzó la cuenta regresiva. Cinco, cuatro, tres…Casi difuminada ve pasar la figura de Alchurrete mirando de reojo hacia él y en resuelta dirección al ascensor, aunque no lo demasiado veloz como para no percibir los fulgores de rabia justificada qu despedían los ojos de Joan. Su teléfono suena una, dos veces…en la pantalla del aparato aparece claramente el número de interno del director. Respiró hondo y llevó el auricular a su oreja derecha. Una voz de ultratumba le dijo con un tono seco -Joan, antes de que cuelgue lo quiero en mi despacho-.
No había escapatoria, debía afrontar su destino con valentía. Se irguió lentamente y comenzó a caminar entre los puestos de trabajo como si se dirigiese al patíbulo. A su alrededor todo parecía borroso y lo único que veía con nitidez eran las miradas huidizas de sus compañeros y la puerta del despacho del jefe. Golpeó débilmente la puerta y una voz de esas que hielan la sangre, pausada y demasiado seca para su gusto, lo invitó a entrar.
-Siéntese – dijo el Sr. Alvarez sin dejar de mirar el ordenador y de aporrear el teclado con tal fuerza que parecía que las teclas en cualquier momento iban a comenzar a saltar por los aires. Dio vuelta la pantalla del ordenador en dirección a Joan y señaló una columna con cifras en una planilla de Excel y con una voz más grave que nunca dijo: -Joan, estos son los ingresos que debería haber tenido nuestra empresa este mes…y estos- señalando otra columna golpeó con un lápiz en la pantalla varias veces, astillando la mina- son los que debería haber tenido, pero gracias a su maravilloso, eficaz y resolutivo desenvolvimiento como la joya que es para nuestra empresa, eso no ha sido…posible.
-Eh…señor Alvarez, a ver…déjeme que le explique por favor…-comenzó a balbucear Joan- es que los planos que deberíamos haber tenido listos…-
El rostro del director empezó a congestionarse y adquirir los más variados matices del rojo y a Joan se le antojó que era como una enorme manzana. De nada ya valía articular excusa alguna. Dio dos golpes en la mesa con sus puños que hicieron bailotear el teclado y caer algunos lápices al suelo a la vez que su boca comenzó a entreabrirse para liberar, con seguridad, toda suerte de improperios y amenazas.
Joan nunca recordó lo que dijo su jefe aquél día, sólo quedó grabada en su memoria la imagen del señor Alvarez con su rostro a punto de explotar, sus ojos saltando de las órbitas y la onda expansiva que produjo al abrir su boca. Sintió literalmente como las capas de aire se desplazaban ante el caudal de voz y llegaban hasta él, como si fuese una terrible explosión imposible de detener. Fue como si una fuerza invisible pero palpable entrara por sus oídos y los hundiera hacia dentro buscándose en algún punto del cráneo.
Y todo fue oscuridad, y no recordó nada más.
Volvió en si y ya estaba sentado en su escritorio, quizás los mismos compañeros que estaban propinándole sonoras cachetadas para que reaccionase tuvieron la deferencia de arrastrarlo hacia allí. Se sintió como un galeote casi moribundo encadenado de nuevo al remo de la nave.
Le dijeron que se fuese a su casa a descansar y que mañana ya iría al médico. Estaba de acuerdo con ello. Más bien se tumbaría en el sillón de su casa, con una lata de cerveza en una mano y el mando de la tele en la otra. Sin duda su nivel de estrés había alcanzado una cota ciertamente preocupante y era hora de tomar una solución y de momento lo más acertado parecía ser el descanso y la desconexión total.
Un par de curvas más y ya estaría en Garraf. Aunque las ventanillas del coche estaban cerradas y el inmortal Freddy Mercury sonaba en el estéreo de su coche, creyó oír las olas romper contra los acantilados, como si fuese un instrumento más de la banda sonora de Queen. Bajó la música y abrió la ventanilla. Podía escuchar perfectamente el sonido del mar, aunque éste parecía estar tan calmo como una piscina. –Que extraño – se dijo meneando su cabeza –evidentemente no estoy del todo bien…
El sonido de la puerta de su coche y la de su casa al cerrarse se le antojaron extrañísimos y a pesar de haber cierta diferencia de tiempo entre los dos fue como si cuando aún seguía sintiendo la vibración producida por uno el otro se le superpuso, sumándose así al anterior.
Respiró aliviado al ver que no había aún nadie en casa, pocas veces se podía permitir el lujo de tumbarse en el sofá, cerveza en mano y dejarse abducir por la televisión. La puerta de la nevera al cerrarse, la cerveza al abrirse…¡Todo sonaba diferente! Se quedó largo tiempo mirando la tele sin verla, meditando sobre que era lo que le estaba sucediendo. Se levantó y dio un paseo por la casa cogiendo varias cosas de diferente naturaleza y al azar, luego se dispuso a distribuirlas en la mesa del comedor.
Delante de él había diseminado algunos alfileres, un libro grande, unas piedras, una copa de cristal y un condón. Cogió primero los alfileres y los dejó caer desde medio metro de altura sobre la mesa. Nada, al menos el sonido era el esperado. Luego hizo otro tanto con el libro.
Fue increíble no sólo lo que escuchó, sino también lo que sintió. Pudo percibir como el efecto sonoro no sólo quedaba limitado a un golpe seco y breve, sino que pudo escuchar como se expandía a partir de un epicentro hacía todas direcciones. No vio las ondas, pero las sintió de tal manera que hasta supo cuando el sonido chocaba con su propio cuerpo, ya debilitado por el recorrido.
¿Como podía percibir tal cosa y porqué? Le parecía todo tan irreal, desde su incidente en la oficina hasta lo que estaba experimentando en esos momentos. ¿Por qué razón a algunos sonidos los percibía de esa manera tan particular y en cambio a otros los seguía captando normalmente? Tenía que seguir experimentando.
Le tocó el turno a la copa. La asió de la base y la golpeó liberando el índice del pulgar. Tampoco se sorprendió por lo que escuchó, el típico limpio, puro y largo sonido del buen cristal. Luego desparramó las piedras, todas de distintos tamaños y formas, por el parquet del comedor. El efecto sonoro fue aún más increíble que el del libro, ya que pudo distinguir claramente las diferencias entre los sonidos producidos por las piedras más grandes y las más pequeñas y no sólo eso, sino que al igual que con el pesado libro pudo percibir el recorrido de las ondas sonoras a través del parquet.
Luego abrió el envoltorio del condón no sin pensar que estaba arrojando un euro a la basura, pero luego la idea de que la noble goma estaba destinada a un experimento científico lo convenció de su buen tino. ¡Y cuanta razón tuvo!
Ató cada extremo del preservativo a los apoyabrazos de una silla y se limitó a estirar el látex para luego soltarlo, como si fuese una cuerda de un arpa. El resultado fue asombroso y realmente esclarecedor, la vibración producida por la particular cuerda se transformó en una perfecta nota de una sinfonía maravillosa. El sonido viajó por el aire de la estancia llenándolo con su música incomparable.
Por fin entendía lo que estaba pasando. Había producido con los distintos elementos sonidos agudos con unos y graves con otros. Los agudos los percibía normalmente, pero los graves como el de las piedras, el libro o el condón los captaba en un nivel que jamás hubiera imaginado que podía ser posible. Ya entendía porque se había desmayado en la oficina. La ronca voz de su jefe, sumada al hecho que la misma llegó a alcanzar los umbrales de lo soportable por cualquier sistema auditivo normal, fue para él el detonante de un nuevo estado que aún no alcanzaba a entender, o quizás…quizás fuese otra cosa y realmente tenía un problema auditivo que pudiese derivar en algo más grave.
Decidió que lo mejor sería pedir turno con el médico. Cogió el teléfono y comenzó a llamar al CAP de Sitges pero apenas comenzó a sentir el tono de llamada cortó. Seguro le darían cita para quince días o un mes, allí en el centro lo atendería un médico que no conocía ya que jamás había coincidido con el que le habían asignado y al verlo sano, joven y fuerte lo enviaría de nuevo para casa con una palmada en el hombro y sin haberle mirado ni siquiera los oídos. De momento lo mejor que podía hacer era coger una cerveza en su mano derecha y el mando de la tele en la otra y aprovechar que su mujer aún no estaba en casa para desparramar bien el culo en el sofá. Puso una película de artes marciales con actores desconocidos y se dedicó a no pensar en nada.
Justo en el momento crucial, cuando el monje Shaolín (el bueno) estaba enfrascado en una incierta e interminable lucha con el malvado general Lao (el malo) y el quinto botellín de cerveza ya sólo tenía un leve rastro de espuma, sonó el timbre de su casa con la insistencia y violencia de una sirena de camión de bomberos.
¿Quien sería? Mientras el timbre no dejaba de sonar y el monje Shaolín le aplicaba una mortal garra de águila en la garganta a su oponente recordó que su suegra (la fea) los visitaría ese día.
Como el monje Shaolín, respiró hondo para concentrar su “chi” en la zona abdominal y se dirigió a la puerta con una resolución y valentía admirables.
-¡Que sorpresa! ¿Por que no abrió, Montse? ¿Se ha olvidado la llave? – exclamó Joan forzando una sonrisa simpática-
Doña Montse lo repasó velozmente de arriba abajo y le dijo:
-Ví luz, ¿para que buscar la llave en el bolso? -Y señaló hacia un cargadísimo carro de la compra que maniobraba con habilidad- Además está debajo de dos kilos de alcachofas, cuatro plantas de lechuga y tres ramas de tomates…¿y tú que? Ya te han echado del trabajo o…¿que te pasa, porque pones esa cara?
Joan estaba pálido y rígido, como petrificado. Sus piernas comenzaron a temblar y mientras andaba con paso vacilante hacia atrás llevó las manos a sus oídos
-Por favor, Montse, cállese por favor, es que…
-¡Ah! – replicó su suegra- ¡encima de vago y tonto, maleducado! Y comenzó a agitar su dedo mientras se acercaba hacia él y su voz aguardentosa cultivada a base de nicotina y alcohol se elevaba en decibelios y en odio.
La sacudida fue insoportable, de pronto sintió que sus piernas se aflojaban mientras todo se nublaba a su alrededor y se desplomó al suelo.
El rostro de su esposa se le apareció algo borroso y otra cara aún indefinida se unió a la de su mujer.
-No, ¡no! ¡Por dios, que no hable! – exclamó Alberto a la vez que se tapaba los oídos y se retorcía en la cama. Por el rabillo del ojo vio que no era su suegra sino un calvo enorme con una bata blanca el que se inclinaba con expresión seria sobre él. Se incorporó velozmente y comenzó a mirar alrededor suyo.
-¿Dónde está? ¿Dónde está tu madre?
-Tranquilízate Joan, ¡vaya susto me has dado! Mi madre me llamó para avisarme que te habías desmayado y vine lo antes posible, cuando llegué ya estaba aquí el doctor de emergencias con mamá…
-Y tu madre, ¿dónde está? -interrumpió Joan a su esposa a la vez que saltaba en la cama.
-Cariño, no te preocupes por mamá, ella está bien…se fue antes de que levantaran el mercadillo de Castelldefels, pero estaba muy preocupada por ti.
-¡No, si no me preocupa tu madre, sólo me quería asegurar de que se haya ido!
-¿Como puedes ser así con ella? No sabes lo preocupada que estaba la pobre por ti ¡con lo que te quiere!
El doctor le posó una mano en su hombro y le dijo: -Tranquilícese hombre, y recuéstese que tengo que hacerle unas pruebas. Me dijo su esposa que nunca ha tenido ni desmayos, ni indicios de epilepsia, ¿verdad?
-No, nunca, salvo hoy que me desmayé dos veces. Una en el trabajo y otra…cuando vino mi suegra – dijo mirando con un gesto socarrón a su mujer, luego les contó los hechos tal cual le habían sucedido.
Su mujer lo miraba con expresión de preocupación y el médico asentía seriamente.
-Vaya -dice el doctor- es un caso extraño…hipersensibilidad sólo a los sonidos graves, desmayos inexplicables…recomiendo un electroencefalograma para descartar alguna patología de carácter neurológico. Aunque no me asombraría que todo fuese causado por un elevado nivel de stress –meneó la cabeza con aire de preocupación y la miró a la esposa de Alberto y agregó – no se imaginan en estos tiempos de crisis los casos que estamos viendo.
Sacó una libreta y apuntó la receta de un calmante leve por si la situación persistía y recomendó cita con el otorrinolaringólogo y una orden para un elecroencefalograma.
La noche llegó sin que sucediese nada en particular, salvo que continuaba percibiendo los sonidos de igual manera. Cada tanto le llegaba, como amplificado, el ruido de algún camión en la cercana carretera y cuando todo ya estaba en silencio, hasta creyó escuchar el murmullo del mar, algo que antes desde su casa era imposible de percibir.
Se tomó una infusión de hierbas y se acostó. Comenzó a sucumbir bajo el influjo de Morfeo y el romper de las olas en la costa se entremezcló con otro sonido que en un principio apenas percibía, pero que luego comenzó a sentir más claramente. Era una como una vibración y le daba la sensación de que ese sonido llegaba por el suelo, viajaba por los cimientos de su casa hasta percibirlo en la misma cama en dónde estaba durmiendo. Varias imágenes comenzaron a entremezclarse en su mente. Vio rejas, llanuras extensísimas y frondosas selvas. Esas imágenes comenzaron a diluirse con otras ya incomprensibles hasta que se quedó profundamente dormido.
Joan no había puesto el despertador, tenía el día libre y aprovecharía las horas de sueño hasta el máximo, aunque su despertar fue algo diferente a lo esperado. Como todos los días al mediodía, parte del pueblo de Garraf se sacudió violentamente, saliendo de su amodorramiento, a causa de las explosiones de las canteras.
Horas después, ya en la consulta del médico, intentaría explicarle al mismo de que manera experimentaba sonidos como el de una explosión en las canteras, que antes ni siquiera escuchaba desde su casa ya que sólo percibía el temblor que los barrenos producían.
Le contó de qué manera más espantosa despertó aquella mañana, en la que no sólo su casa se sacudió con el temblor de tierra, sino que sintió que su propio cuerpo era víctima de un estremecimiento salvaje e involuntario durante el cual tuvo la sensación de que todo su cuerpo iba a caer a trozos. También le explicó toda la serie de acontecimientos que había vivido desde que tuvo esa primera experiencia con su jefe y el médico procedió a hacerle las pruebas de audición convencionales. Primero lo miró con el Otoscopio y pudo comprobar que conductos auditivos y tímpanos se hallaban en estado normal. Dado lo extraño de su estado, el especialista decidió realizarle una prueba de conducción ósea. Por medio de un aparato comenzó a enviar distintos tipos de tonos a la vez que un audiograma reflejaba los resultados. Los sonidos agudos o de alta frecuencia los registraba normalmente, sin presentar anomalía alguna. El médico probó entonces con los de baja frecuencia y comprobó con asombro que no sólo la percepción de su paciente iba más allá de lo normal sino que rayaba lo imposible en un ser humano.
-Muy extraño su caso –dijo el doctor a la vez que se retorcía la barbilla- Usted presenta una hipersensibilidad a los sonidos de baja frecuencia realmente increíble. Lo más curioso es que su sistema auditivo, al menos por lo que he podido apreciar, es perfectamente normal. Lo que no entiendo es la razón por la que percibe los sonidos de esa manera. Como usted quizás ya sepa estos viajan a través de un cuerpo sólido, todos podemos escuchar sonido generado en un cuerpo metálico o cualquiera que viaje por el aire, lo que no podemos es…
-Sentirlo como yo lo siento, doctor –agregó Alberto con una mezcla extraña de asombro y preocupación- No entiendo porqué me desmayé en aquellas ocasiones…bueno, si usted escuchara a mi suegra quizás lo entendería pero…es como si pudiera sentir en otra dimensión, no puedo verlos pero puedo hasta darme cuenta cuando el sonido llega a mi cuerpo y utiliza al mismo como transmisor. No se, creerá que estoy loco pero créame que en verdad estoy preocupado, y la explosión de hoy fue algo aterrador, hasta el punto de que temo estar en Garraf cuando los barrenos castiguen la montaña. Los tapones en los oídos ya los he probado y apenas atenúan el ruido, hasta le diría que es aún peor porque me da la sensación de que el sonido entra y queda atrapado en mi oídos.
-De momento lo único que puedo hacer es recomendarle que se coja unos días de baja. Descanse, y no se crea que su problema no tiene un origen en el stress, ya que no encuentro, al menos con los estudios que le he hecho hasta el momento, una razón para creer que presente patología alguna.
-Quien sabe, doctor. Quien sabe…seguiré su consejo
Joan va a su trabajo y presenta allí la baja. ¡15 ansiados y prometedores días! ¿Que haría con ellos? El jefe le dijo que sería más útil a la empresa de baja que en activo. No supo como tomarlo.
No sabía cuanto ocio libre de remordimiento alguno podía caber en 360 horas, al fin y al cabo se lo había recetado el médico. Volvió a su casa y se fue directo al sofá. Descansar, desconexión total…esa es la clave para combatir al estrés y lo haría con la cerveza en una mano y el mando de la tele en la otra.
Los canales pasaban uno tras otro sin enseñar nada interesante. Al final su pulgar se detuvo cuando llegó el canal 33. El documental que emitían hablaba sobre los elefantes y su particular, pero aún no probada manera de comunicarse con sus patas y emitiendo sonidos de baja frecuencia, inaudibles para el ser humano. Una bióloga de aspecto frío pero de hablar apasionado explicaba como, aún encontrándose a decenas de kilómetros unos de otros, los elefantes de una reserva en Zimbabwe podían avisarse acerca de un rumbo a tomar o de un peligro que los amenazase. Tanto el elefante africano como el de la India presentaban ciertas peculiaridades en su lenguaje que aún se seguían estudiando para una mayor comprensión.
Le parecía extraño e increíble, y no sabía a ciencia cierta como hallarle un asidero a su suposición, pero los sonidos que había escuchado la noche anterior antes de dormirse tenían algo que ver con los elefantes. Apagó el televisor y volvió a bajar las escaleras de su casa en busca de su coche. Media hora después ya estaba atravesando Barcelona. Desde que se había mudado a Garraf había dejado de sentirse un ser urbano. Ya no se hallaba a sí mismo entre el abigarrado tráfico y las mareas humanas.
Aparcó en el parking y después de abonar una entrada que se le antojó algo cara entró en el zoológico. Mientras caminaba por el recinto volvió a sentir esa extraña vibración aunque con mayor intensidad que antes. Y ya no dudó más cuando tuvo delante de él a la vieja y enorme elefanta.
Sus ojillos pequeños y tristones lo miraban fijamente. Eran tan expresivos. Su piel ajada y sus colmillos desgastados denotaban el implacable paso del tiempo. La elefanta emitió un suave sonido con su trompa y Alberto no sólo se deleitó con lo que consideró la más maravillosa nota emitida jamás por ser vivo alguno, sino que hasta creyó que en verdad el viejo y cansado paquidermo le estaba hablando a él. Se estaba volviendo loco, nada de esto podía ser posible. Y las rejas que rodeaban el recinto de la elefanta eran las mismas que creyó ver la noche anterior mientras el sueño lo invadía.
-¿Le gusta Susi? ¿Verdad que es guapa para la edad que tiene?-le dijo un cuidador que había a su lado.
Joan sacudió su cabeza, aún confundido –¿Perdón? ¿Me hablaba a mí? ¿Que me decía sobre la elefanta?
-Que se llama Susi…y tiene ya unos cincuenta años…está viejecilla y con muchos achaques, no creo que viva muchos años más, además está triste aún por la muerte de su compañera, Alicia. Pensamos traerle compañía en breve, ¿pero como va ella a saberlo? –agregó el cuidador que tenía unas gafas grandes y la cara llena de granos.
-Se ve que está triste…como depresiva…se le ve en los ojos y en como se balancea hacia delante y hacia atrás…-agregó Joan con una seguridad que a él mismo lo asombró.
-Pues…si, eso es lo que algunos dicen, sobretodo algunos grupos ecologistas, pero las autoridades de aquí lo desmienten terminantemente- el cuidador alzó sus hombros y agregó-pero bueno, ¿que puedo hacer yo? Bueno, hasta luego, seguiré con mi recorrida.
El cuidador se perdió entre la gente y Alberto siguió contemplando a Susi, sin comprender a ciencia cierta el porqué de su embobamiento ante el gigantesco animal.
Susi alzó levemente una de sus patas delanteras y golpeó en la tierra. El sonido viajó por el suelo en todas direcciones y quizás nadie más allí lo percibió, salvo Alberto. Sus ojos se abrieron asombrados y uno de esos escalofríos que se sienten cuando lo inesperado e imposible nos es revelado recorrió todo su cuerpo, pero aún antes lo hizo la vibración que primero la sintió en sus pies y luego en todo su cuerpo.
Un sonido que a él se le antojó la más dulce voz jamás escuchada surgió de la magna probóscide. La lágrima que rodó por su mejilla lo hizo casi al mismo tiempo que la de la triste y vieja elefanta, que jugó un poco entre los pliegues de su piel antes de caer a la tierra.
-Ya lo entiendo, por fin entiendo todo –se dijo asimismo.
La noche llegó y Joan no aparecía por casa. Preocupada porque tampoco podía comunicarse con él su mujer llamo a su madre y esta para tranquilizarla le dijo que no se hiciera problema, que él estaría bien.
-No te preocupes hija, seguro que volviendo para casa hizo una parada en el Riviera.
-Ay mamá, que el Riviera ya está cerrado, y de eso hace ya varios meses.
-Hija, eso para él no es problema, tu siempre dices que encuentra soluciones para todo.
Luego de una breve charla de una hora Ana dejó de hablar con su madre y se acostó en la cama, encendió la tele y puso su programa favorito, el cual la mantenía bajo una tensión constante desde hacía meses; “Con crisis nuestros padres vivían mejor”, un reality show en el cual 5 familias eran sometidas a pruebas y castigos espantosos como sufrir a un cambio de una televisión de plasma de 42´ pulgadas con TDT, Full HD y JODT por una de blanco y negro de 14´ o de un Lavavajillas por la antigua, infalible pero agotadora al fin, tabla de lavar.
Ahora los premios eran también envidiables, si se iban superando pruebas los participantes podían acceder por ejemplo a una chica sudamericana para que les cuidara los niños para que los padres pudiesen salir y así disfrutar de su tiempo libre.
Las horas pasaron y los párpados de Ana cayeron vencidos por su propio peso. Su pulgar derecho reposaba sobre la tecla CH+ del mando y cerca de su mano izquierda estaba su móvil, que empezó a sonar en medio de la medianoche.
-¿Mamá? Apenas escuché sonar el teléfono pensé que era Joan que…-balbuceó Ana con su lengua aún algo adormecida.
-¡Pon el canal 25 ya! Rápido –apremió la madre de Ana.
Sin colgar la llamada Ana puso el canal que le decía su madre. Una guapa periodista hablaba frente a la cámara con la playa de Barcelona como trasfondo.
-…en la playa de la Barceloneta con el equipo de “Después de la medianoche”, cubriendo los sucesos mas asombrosos de la noche en la Ciudad Condal- decía la periodista, y la cámara amplió su rango de imagen y a su lado apareció un oficial de policía joven, de gruesas cejas y sonrisa bonachona- Y aquí está con nosotros el oficial de los Mossos de Esquadra de Ciutat Vella, el teniente Alberto Rodríguez.
-Díganos teniente, como procederán en este caso, porque en verdad es muy extraño, ¿cual es vuestro papel aquí?
Mientras el oficial de policía hablaba la cámara empezó a hacer foco a una escena que se desarrollaba cerca de allí. Justo en la orilla dos figuras se recortaban a la luz de la luna. Una era enorme, la otra, mucho más pequeña, estaba apoyada en la mayor. Ana no daba crédito a lo que veía o creía ver. Intentó en vano agudizar su vista pero no hizo falta, la cámara se fue acercando lentamente. La policía estaba apartando a los curiosos que se arremolinaban alrededor de las dos figuras, la mayoría de ellos iba a los tumbos, con más alcohol en las venas que sangre y seguramente ni unos ni otros daban crédito a lo que estaban viendo.
Porque en verdad y si bien Barcelona da para todo un hombre y un elefante compartiendo unas gominolas mientras miran el mar no es una imagen del todo frecuente.
Pero más azorada estaba aún Ana, ya que el que estaba cariñosamente apoyado al paquidermo y le pasaba los dulces era su marido. En eso el policía interrumpe con un ademán la conversación con la periodista para atender una llamada por el canal policial. Le informaban que el Zoológico de Barcelona había contactado con ellos para informarles de la extraña e inexplicable desaparición de su única elefanta, y que se dirigirían hacia allí con el equipamiento adecuado para trasladar de nuevo al paquidermo a su hogar.
Luego la periodista siguió al teniente Sánchez hacia donde se encontraban la elefanta y el hombre, rodeados por más policías que intentaban mantener un cordón para evitar que los borrachos y curiosos (o los curiosos borrachos) se acercasen al sitio.
La áspera voz de su madre aullaba en el auricular –¿Lo estás viendo? ¡Es él! Te dije que ese hombre estaba loco, ¿¡si no que va a hacer en la playa de la Barceloneta, con una elefanta y compartiendo gominolas con el bicho?!
La madre de Ana siguió enarbolando una y mil razones para justificar la locura de Joan, que en ese momento era entrevistado por la periodista.
-Disculpe señor…¿podemos hacerle unas preguntas para “Después de la Medianoche”?
Joan alzó sus hombros en señal de que le era indiferente, mientras la trompa de la elefanta lo rodeaba en busca del paquete de dulces.
-La gente en estos momentos se debe estar preguntando como es que un hombre y un elefante han llegado hasta aquí. Cuéntenos por favor como y porque habéis salido del Zoo. ¿Es usted el cuidador de este enorme animal?- le preguntó la periodista a la vez que cada tres o cuatro palabras miraba hacia la cámara.
-Pues poco hay para contar -comenzó a explicar con desinterés Joan- además no lo comprenderíais, sólo somos dos seres que se entienden y que salieron a dar un paseo juntos. Y en verdad la palabra “cuidador” me hace mucha gracia, no sólo por el hecho de que no lo sea sino porque basta ver la mirada triste de Susi para comprender como sufre. ¿Sabía Ud…sabe su audiencia que desde que murió la única compañera de Susi, la elefanta Alicia, la pobrecilla está con una depresión que la está llevando a la muerte, teniendo que soportar el vivir en tan sólo mil metros cuadrados? –Joan comenzó a emocionarse y su voz comenzó a tornarse algo temblorosa- imaginaos que vuestro universo se limita a un rancio recinto rodeado de rejas. Un lugar en el cual una especie extraña, la misma que os ha privado de la libertad y que ha pagado por veros una entrada que considera demasiado cara, observa entretenida todos vuestros movimientos y os arroja comida como divertimento, mientras los captores engordan sus arcas y justifican una cruel y degradante exhibición con la poco creíble excusa de que en vuestro entorno natural viviríais menos…¡y peor! ¿No estamos acaso expuestos nosotros, los humanos, a constantes peligros en el mundo de cemento y vicios en el que vivimos?
Ana no podía creer hasta que punto se había deteriorado la cordura de su esposo. El siempre decía que Garraf era un pueblo de locos entrañables. El ahora se había convertido en uno de ellos. Joan siguió hablando ante la cámara pero Ana ya no quiso ni verlo más ni hablar con su madre. Se despidió de ella que siguió hablando de las singulares cualidades y virtudes de su marido (las de siempre y las recientemente adquiridas) y apagó la televisión. Que vergüenza. ¿Como saldría mañana de su casa? ¿Que dirían en el pueblo? Bastaba con que sólo una de las harpías se hubiese enterado para que la noticia apareciese en la primera plana del bar.
Por suerte el sueño la venció pronto. Avanzada ya la noche oyó que la puerta se cerraba suavemente. Encendió la luz y se sentó en la cama esperando que su marido entrase pero éste se demoró unos minutos mas y al cabo de ese lapso irrumpió en la habitación con un bocadillo de chorizo ya mordisqueado y una mirada ausente.
-¿No piensas decirme nada acerca de tu actuación de hoy? ¿Acaso estás haciendo las oposiciones para ingresar al Cirque Du Soleil?
Como si no la escuchase y mientras le propinaba severas dentelladas al bocadillo Joan se asomó fuera de la habitación y dijo – Alberto, vente para aquí que te presento a mi mujer.
Un hombre alto y sonriente apareció en el marco de la puerta junto a su marido, Ana reconoció al oficial de policía que apareció antes en la televisión.
-Yo no sabía que Alberto viviera en Garraf. Mira lo que es el destino, el me llevó a la comisaría y charlando nos enteramos que casi somos vecinos, y no nos conocíamos. Eso si, es muy responsable y no le quedó otra opción que multarme por alterar el orden público.
-Estás loco, y encima has bebido -dijo Ana con su mejor tono de reproche al ver que su marido oscilaba un poco.
-Yo ya no estoy de servicio- agregó el policía a la vez que alzaba sus manos.
Joan meneó su cabeza lentamente a uno y otro lado y agregó seriamente -creo que te debo una explicación, pero no se si lo vas a comprender…-
-Me debes una explicación y me la darás mañana, ahora vamos a dormir o bien puedes irte al sofá, me da igual. Y Alberto, disculpa a mi marido, está pasando por una época de gran estrés en el trabajo y veo que eso lo ha afectado más de lo que pensaba.
-Eh, que no pasa nada –dijo Alberto palmeando a su marido en el hombro y agregó –lo que le pasó a su marido es increíble, pero aún así le creo. Además me cae de puta madre. Me voy a mi casa, nos vemos.
Luego de eso se despidió dejando solos a Joan y a Ana, que con sus ojos aún algo velados por el sueño intentaba escrutar en el rostro de su marido alguna señal que le indicara que éste no estaba volviéndose loco.
-Mi madre tiene razón, no estás del todo fino –dijo Ana entre bostezos-.
-Tu madre NUNCA tiene razón, pero esta vez puede ser que la acierte – Joan se acercó a la cama y se sentó al lado de su mujer.
-Ana, mi vida siempre ha sido monótona y desprovista de sentido y no te culpo por ello ni a ti ni a nadie, quizás fui yo el que nunca busqué esa chispa que encienda mi existencia haciéndola brillar y ahora, cuando menos sentido le encontraba a mi vida, algo ha cambiado.
Ana miró con sorna a Joan y esbozó una media sonrisa – ¿Y como se llama esa perra? –dijo casi rechinando los dientes.
-Susi no es ninguna perra cariño, además ella tan sólo es…
-¡Y la defiendes, cabrón! ¡Con que excusa me vas a venir…todos estos años creyéndome que estabas hasta tarde en la oficina trabajando y tu te estabas cepillando a una! -aulló Ana a la vez que saltaba de la cama en dirección opuesta a su marido.
-Pero por dios, que dices si Susi es…-intentó explicar Joan.
-¡Sal! Sal de este cuarto que lo infectas con tu inmunda presencia! – y para darle aún más énfasis a su metralla de palabras, Ana le arrojó a Joan lo que más a mano tenía que era un jarrón de metal, que este a duras penas alcanzó a esquivar, aunque no pudo escapar del impacto sonoro que el ocasional proyectil provocó al chocar contra la puerta.
-¡Por más que te tapes los oídos me tendrás que escuchar cabrón, pero ésta será la última vez que lo hagas porque te vas de mi casa! ¡Sólo quiero saber de ti a través de mi abogado! –gritó Ana sin mermar en su cólera
Joan comenzó a dar tumbos, mareado a causa del violento sonido. Ana seguía vociferando pero él no podía escucharla con claridad; cogió algunas cosas que metió en un bolso de mano sin estar seguro de su utilidad y salió a la calle.
Confuso y aún aturdido bajó hasta la playa y se tumbó en la arena. Por unos minutos las estrellas giraron en torno suyo, o al menos eso creyó.
Cada tanto algún camión pasaba por la carretera dejando una impronta sonora fácilmente perceptible para él. El mar estaba calmo, sólo alguna ola rompiendo contra las rocas y diferentes y quien sabe cuan lejanos sonidos llenaban su universo auditivo componiendo una extraña, desordenada pero nada desagradable sinfonía.
Pero otro “instrumento” comenzó a sumarse a esa singular banda. La vibración la percibió en un principio muy tenue, pero clara
Un sonido que eran palabras para él le trajo aires de tristeza pero también de liberación. Un adiós diferente y teñido de agradecimiento, una despedida ya esperada. Y fue a partir de ese momento que todo cambió y por fin supo que hacer.
Joan no regresó a su casa aquella noche, tampoco apareció por allí a la mañana siguiente. Ana bajó como todos los días al bar de la plaza del pueblo a desayunar y mientras la taza de café con leche se le enfriaba entre las manos pensó que quizás su marido podía aparecer en cualquier momento por allí, atravesando la entrada del bar con su cabeza gacha y la mirada de irredimible culpable y le pediría perdón por haberla engañado. Pero ella no lo perdonaría, eso lo tenía más que claro. Ella volvería con su madre y él con su puta Susi.
Un periódico cayó sobre la mesa y un dedo señaló una foto enmarcada por un texto – ¿No es éste tu marido? –dijo el dueño del bar con un tono que no permitía una respuesta negativa.
Ana dejó su taza de café con leche y siguió la trayectoria del dedo.
En la foto podía ver claramente a un hombre y un elefante sentados en la arena; la misma imagen, pero inmóvil, que habían registrado las cámaras del canal de noticias la noche anterior.
“Un extraño adiós a Susi”, decía el titular y la nota rezaba: “En medio del asombro de turistas y paseantes, la playa de la Barceloneta fue escenario de un extraño acontecimiento. A la medianoche una elefanta apareció en la playa de la Barceloneta de manera inexplicable. La intervención de los mossos de escuadra coincidió con la llamada del personal de seguridad del zoo para anunciar la desaparición de su elefanta, Susi. El cuerpo policial actuó eficazmente coordinado por el teniente Alberto Rodríguez separando a los curiosos y organizando el traslado del animal con el personal del zoo. Aparentemente alguien más fue la noticia de la noche. Un desconocido, sin relación alguna con el zoo, se hallaba con la elefanta compartiendo unos dulces cuando llegaron los efectivos policiales. Se cree que Joan Salvat, cuyo nombre es lo único que sabemos de este individuo, participó activamente en la huída de la elefanta (la hipótesis del robo fue desechada) aunque no puede probarse ni la metodología de escape ni mucho menos las razones que pueden haberlo impulsado a hacerlo, ya que no hizo más que unos breves comentarios ante la cámara de un noticiero local.
Joan Salvat será multado con seguridad por alterar el orden público, pero eso no pareció preocuparle en demasía.
A primera hora de la mañana, la elefanta apareció muerta en su recinto, a las pocas horas de su traslado. Su cuidador nos dijo “Murió de tristeza. Estaba muy sola y amaba la libertad”.
El Zoo de Barcelona dedicará una placa recordatoria a Susi, que como “Copito de Nieve” fue durante muchos años el motivo de asombro y alegría de los visitantes”.
Ana levantó lentamente su mirada del periódico y notó como todos los ojos del bar, sin el más mínimo disimulo, estaban puestos en ella. Si no se levantaba y se iba de allí en unos segundos ya sería demasiado tarde. Una locura de largos colmillos de marfil no podría pesar tanto como una de cuernos impalpables, aunque las dos se llamasen Susi. Dejó unas monedas sobre la mesa, cogió su bolso y abandonó el bar con la velocidad de un tornado.
Satnam era el dueño de una próspera empresa de Bombay. Alquilaba elefantes para bodas y eventos especiales. Ese día había vestido a Pooja con sus mejores galas para la boda de uno de los más ricos comerciantes de la ciudad, pero cuando llegó el momento de partir la elefanta se negaba a moverse. Satnam intentó convencerla de todas las formas posibles. La tentó con dulces y con mimos luego probó con engaños y al final con insultos y en un arranque de impotencia hasta intentó asustarla con una varilla que Pooja le arrancó de la mano y arrojó al suelo. Satnam notó que no sólo la rebelde elefanta sino también los otros paquidermos lo miraban en silencio. El conocía a esos animales muy bien y pudo leer en sus ojos que algo en ellos había cambiado. El sonido de otros elefantes se escuchó a lo lejos y Pooja y sus compañeros contestaron y fueron a reunirse con los cientos de elefantes de toda la ciudad y alrededores que se dirigieron a la plaza central de la ciudad.
Transeúntes locales y turistas observaron asombrados el singular desfile. Los elefantes venían de todas partes de la ciudad y alrededores. Algunos venían hasta adornados para un acontecimiento especial que ya no se realizaría, otros hasta iban cargando troncos u otras mercancías. Pero todos parecían estar motivados por un objetivo común, por un fin único que los hacía simplemente imparables en su marcha.
Las autoridades de Bombay no supieron como actuar, algo así jamás había sucedido, ¿como detener a esos animales cuando su determinación era tan férrea? Se pusieron barricadas en distintas calles para detener su implacable avance, aunque no se sabía hacia dónde y como se conduciría tan increíble manifestación. Cuando llegaron a las barricadas los elefantes se detuvieron a pocos metros de los jeeps de la policía, que ante el avance inexorable de semejante manifestación se apretaba cada vez más a sus carros.
En todas las calles que bloqueaban el acceso al centro (todas) los paquidermos se detuvieron a escasos metros de las improvisadas barreras. Estuvieron unos segundos inmóviles y por unos momentos las fuerzas de seguridad creyeron que emprenderían la vuelta, más no fue así.
Algún elefante (hay quien atestigua que fue el único que llevaba a su grupa a un hombre) dio unos fuertes pisotones y comenzó a resoplar, otros, en calles más lejanas, parecieron responder de la misma manera y a los pocos minutos los paquidermos comenzaron a avanzar. Algún policía, en alguna parte, levantó un arma pero pronto la bajó, por sus propios medios o por la persuasión de un compañero. Aquellos animales eran en su gran mayoría, y con seguridad, propiedad de alguien.
La barricada cedió ante el avance de los animales, que apartaron el cerco improvisado con la misma facilidad que el jornalero a los matorrales. Los elefantes siguieron avanzando hasta el sur de la ciudad, nadie podía precisar a ciencia cierta hacia dónde se dirigían exactamente. La multitud comenzó a seguir a esta imparable manada de miles y miles de paquidermos, entre ellos había muchos propietarios que en vano intentaban persuadir a sus animales de que volviesen a su hogar.
Cuando llegaron a una enorme estructura de color gris amarillento los elefantes comenzaron a detenerse alrededor de la misma. Era la “Puerta de la India” el impresionante arco del triunfo hindú. Nadie pudo ver en aquella elección un hecho fortuito, sino una elección hecha a conciencia. Los increíbles manifestantes eran observados por cientos de miles de asombrados y expectantes hombres, mujeres y niños de todas las condiciones. También empezaron a llegar los medios de televisión e incluso de cine, ya que a pocos metros de allí casualmente estaban filmando una película.
De pronto una ruidosa ciudad vio sumido su bullicio al impresionante bramido de miles de elefantes que alzaron sus trompas al unísono. La urbe entera se silenció y dirigió sus miradas hacia el arco del triunfo. La gente estaba trepada a los techos de coches y buses, a las farolas y a los balcones de las casas que viendo colmada su capacidad corrían el riesgo de caerse. Todas las miradas confluyeron hacia un punto en el que los animales comenzaron a apartarse abriendo un camino. Un elefante enorme y viejo, que llevaba en su lomo a un hombre, comenzó a transitar por el improvisado pasaje. A su paso multitud de trompas lo rozaban cariñosamente y se podía ver que la mirada de aquél hombre brillaba con una mezcla de júbilo y triunfo. Los periodistas supieron que hacia allí debían dirigirse y se asombraron al ver que los animales se apartaban para que ellos se pudieran acercarse hasta la base del arco, en dónde se encontraba aquél misterioso hombre.
Cuando los medios y multitud de curiosos los rodearon, el enorme elefante se arrodilló para que el hombre pudiese bajar de su grupa.
Por unos segundos todo pareció detenerse en aquella ciudad y girar entorno a ellos. Las cámaras comenzaron a transmitir en directo para toda la India las imágenes que luego dieron la vuelta al mundo.
El hombre, con su rostro curtido por el sol y con una espesa barba entrecana de varios meses se acercó a las cámaras con andar sereno y seguro.
Tal era la situación que se vivía, tal el clima que se respiraba en ese día en el que la realidad se veía sublimada a lo surrealista, que tan sólo alguno que otro de los tantos periodistas que allí se hallaban atinó apenas a balbucear algunas palabras.
“El hombre elefante” como después lo apodaría la prensa local y luego la mundial, comenzó a hablar ante los micrófonos, pero era tal el bullicio que armaban los elefantes que prácticamente no se escuchaba nada. El viejo paquidermo que hizo de montura para el misterioso hombre dio unos pisotones en el suelo y a los pocos segundos la ciudad se vio sumida en el silencio y los elefantes se quedaron inmóviles, silentes, como expectantes.
-Ciudadanos de Bombay, ciudadanos del mundo- comenzó a hablar el misterioso hombre a la vez que alzaba sus brazos y miraba alrededor suyo- hoy habéis sido testigos de un hecho histórico no casual. La primera huelga de elefantes, que no será la última, ha conseguido que una ciudad infinita y poderosa como lo es Bombay, se paralice para contemplar, con millones de ojos estupefactos e incrédulos, el principio de una rebelión que antes se hubiera considerado imposible, la rebelión de los elefantes.
De la libertad de su hábitat natural a la esclavitud, al abuso y al maltrato en muchos de los casos. ¿Que sería de los zoológicos, de las bodas en la India, Pakistán o Tailandia, de los trabajos en los que se requiere esa inmensa fuerza que sólo puede ser generada por un gran corazón? ¡Dadles a los elefantes la posibilidad de elegir entre una libertad real o una dependencia fructífera tanto para ellos como para el hombre! Muchos de los elefantes que en este día memorable están reunidos aquí volverán con quienes se hacían llamar “sus amos”, porque no conocen otra forma de vida. Otros volverán a la selva, de dónde fueron arrancados de pequeños. Tanto unos como otros sólo quieren lo mismo que nosotros, vivir en paz y con dignidad- y con su voz ya embargada por la emoción agregó:
Vosotros, hombres, no olvidéis este día, porque ellos tampoco lo harán.
El misterioso hombre propinó unos pisotones al suelo y el elefante que lo había llevado a su grupa volvió a ofrecerle su trompa y con una delicadeza casi reverencial lo ayudó a sentarse sobre su lomo.
Los periodistas se arremolinaron entorno al único hombre que parecía saber el porqué de esa increíble huelga y lo atosigaron a preguntas. Más de uno preguntó: ¡Díganos, por favor! ¿Quién es usted?
El hombre los miró desde más de cuatro metros de altura y sonriendo les contestó: -Eso ya no tiene demasiada importancia, pueden llamarme “el hombre elefante”.
En ese momento, al unísono, miles de elefantes alzaron sus trompas y emitieron lo que muchos entendieron como un canto triunfal.
Dicen que ese mismo día, los elefantes de distintas partes del mundo, con alguna diferencia horaria, se unieron a ese canto universal de libertad. Nadie supo explicar como fue que sucedió, sólo que simplemente pasó.
De la misma manera en que llegaron, los elefantes comenzaron a dispersarse, algunos volvieron con sus cuidadores (o amos) otros nunca lo hicieron y sus pisadas volvieron a retumbar en la selva.
A partir de ese día muchos comenzaron a mirar de otra manera a los elefantes y aunque fueron aún más quienes ignoraron lo pasado y poco cambió, más de uno corrigió su actitud hacia los paquidermos y comenzó a darles un trato más “humano”.
Muchos circos tuvieron que empezar a prescindir de los elefantes ya que la mayoría de estos comenzaron a negarse a trabajar y las leyes de protección se recrudecieron, y distintos organismos creados en varios países para ese fin visitaron zoos, circos e instalaciones para verificar el cuidado que se les brindaba a estos animales.
Hubo más sucesos similares al de Bombay en otros rincones del mundo y en casi todos ellos aparecía el misterioso “hombre elefante” sobre el cual todos se preguntaban cual sería su verdadera identidad.
Sólo una persona sabía de quien se trataba, cuando se enteró del primer suceso comenzó a seguir los casos con suma atención en todos los medios en los que se mencionara y reprodujo hasta el cansancio las imágenes que aparecían en “you tube”. No cabía ninguna duda de que el “hombre elefante” era Joan.
El tiempo pasaba y los sucesos relacionados con los elefantes ya eran algo a lo que la gente se estaba acostumbrando. Algunos veían en Joan a un auténtico defensor de los elefantes, otros creían que era un ser de otro mundo y lo proclamaban como el primero de una misteriosa raza de telépatas que se podía comunicar con los elefantes. Detrás vendrían otros (eso decían que sucedería) que se podrían entender con los delfines y con los ornitorrincos. Un día Joan apareció nuevamente en los noticieros luego de más de un mes sin ser noticia. Dijo que tenía algo importante que advertirle a la humanidad. Anunció que faltaban escasos días (no podía precisar cuando) para que una catástrofe natural de consecuencias devastadoras afectara a varias zonas del planeta.
Terremotos de magnitudes impensables sacudirían la tierra y maremotos como nunca se habían visto barrerían con todo lo que se encontrasen a su paso. Los organismos oficiales de todo el mundo minimizaron las predicciones de un hombre al que consideraban un loco y al que no había que hacer demasiado caso, o un reaccionario, un terrorista…los comentarios eran bien diversos y había medios como periódicos o canales de televisión de varios lugares del mundo que apoyaban al “hombre elefante” no sólo en su cruzada libertadora sino también en sus predicciones acerca de un inminente desastre.
Hacía un tiempo que Ana había rehecho su vida sentimental con un hombre serio y de ideas firmes. Muy raramente recordaba a Joan, en realidad sólo cuando aparecía alguna nota en los periódicos o un reportaje referido a los extraños acontecimientos en los que siempre se veía envuelto.
La carta, que llegó el mismo día en que un fuerte temporal azotaba la costa le asombró más que nada porque su nombre figuraba cerca de unos sellos que indicaban que la misiva provenía de Tailandia. El texto era más que breve pero contundente: “En los tres próximos días no te muevas de Garraf, no te vayas de casa por ningún motivo. Te quiere, Joan”
Sacudió su cabeza, y en un acto casi reflejo hizo un bollo con la carta que tenía en la mano y la arrojó en el cesto de basura.
Pasaron dos días sin ninguna novedad, al tercero, Ana abrió la ventana de su casa por la mañana para desayunar en la terraza. Era un día espléndido. Ni rastro de la tormenta ¿Que podía pasar? Evidentemente toda esa palabrería de su marido no era más que una nueva locura a la que había que ignorar, al igual que las otras. El mar estaba calmo, ni la más mínima ola alteraba esa superficie de espejo. Luego de desayunar invirtió varios minutos en ponerse bella y bajó a coger el coche. Mientras conducía pensó en las tonterías de su ex marido: ¡No salir de casa en tres días! Los tres días habían pasado y nada atípico había ocurrido, salvo…mierda, se había olvidado una documentación importante que debía llevar a Barcelona. Tenía que emprender la vuelta. Después de todo no estaba tan lejos. Cuando dio la vuelta en la rotonda de Rat Penat vio como una familia de jabalíes atravesaba la carrera por delante de su coche en dirección a la montaña. Un nutrido grupo de gaviotas y cormoranes también pasaron volando muy cerca de su coche hacia la misma dirección. Empezó a cambiar los canales de radio pero ese día la cobertura era fatal, peor que de costumbre. Nada por lo que asombrarse en las curvas del Garraf.
Subió rápido a su casa y se puso a buscar los documentos. No podía recordar exactamente en dónde los había dejado. Los buscó en su cuarto, en el archivador y nada. Mientras revolvía en cajones y revisteros un temblor muy fuerte y más largo que de costumbre sacudió la casa. Realmente estos de las canteras ya se estaban pasando, algún día medio pueblo se desmoronaría. Pensó que quizás los documentos los había guardado su pareja en algún lado, o hasta los podía haber cogido por error, así que decidió llamarlo por teléfono. La cobertura era nula, por lo que salió a la terraza para ver si ésta mejoraba pero vio que su móvil seguía igual. Otro temblor, algo más largo y más intenso que el anterior volvió a hacer vibrar los cimientos de su casa. Mientras apagaba y encendía el móvil algo en el horizonte llamó su atención. El mar seguía calmo, pero todo a su alrededor parecía revolucionarse. Bandadas de gaviotas y cormoranes venían volando de la costa. Dos gaviotas grandes se posaron en la barandilla de su balcón, graznando alteradas. Pudo también observar como varios barcos llegaban al puerto de Garraf y al Port Ginesta a toda máquina.
Desde la terraza de su casa siempre tuvo una vista privilegiada y lo que en ese momento pudo apreciar quedaría grabado en su memoria para siempre. Una masa de agua de proporciones descomunales se desplazaba hacia el Port Ginesta y hasta dónde sus ojos podían ver con una velocidad increíble y como una imparable pared que arrasaba todo a su paso. Pudo ver como los barcos que no habían llegado aún a puerto eran alzados como si fuesen de papel y arrastrados por encima de la escollera para terminar destrozados contra otros barcos. Por unos eternos segundos vio como el puerto desaparecía debajo de las aguas. No pudo permanecer indiferente tampoco al otro temblor que volvió a estremecer el pueblo, pero sus ojos permanecían fijos en la dantesca escena que no muy lejos de allí se estaba representando. Trozos de barco fueron arrastrados hasta la playa de Garraf que por alguna razón no recibió esa devastadora carga, de la que poco después se enteraría Ana que había arrasado con gran parte de la franja marítima desde Castelldefels hasta Barcelona y más allá.
En ese momento sólo otra imagen ocupaba la mente de Ana y eran esas letras bailoteando en esa inesperada carta “No salgas de casa”.
Aquella zona de Tailandia se caracterizaba por ser la más alta de la región y precisamente por esa razón se habían dirigido allí. No hubo grandes terremotos que sacudieran ese rincón del planeta, sólo algún leve temblor. Pero el maremoto allí sí fue de proporciones dantescas. Hacía más de un día que se habían desplazado a esa zona montañosa para aguardar el momento. Cientos de familias que creían en él y manadas enteras de elefantes no sólo en Tailandia sino en otros rincones de Asia y Africa, habían migrado hacia sitios más seguros. Los hombres por primera vez se dejaron guiar por los elefantes como única posibilidad de salvación, al menos los que creyeron en las predicciones de Joan.
Cuando llegó la ola nadie se asombró, pero todos se estremecieron, incluso Joan que desde una posición segura observaba como la naturaleza furiosa barría con las frágiles creaciones del ser humano. El poblado al pie de la montaña era arrancado de cuajo por la masa de agua con la misma facilidad con que se arranca una raíz seca. Con lágrimas en los ojos, cientos de familias observaban impotentes como sus hogares se deshacían como si fuesen de débil cartón. Pero estaban vivos, gracias a los elefantes y a aquél hombre a quien en un principio creyeron tan sólo un demente.
Joan observaba en silencio el voraz avance de las aguas y no pudo evitar el cerrar los ojos por un momento y estremecerse ante ese rugido triunfal que sólo el vencedor de una batalla podía proferir. Y pudo de alguna manera sentir que a miles de kilómetros de tierra temblorosa y de furioso mar, en otras lejanas y más conocidas costas, un pequeño pueblo se había salvado de la catástrofe. Como podía saberlo, eso ya no importaba.
Quizás era ese extraño sentido que inexplicablemente había desarrollado y que tanto lo acercaba a sus enormes amigos grises.
O tan sólo era una simple corazonada la que le dijo que a miles y miles de kilómetros de distancia, por uno de esos caprichos de la naturaleza, su pequeño y tranquilo pueblo de Garraf, se había salvado.
miércoles, 8 de julio de 2009
jueves, 5 de febrero de 2009
El Centinela

Entre los colores que se entremezclaban en el movedizo cuadro que se pintaba en la ventanilla del tren, de pronto dominó un intenso azul verdoso. Quizás fue eso lo que me decidió a bajar en aquella estación, cuyo nombre, que se me antojó bastante extraño, había sido anunciado unos minutos antes por una amable locución.
Toda una vida rodeado por el cruel cemento de una infinita ciudad había amodorrado mi sensibilidad hacia la naturaleza. Quizás por eso cuando me tumbé en la arena y llené mis pulmones de aire marítimo y endulcé mis oídos con una de las melodías más maravillosas que la naturaleza ha compuesto, me dije que en ese instante mi felicidad era perfecta.
Dejé vagar mi mirada por el entorno. Unas casitas verdes y blancas que miraban hacia el mar me deleitaron por su simpleza y originalidad. Pero a tan sólo unos metros de allí las vías del tren y su interminable red de cables y acero me daban la sensación de que el pueblo hubiese sido abierto en canal y sus venas expuestas al cielo. Fui incluso algo más lejos e imaginé a aquél lugar como un organismo vivo, como el cuerpo de un guerrero marcado por las cicatrices de mil batallas. El tren, la carretera y la autopista lo seccionaban violentamente, pero aún así me parecía tan fuerte y lleno de vida como si jamás hubiese sido tocado. Las montañas parecían circundar aquél pueblo de casitas blancas como conteniéndolo y a la vez aislándolo del resto del mundo, quizás para protegerlo.
Podría haber seguido divagando aún más tiempo, pero sentía un llamado al cual no podía desatender. Esas aguas de color esmeralda eran demasiado tentadoras así que no me resistí más y me adentré en ellas, agradeciendo el frío del mar de primavera ya que me hacía sentir aún más vivo. Después de haber nadado unos minutos miré hacia la costa y observé con cierta sorpresa que desde allí podía abarcar con mi vista todo el pueblo sin la más mínima dificultad. El blanco de las casas contrastaba con la vegetación de las montañas, fortalecida por un prolongado período de recientes lluvias. Pero había algo que no parecía pertenecer a aquél lugar. Más atrás, las montañas dejaban de lucir su verdor y se mostraban desnudas, sin el más mínimo vestigio de vida. Noté que faltaba gran parte de lo que había sido la montaña en un principio, más bien era como si una bestia, hambrienta y gigantesca, le hubiese dado una brutal dentellada desgarrándole las entrañas.
Comencé a estremecerme, quise creer que fue por el frío y emprendí la vuelta hacia la orilla. Ya envuelto en mi toalla reparé en la montaña que marcaba el límite sur del pueblo, y en el arbolito que parecía rematar su cima de manera tan particular. Me sequé, me vestí y caminé en aquella dirección.
Durante la caminata seguí deleitándome con las breves callejuelas y las vistas. Noté también que en aquél lugar los niños jugaban por las calles gozando de una libertad que en Barcelona o en cualquier otra gran ciudad hubiera sido impensable.
Casi sin darme cuenta el pueblo pasó con la brevedad de una diapositiva y me encontré a pocos metros de la curiosa formación rocosa. Me pregunté como podría hacer para subir hasta la cima. Le interrogué al respecto a un hombre mayor que estaba sentado cerca de allí y con un par de señas y algunas palabras me indicó el camino.
A medida que ascendía fui mirando hacia uno y otro lado. No recordaba haber visto anteriormente paisaje más dispar y me asombré de cómo los sentidos pueden captar el entorno. Me tapé mi oído derecho y sólo escuché camiones, máquinas trepanando la roca, el traqueteo del tren…Luego hice otro tanto con mi oído izquierdo y la sinfonía fue bien diferente, sólo escuchaba las olas rompiendo contra las rocas y el siseo del viento al escurrirse entre las ramas de los pinos.
Desde donde me hallaba sentado podía de igual manera jugar con lo que veía y grabar en mi retina sólo aquello que me agradase. Pude notar que la autopista, la carretera, las vías del tren y el puerto, por su fuerza y superficie dominaban la escena. Aún así, podía elegir ver sólo el pueblo sin sus cicatrices o perder mi mirada en las montañas o en el azul del horizonte.
Lo que me extrañó fue que por más que lo buscase, el árbol que desde abajo se podía apreciar perfectamente allí arriba parecía brillar por su ausencia. Otra curiosidad más de aquel lugar tan particular, me dije. Me encogí de hombros y comencé a descender, comenzaba a tener frío ya que el verano aún estaba lejos y la estación de tren, también.
Mientras esperaba que parase algún tren, temiendo casi que mi persona pasara a formar parte del decorado de la estación, no pude evitar mirar hacia la montaña a la que hacía tan sólo unos minutos había recorrido. Y allí estaba el arbolito, como un mudo y viejo centinela, testigo de la vida de un pueblo en donde el tiempo y el espacio parecían entretejerse hasta desconcertar al visitante.
A veces descubrimos lugares que sin saber porqué, nos marcan para siempre.
Es como si en ellos encontráramos fragmentos perdidos de nosotros mismos que quizás vayamos recuperando, como si fuesen parte de un rompecabezas que jamás terminamos de armar.
Creo que eso es lo que sentí cuando pisé Garraf por primera vez.
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Toda una vida rodeado por el cruel cemento de una infinita ciudad había amodorrado mi sensibilidad hacia la naturaleza. Quizás por eso cuando me tumbé en la arena y llené mis pulmones de aire marítimo y endulcé mis oídos con una de las melodías más maravillosas que la naturaleza ha compuesto, me dije que en ese instante mi felicidad era perfecta.
Dejé vagar mi mirada por el entorno. Unas casitas verdes y blancas que miraban hacia el mar me deleitaron por su simpleza y originalidad. Pero a tan sólo unos metros de allí las vías del tren y su interminable red de cables y acero me daban la sensación de que el pueblo hubiese sido abierto en canal y sus venas expuestas al cielo. Fui incluso algo más lejos e imaginé a aquél lugar como un organismo vivo, como el cuerpo de un guerrero marcado por las cicatrices de mil batallas. El tren, la carretera y la autopista lo seccionaban violentamente, pero aún así me parecía tan fuerte y lleno de vida como si jamás hubiese sido tocado. Las montañas parecían circundar aquél pueblo de casitas blancas como conteniéndolo y a la vez aislándolo del resto del mundo, quizás para protegerlo.
Podría haber seguido divagando aún más tiempo, pero sentía un llamado al cual no podía desatender. Esas aguas de color esmeralda eran demasiado tentadoras así que no me resistí más y me adentré en ellas, agradeciendo el frío del mar de primavera ya que me hacía sentir aún más vivo. Después de haber nadado unos minutos miré hacia la costa y observé con cierta sorpresa que desde allí podía abarcar con mi vista todo el pueblo sin la más mínima dificultad. El blanco de las casas contrastaba con la vegetación de las montañas, fortalecida por un prolongado período de recientes lluvias. Pero había algo que no parecía pertenecer a aquél lugar. Más atrás, las montañas dejaban de lucir su verdor y se mostraban desnudas, sin el más mínimo vestigio de vida. Noté que faltaba gran parte de lo que había sido la montaña en un principio, más bien era como si una bestia, hambrienta y gigantesca, le hubiese dado una brutal dentellada desgarrándole las entrañas.
Comencé a estremecerme, quise creer que fue por el frío y emprendí la vuelta hacia la orilla. Ya envuelto en mi toalla reparé en la montaña que marcaba el límite sur del pueblo, y en el arbolito que parecía rematar su cima de manera tan particular. Me sequé, me vestí y caminé en aquella dirección.
Durante la caminata seguí deleitándome con las breves callejuelas y las vistas. Noté también que en aquél lugar los niños jugaban por las calles gozando de una libertad que en Barcelona o en cualquier otra gran ciudad hubiera sido impensable.
Casi sin darme cuenta el pueblo pasó con la brevedad de una diapositiva y me encontré a pocos metros de la curiosa formación rocosa. Me pregunté como podría hacer para subir hasta la cima. Le interrogué al respecto a un hombre mayor que estaba sentado cerca de allí y con un par de señas y algunas palabras me indicó el camino.
A medida que ascendía fui mirando hacia uno y otro lado. No recordaba haber visto anteriormente paisaje más dispar y me asombré de cómo los sentidos pueden captar el entorno. Me tapé mi oído derecho y sólo escuché camiones, máquinas trepanando la roca, el traqueteo del tren…Luego hice otro tanto con mi oído izquierdo y la sinfonía fue bien diferente, sólo escuchaba las olas rompiendo contra las rocas y el siseo del viento al escurrirse entre las ramas de los pinos.
Desde donde me hallaba sentado podía de igual manera jugar con lo que veía y grabar en mi retina sólo aquello que me agradase. Pude notar que la autopista, la carretera, las vías del tren y el puerto, por su fuerza y superficie dominaban la escena. Aún así, podía elegir ver sólo el pueblo sin sus cicatrices o perder mi mirada en las montañas o en el azul del horizonte.
Lo que me extrañó fue que por más que lo buscase, el árbol que desde abajo se podía apreciar perfectamente allí arriba parecía brillar por su ausencia. Otra curiosidad más de aquel lugar tan particular, me dije. Me encogí de hombros y comencé a descender, comenzaba a tener frío ya que el verano aún estaba lejos y la estación de tren, también.
Mientras esperaba que parase algún tren, temiendo casi que mi persona pasara a formar parte del decorado de la estación, no pude evitar mirar hacia la montaña a la que hacía tan sólo unos minutos había recorrido. Y allí estaba el arbolito, como un mudo y viejo centinela, testigo de la vida de un pueblo en donde el tiempo y el espacio parecían entretejerse hasta desconcertar al visitante.
A veces descubrimos lugares que sin saber porqué, nos marcan para siempre.
Es como si en ellos encontráramos fragmentos perdidos de nosotros mismos que quizás vayamos recuperando, como si fuesen parte de un rompecabezas que jamás terminamos de armar.
Creo que eso es lo que sentí cuando pisé Garraf por primera vez.
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¡Gracias Fale por publicarlo en la revista de Garraf!
jueves, 18 de diciembre de 2008
Huellas en la arcilla. La vuelta a Uruk
Podría haber sido un espejismo. Las paredes encaladas brillando a la luz del sol y más allá el éufrates resplandeciente. Dándole vida a aquella ciudad que a cada paso de su caballo se iba acercando más y más, junto con tantos recuerdos. Pero el aire del desierto ya no se le antojaba tan reseco. El viento soplaba del sur trayendo con él la sal del mar, entremezclada con el perfume de las plantas de las riberas del Eufrates, el de la cerveza de las tabernas y el del pan ácimo recién horneado. Era el olor de Uruk,. Escrutó los rostros de sus acompañantes en la caravana y ninguno parecía inmutarse. Alguno comentó que visitaría las tabernas. Otro decía que se entregaría a las atenciones de las hieródulas del barrio de Kullab. Pero ninguno sintió como él la sangre bullir en su corazón. Sentía como si cientos de carros de batalla esperaran recibir la orden de cargar contra el enemigo.
Cuando vió el reflejo del sol sobre esas murallas, la imponente silueta del ziggurat de Ishtar sobresaliendo por detrás de las mismas, imponente y antiquísimo, ya no pudo resistirse más.
Quizás fue instintiva la reacción que lo impulsó a espolear a su caballo dejando atrás a la caravana. Su corazón latía tan fuerte como el de Gallu en su poderosa cabalgata.
Sus ojos también devoraban cada centímetro de polvo que recorría. Ni siquiera notaba sus lágrimas rodar por sus mejillas y volar hacia la tierra, su tierra.
La imponente silueta de su casa ya se adivinaba desde lejos. El barrio de Kullab, el antiguo y sagrado barrio en dónde los dioses caminaron alguna vez, en dónde Gilgamesh se paseó orgulloso luciendo su talla de semidiós, estaba tal cual lo recordaba. Ninurta el alfarero, con su rostro surcado por miles de arrugas pero con su arte intacto seguía moldeando las mejores cerámicas del país de los dos ríos. Más allá vió a Siduri, la siempre hosca tabernera arrojando a un borracho a la calle y a Zidurri el tahúr, que no había perdido su habilidad para el timo y seguía viviendo de la estupidez ajena. Nada parecía haber cambiado.
Sólo él. Todos lo miraban pasar, pero nadie parecía haberlo reconocido. ¿Tanto había cambiado en esos diez años?
Y allí estaba su casa. Dejó la montura de su caballo, se acercó a la entrada y recorrió la pared con sus manos. Estaba fresca. Sus manos se deslizaban por la cal desprendiendo pequeñas láminas que caían como blanca y fina lluvia, emblanqueciendo las palmas de un Lugalbanda niño. Y fue el adulto el que tembloroso se acercó a la enorme puerta de cedro y golpeó tres veces. Las paredes descascaradas y las plantas creciendo por las rajaduras de la misma le hicieron temer lo peor. Su fiel Nudimnud no había podido esperarlo y ya habría exhalado su último aliento.
Pero quizás no. Ese sonido inconfundible de metal contra metal que tantas veces había escuchado, la puerta entreabriéndose lentamente y el perfume de higos, cilantros y menta sacudiendo su olfato y su memoria.
Y el rostro del buen Nudimnud, surcado por tantas arrugas que ya era imposible contarlas, y sus manos callosas cogiendo su rostro para luego cerrarse detrás de su espalda en un abrazo tembloroso pero firme y las lágrimas, que rodaron por los ojos de ambos empapando las túnicas. Esas simples pero eternas cosas que pensó que jamás volvería a sentir y que conformaban su mundo…
Cuando vió el reflejo del sol sobre esas murallas, la imponente silueta del ziggurat de Ishtar sobresaliendo por detrás de las mismas, imponente y antiquísimo, ya no pudo resistirse más.
Quizás fue instintiva la reacción que lo impulsó a espolear a su caballo dejando atrás a la caravana. Su corazón latía tan fuerte como el de Gallu en su poderosa cabalgata.
Sus ojos también devoraban cada centímetro de polvo que recorría. Ni siquiera notaba sus lágrimas rodar por sus mejillas y volar hacia la tierra, su tierra.
La imponente silueta de su casa ya se adivinaba desde lejos. El barrio de Kullab, el antiguo y sagrado barrio en dónde los dioses caminaron alguna vez, en dónde Gilgamesh se paseó orgulloso luciendo su talla de semidiós, estaba tal cual lo recordaba. Ninurta el alfarero, con su rostro surcado por miles de arrugas pero con su arte intacto seguía moldeando las mejores cerámicas del país de los dos ríos. Más allá vió a Siduri, la siempre hosca tabernera arrojando a un borracho a la calle y a Zidurri el tahúr, que no había perdido su habilidad para el timo y seguía viviendo de la estupidez ajena. Nada parecía haber cambiado.
Sólo él. Todos lo miraban pasar, pero nadie parecía haberlo reconocido. ¿Tanto había cambiado en esos diez años?
Y allí estaba su casa. Dejó la montura de su caballo, se acercó a la entrada y recorrió la pared con sus manos. Estaba fresca. Sus manos se deslizaban por la cal desprendiendo pequeñas láminas que caían como blanca y fina lluvia, emblanqueciendo las palmas de un Lugalbanda niño. Y fue el adulto el que tembloroso se acercó a la enorme puerta de cedro y golpeó tres veces. Las paredes descascaradas y las plantas creciendo por las rajaduras de la misma le hicieron temer lo peor. Su fiel Nudimnud no había podido esperarlo y ya habría exhalado su último aliento.
Pero quizás no. Ese sonido inconfundible de metal contra metal que tantas veces había escuchado, la puerta entreabriéndose lentamente y el perfume de higos, cilantros y menta sacudiendo su olfato y su memoria.
Y el rostro del buen Nudimnud, surcado por tantas arrugas que ya era imposible contarlas, y sus manos callosas cogiendo su rostro para luego cerrarse detrás de su espalda en un abrazo tembloroso pero firme y las lágrimas, que rodaron por los ojos de ambos empapando las túnicas. Esas simples pero eternas cosas que pensó que jamás volvería a sentir y que conformaban su mundo…
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Huellas en la arcilla

I
Shamash descargaba implacable sus rayos sobre sus cabezas. Sus ropas parecían resecos sacos que se transformaban en pesada carga por el polvo que acumulaban y las moscas revoloteaban alrededor de sus globos oculares, en busca de algún resquicio de humedad en aquel infernal valle.
Hasta los duros guardias enfundados en sus corazas de cuero curvaban sus espaldas bajo la inclemencia del dios solar.
La ribera del Eufrates y sus verdes orillas habían quedado detrás. La caravana se dirigiría a la antiquísima Kish o a la sagrada Nippur, pero eso sólo debería ser de la incumbencia de un comerciante y no de un esclavo.
Al principio de la caravana el carro revestido de refulgentes placas de bronce avanzaba resueltamente sobre el suelo pedregoso, tirado por tres fuertes caballos. Una mano cargada de anillos se alzó enseñando su dorso y un guardia cercano de hosco aspecto hizo detener la marcha.
Varias cabezas se giraron en distintas direcciones y murmullos de curiosidad o miedo se escucharon entre los nuevos esclavos. Sólo uno parecía ajeno a todo y no quitaba sus ojos del suelo.
La razón por la cual se detenían no tardó demasiado en hacerse ver. A unos cien pasos de allí, sobre un promontorio rocoso de unos veinte codos de alto, una melena dorada ondeaba al viento. Sus patas se afirmaban sobre la roca como poderosas columnas y sus ojos parecían más bien indiferentes a la caravana.
-Alcánzame mi arco, Agamenón- dijo el veterano mercader extendiendo su brazo hacia el micénico que conducía el carro.
-Vaya, Sharrukin, los dioses bendigan tu vista de halcón y que tu pulso se mantenga firme…has vuelto a arrebatarme una presa!-exclamó el otro mercader que viajaba también en el carro.
Sharrukin se volvió hacia su amigo, enarcando una ceja a la vez que le tendía su arco y le decía, no sin cierta socarronería: -Oh mi gran amigo y socio Assur Nim! Quizás no sea yo quien abata a este hermoso leónl y si tu pulso aún no tiembla como las hieródulas de Ishtar al perder su gracia, puede que su piel aún tenga un lugar preferente bajo tus pies.
-Amigo mío, si seguimos hablando creo no estará ni debajo de mis pies ni en tu pared….-terció Assur Nim a la vez que rechazaba el ofrecimiento de su amigo
Como respuesta, Sharrukin esbozó una media sonrisa a la vez que tensaba su brazo derecho y el viejo pero aún infalible arco escita se curvaba bajo la tensión de sus dedos. El león permanecía impasible sobre la roca, pareciendo disfrutar del leve viento que sólo movía las capas de aire caliente, ignorante del peligro que cernía sobre él.
-En ninguno de los dos lados, será un buen regalo para nuestro amigo y benefactor, Assurbanipal- dijo Sharrukin, a la vez que sus dedos índice y medio liberaban la tensa cuerda.
La flecha, cortando el aire y transformada en infalible instrumento de muerte se dirigió al corazón del animal. La punta de hierro levantó astillas en la roca y la madera se partió en dos. El león permanecía impasible, como si nada hubiese sucedido.
-No puede ser, nunca he fallado desde esta distancia, creo que se ha movido- exclamó atónito Sharrukin.
-Acepta lo que no quieres aceptar, socio, los primeros síntomas de decrepitud llegan de manera violenta, déjame probar a m í -dijo el otro mercader a la vez que palmeaba el hombro de su amigo.
Assur Nim disparó su arco, apuntando a la garganta del animal, pero la flecha pasó a unos centímetros de la misma, clavándose en un tronco reseco que estaba mucho mas atrás.
Sin poder reprimir una sonora carcajada, Sharrukin observó: - Vaya!, no te preocupes amigo!, al menos cuando tengas que levantar un ritón con buena cerveza seguro que tu pulso no fallará!.
-Tenías razón - dijo Assur Nim – es increíble pero ha esquivado la flecha, ha vuelto a moverse pero sigue en el lugar…
-Mejor sigamos nuestro viaje amigo – le contestó Sharrukin mirando hacia el sol – quizás no es más que una ilusión creada por Shamash para nuestro divertimento o algún indescifrable presagio que deberá ser interpretado, quien sabe? – Y a una señal prosiguieron su marcha.
Por la noche acamparon no muy lejos de un bosque de cedros que comenzaba más adelante. Decidieron que sería peligroso adentrarse en él cuando las sombras ya habían caído y Sin ya brillaba redonda en el firmamento.
Bullía en la marmita su atractivo contenido. Los francolines perfectamente limpios y con las mollejas y los menudillos debidamente preparados, las maderas aromáticas y la ruda deshojada llenaban el campamento de un aroma que hacía crujir las tripas y babear las bocas.
Había varios fuegos preparados porque esa noche hacía frío. Los rostros se iluminaban mientras miraban las llamas, algunos charlaban animadamente, incluso algunos esclavos hablaban alegremente sobre sus nuevos amos, que parecían ser gente importante. Pero había uno que seguía aún en silencio, sólo miraba las llamas y no se sabía bien si sus ojos eran dos tizones o simplemente reflejaban el fuego que danzaba delante suyo. Apenas si bebió cerveza labku y comió el pan ácimo que los demás sólo veían como el preludio de los pajarillos que nadaban en la gran marmita.
Assur Nim y Sharrukin veían acrecentada su natural verborragia por efecto de la cerveza. El primero señaló hacia el viejo que revolvía el caldero y arrojaba hierbas y especias en su interior y levantó su copa hacia él – Que los dioses del cielo y del Apsu, el abismo primordial, te protejan, oh Uballit-Marduk, encantador de estómagos!- El viejo respondió con una sonrisa a la vez que agachaba su cabeza.
-En verdad que nunca me arrepiento de traer a mi fiel sirviente en los viajes, aunque últimamente ya son algo duros para él- comentó Assur Nim.
-Mucha agua fluirá en el padre de los ríos y aún Uballit-Marduk seguirá sorprendiéndonos con su cocina, pero por suerte creo que ya he conseguido un joven ayudante que lo asistirá en todo y aprenderá todas sus artes, parece un muchacho muy avispado, es hijo de un alfarero de Borsippa que lo ha dejado a mi cuidado, dice que el muchacho no siente interés por el arte de trabajar la arcilla, pero si curiosidad por la cocina, veremos que tal resulta!!. Por cierto, tu contable estaba muy enfermo cuando dejamos Nínive y de eso ya hace varia lunas, has tomado alguna medida al respecto? .
-Si – respondió Assur Nim- ya sabes que Nergal es implacable cuando nos llega la hora de bajar al inframundo y aunque me cueste aceptarlo creo que el pobre fenicio tiene ya poco por hacer entre nosotros, siempre tuvo una salud muy delicada que se la achacó la humedad de su ciudad, Tiro. Ves ese que está allí?- dijo señalando hacia aquél que antes permanecía inmóvil mirando el fuego y ahora se hallaba tumbado, como contemplando el firmamento- lo compré en Borsippa a un hombre de confianza. Me dijo que era un escriba que dominaba varias lenguas, pero que en un accidente había perdido el don del habla, pero escucha perfectamente y es muy virtuoso trabajando sobre la arcilla.
-Tráelo- dijo Sharrukin- quiero conocerlo.
A una seña de Assur Nim un guardia quitó de su letargo al hombre que se dejó llevar ante los mercaderes como si no le importase nada. Vestía ropas algo más grandes que su talla y sus cabellos y barba estaban mal cortados, descuidados. Y si bien su aspecto era más bien el de un pobre mendigo que el de un esclavo o prisionero que se pretende vender por un buen precio, sus manos eran delicadas como de quien no conoce el trabajo duro, y su piel no parecía haber conocido muchos soles.
El hombre se sentó delante de ellos y con una leve inclinación de su cabeza aceptó el pan y la jarra de cerveza que le tendieron.
-Me ha dicho mi amigo Assur Nim que no posees el don del habla, pero si el de la escritura – agregó Sharrukin a la vez que le tendía una bola de arcilla aún fresca y una cuña de madera.- cuéntanos quien eres y porque has llegado hasta aquí, demuéstranos tus conocimientos.
El hombre permaneció inmóvil, contemplando la informe bola de arcilla que tenía en sus manos. Los minutos transcurrían y ni un músculo de su cuerpo se movía.
Assur Nim, sacudió la cabeza, y estrujó su rizada barba, como si estuviese decepcionado, y le dijo a Sharrukin.
-Amigo, veo que me he equivocado y cuando lleguemos a Nippur deberemos vender a este pobre desgraciado, con mucha suerte, a un quinto del valor que por él he pagado. Míralo, con esas manos no puede ni labrar la tierra!!!-
El esclavo comenzó a mover sus manos y a estirar la arcilla y con gran habilidad comenzó a trazar unos caracteres en la tablilla. Después de unos minutos había terminado de escribir y para sorpresa de los mercaderes les hizo señas de que necesitaba más arcilla. Le alcanzó la tablilla que ya había completado a Assur Nim y empezó a estirar otra plancha.
Assur Nim cogió la arcilla y comenzó a estudiarla con detenimiento.
-Mhhh…vaya –exclamó- Mira esto Sharrukin…”En cuanto a ti – leyó- “tu mandamiento será inmutable, tu palabra perdurará…” es parte del Enuma Elish, el poema de la creación que exalta al gran Marduk, ha escrito un mismo verso en asirio, babilónico, fenicio y…no se… - señaló con su índice la última columna- esto es…me resulta familiar pero no alcanzo a entenderlo…quizás tú…
-Es sumerio, amigo mío – afirmó Sharrukin – la escritura primordial que los dioses legaron a los hombres en Uruk hace muchísimo tiempo. Ya no se habla ni se escribe sólo…
-Solo en los templos, es la lengua ceremonial de los sacerdotes – dijo Assur Nim a la vez que cogía la tablilla que le alcanzaba el esclavo y la miraba con detenimiento.
Después de estudiarla durante un breve lapso de tiempo miró seriamente al hombre que tenía sentado frente a él, lleno de andrajos y se irguió lentamente.
Sharrukin miraba sin comprender a su amigo, que hacía una leve reverencia ante el pobre desdichado.
-Sharrukin, si lo que dice este hombre es cierto, nos hallamos ante un importante personaje –decía el mercader a la vez que le extendía la tablilla a su socio, que no dejaba de mirarlo con extrañeza- y ésta, es su historia, la historia de Lugalbanda.
sábado, 19 de julio de 2008
Por eso escribo

Con esos colores tan extraños con los que los viejos recuerdos afloran del arcón de las vivencias de su estado latente e inundan nuestra conciencia, viene a mi mente la imagen de mi padre, con su sonrisa dulce y siempre enigmática, extendiéndome un libro más.
Llegó un momento en el que supe que no era su fin sólo el entretenerme sino también el formarme . Todo aquello que no se atrevía él a decirme o yo a escuchar vendría en forma de papel impreso.
Las barreras de la timidez y la vergüenza se desdibujaban hasta casi desaparecer ante un nexo tan poderoso como lo eran esos libros.
Y vinieron más. Y mi vida transcurrió entre el cemento de Buenos Aires, que tan opresivo se me antojaba y que nunca sentí del todo mío y los largos veranos en Mar de Ajó, en donde viví las mas dispares y mágicas anécdotas de mi vida.
Los años pasaron y me encontré huyendo de aquella Buenos Aires, o quizás también de mi mismo.
Creo que en cada nuevo lugar que visitamos y sentimos que sacude nuestros sentidos, encontramos fragmentos de nosotros mismos. Quizás por eso creí que dejando la gran ciudad dejaría a aquellos fantasmas que sólo deambulaban dentro mío aunque yo no quisiese verlo.
Y me encontré viviendo en Barcelona.
Los años y difíciles experiencias de vida me fueron marcando hasta que un día en el que me hallaba sentado sobre una roca contemplando un mar de invierno (ese que en nuestra soledad no necesitamos compartir con nadie), me di cuenta de porque rechazaba tanto a la ciudad que me vio nacer.
Ella me quitaba lo que más amaba. El mar. Dejé entonces también detrás a Barcelona y me asenté en el tranquilo pueblo costero de Garraf, a tan sólo 20 km de la misma.
Volvía a ser parte del mar y ya no habría cemento que me evitase el sentirlo cerca.
Y en estas arenas volví a retomar aquellas historias que había comenzado a escribir y otras nuevas. Allí supe que lo necesitaba y a la vez quería hacerlo, porque en cada párrafo o en cada personaje que inventamos se nos revelan aspectos de nosotros mismos que se otra manera quizás no se manifestarían.
Amaría poder vivir de lo que lograse plasmar en el papel, pero aún si no lo consiguiese algún día, el sólo hecho de haberlo al menos intentado me habrá mostrado aspectos de mi que desconocía, o por fin lograré derrotar a aquellos monstruos que me parecían invencibles, recrear aquel paisaje que me enalteció el espíritu o quizás volver a hacer el amor a aquella mujer que me conmovió hasta la fibra más intima de mi ser.
Por eso escribo.
Llegó un momento en el que supe que no era su fin sólo el entretenerme sino también el formarme . Todo aquello que no se atrevía él a decirme o yo a escuchar vendría en forma de papel impreso.
Las barreras de la timidez y la vergüenza se desdibujaban hasta casi desaparecer ante un nexo tan poderoso como lo eran esos libros.
Y vinieron más. Y mi vida transcurrió entre el cemento de Buenos Aires, que tan opresivo se me antojaba y que nunca sentí del todo mío y los largos veranos en Mar de Ajó, en donde viví las mas dispares y mágicas anécdotas de mi vida.
Los años pasaron y me encontré huyendo de aquella Buenos Aires, o quizás también de mi mismo.
Creo que en cada nuevo lugar que visitamos y sentimos que sacude nuestros sentidos, encontramos fragmentos de nosotros mismos. Quizás por eso creí que dejando la gran ciudad dejaría a aquellos fantasmas que sólo deambulaban dentro mío aunque yo no quisiese verlo.
Y me encontré viviendo en Barcelona.
Los años y difíciles experiencias de vida me fueron marcando hasta que un día en el que me hallaba sentado sobre una roca contemplando un mar de invierno (ese que en nuestra soledad no necesitamos compartir con nadie), me di cuenta de porque rechazaba tanto a la ciudad que me vio nacer.
Ella me quitaba lo que más amaba. El mar. Dejé entonces también detrás a Barcelona y me asenté en el tranquilo pueblo costero de Garraf, a tan sólo 20 km de la misma.
Volvía a ser parte del mar y ya no habría cemento que me evitase el sentirlo cerca.
Y en estas arenas volví a retomar aquellas historias que había comenzado a escribir y otras nuevas. Allí supe que lo necesitaba y a la vez quería hacerlo, porque en cada párrafo o en cada personaje que inventamos se nos revelan aspectos de nosotros mismos que se otra manera quizás no se manifestarían.
Amaría poder vivir de lo que lograse plasmar en el papel, pero aún si no lo consiguiese algún día, el sólo hecho de haberlo al menos intentado me habrá mostrado aspectos de mi que desconocía, o por fin lograré derrotar a aquellos monstruos que me parecían invencibles, recrear aquel paisaje que me enalteció el espíritu o quizás volver a hacer el amor a aquella mujer que me conmovió hasta la fibra más intima de mi ser.
Por eso escribo.
sábado, 31 de mayo de 2008
Hermosa locura 5:45 a.m.

Mis ojos se abrieron casi al mismo tiempo que mis orificios nasales.
Un perfume de rosas y pinos entró felizmente por la ventana junto con un silencio largo, pausa en la cercana carretera. Debía ser tarde, no se escuchaba ningún coche gastando caucho sobre el asfalto.
Frunciendo el ceño empecé a indagar entre las sábanas sobre el destino de mi móvil. Lo encontré debajo de la almohada.
5:45 a.m., rezaba un pequeño reloj digital en uno de los costados de la pantalla. Ese reloj evidentemente funcionaba bien. Era el otro, mi reloj biológico, el que estaba fallando. Da igual, me dije…de todos modos ese día lo tenía libre.
Por algún motivo de esos que uno no termina de comprender una fuerza irresistible me catapultó, en medio de lagañas y bostezos, fuera del lecho.
Le di unos sorbos a un zumo de papaya que tenía en la nevera y salí a la terraza.
Lo primero que vi al salir era el traje de neopreno y el bañador. -Mhhh, una señal divina, me dije-
Dos minutos después estaba en la calle bajando decididamente la pendiente hacia la playa.
Kayak al hombro empecé a andar hacia la playa. No podía arrastrarlo ya que despertaría a medio Garraf junto con un más que justificado mal humor de algún vecino y algún que otro merecido insulto.
-No podías elegir otra hora más complicada, verdad?- me dije, pero cuando uno tomaba estas decisiones nunca podía echarse atrás sin ver mancillada su masculinidad.
Cuando siento la arena suelto mi pesada carga sobre ella. La verdad que a esa hora su peso se multiplicaba con sus consiguientes efectos.
Miré a mi alrededor, sobre todo hacia el mar. La niebla era tan espesa que el mar era una masa totalmente negra de la cual provenían sonidos que me indicaban que aunque no se viesen, grandes masas de agua se desplazaban acompasadamente.
Comencé a remar dejando la costa cada vez más lejos a la vez que me adentraba en la espesa bruma. Una masa invisible levanta la proa de mi kayak dando uno de esos pantocasos a la nada que tanto me gustan. Más de una vez me preguntaron si no me daba miedo adentrarme en el mar de noche. –Por que habría de tenerlo?-, respondía yo.
Y más o menos siempre me respondían lo mismo –Es que no se ve nada…-
Me dije que la vida es así, un constante adentrarse en lo incierto, intentando disipar en vano las brumas que no nos dejan ver el camino a seguir. Y sin saber nunca a ciencia cierta con que nos toparemos.
Y así seguí remando perdiendo casi la cuenta del tiempo que llevaba haciéndolo. Una luz verde perdida entre las tinieblas me indicaba que un barco navegaba de babor a estribor, lo único que podía ver en esa noche tan espesa.
En ese momento tomé conciencia de que estaba solo en medio de esa noche brumosa. Si me pasara algo nadie se percataría de ello. Miré hacia atrás y unas luces demasiado pálidas me indicaban que el pueblo estaba bien lejos, y que ya era tiempo de dar la vuelta y volver a casa. Y eso hice.
Algo se agitó no muy lejos de mí y me dije que ya sabía que el mediterráneo tenía aún mucha vida, pero que en esas condiciones prefería que obviase manifestarse.
Un viento comenzó a levantarse y una inesperada masa negra me alzó dirigiéndome rápidamente hacia la costa.. Comencé a remar rápido para no caerme y cuando vi la boya ya era muy tarde, intenté tirarme de costado pero el kayak chocó contra ella y sentí como su duro plástico me golpeaba en la espalda.
Mi kayak salió algo antes que yo, que venía detrás, con una mano en la cintura y el remo en la otra. Sin saber si culpar a mis años o a el destino.
Algo dolorido, me tumbo en la arena y me quedo mirando el cielo en silencio. Las estrellas también habían desaparecido detrás de la bruma, pero sabía que allí estaban de todos modos. Una intempestiva carcajada brota de mi boca mientras mis brazos se movían como aspas sobre la arena.
-Las tonterías que uno hace, sólo para saber si aún sigue vivo- me dije
Un perfume de rosas y pinos entró felizmente por la ventana junto con un silencio largo, pausa en la cercana carretera. Debía ser tarde, no se escuchaba ningún coche gastando caucho sobre el asfalto.
Frunciendo el ceño empecé a indagar entre las sábanas sobre el destino de mi móvil. Lo encontré debajo de la almohada.
5:45 a.m., rezaba un pequeño reloj digital en uno de los costados de la pantalla. Ese reloj evidentemente funcionaba bien. Era el otro, mi reloj biológico, el que estaba fallando. Da igual, me dije…de todos modos ese día lo tenía libre.
Por algún motivo de esos que uno no termina de comprender una fuerza irresistible me catapultó, en medio de lagañas y bostezos, fuera del lecho.
Le di unos sorbos a un zumo de papaya que tenía en la nevera y salí a la terraza.
Lo primero que vi al salir era el traje de neopreno y el bañador. -Mhhh, una señal divina, me dije-
Dos minutos después estaba en la calle bajando decididamente la pendiente hacia la playa.
Kayak al hombro empecé a andar hacia la playa. No podía arrastrarlo ya que despertaría a medio Garraf junto con un más que justificado mal humor de algún vecino y algún que otro merecido insulto.
-No podías elegir otra hora más complicada, verdad?- me dije, pero cuando uno tomaba estas decisiones nunca podía echarse atrás sin ver mancillada su masculinidad.
Cuando siento la arena suelto mi pesada carga sobre ella. La verdad que a esa hora su peso se multiplicaba con sus consiguientes efectos.
Miré a mi alrededor, sobre todo hacia el mar. La niebla era tan espesa que el mar era una masa totalmente negra de la cual provenían sonidos que me indicaban que aunque no se viesen, grandes masas de agua se desplazaban acompasadamente.
Comencé a remar dejando la costa cada vez más lejos a la vez que me adentraba en la espesa bruma. Una masa invisible levanta la proa de mi kayak dando uno de esos pantocasos a la nada que tanto me gustan. Más de una vez me preguntaron si no me daba miedo adentrarme en el mar de noche. –Por que habría de tenerlo?-, respondía yo.
Y más o menos siempre me respondían lo mismo –Es que no se ve nada…-
Me dije que la vida es así, un constante adentrarse en lo incierto, intentando disipar en vano las brumas que no nos dejan ver el camino a seguir. Y sin saber nunca a ciencia cierta con que nos toparemos.
Y así seguí remando perdiendo casi la cuenta del tiempo que llevaba haciéndolo. Una luz verde perdida entre las tinieblas me indicaba que un barco navegaba de babor a estribor, lo único que podía ver en esa noche tan espesa.
En ese momento tomé conciencia de que estaba solo en medio de esa noche brumosa. Si me pasara algo nadie se percataría de ello. Miré hacia atrás y unas luces demasiado pálidas me indicaban que el pueblo estaba bien lejos, y que ya era tiempo de dar la vuelta y volver a casa. Y eso hice.
Algo se agitó no muy lejos de mí y me dije que ya sabía que el mediterráneo tenía aún mucha vida, pero que en esas condiciones prefería que obviase manifestarse.
Un viento comenzó a levantarse y una inesperada masa negra me alzó dirigiéndome rápidamente hacia la costa.. Comencé a remar rápido para no caerme y cuando vi la boya ya era muy tarde, intenté tirarme de costado pero el kayak chocó contra ella y sentí como su duro plástico me golpeaba en la espalda.
Mi kayak salió algo antes que yo, que venía detrás, con una mano en la cintura y el remo en la otra. Sin saber si culpar a mis años o a el destino.
Algo dolorido, me tumbo en la arena y me quedo mirando el cielo en silencio. Las estrellas también habían desaparecido detrás de la bruma, pero sabía que allí estaban de todos modos. Una intempestiva carcajada brota de mi boca mientras mis brazos se movían como aspas sobre la arena.
-Las tonterías que uno hace, sólo para saber si aún sigue vivo- me dije
martes, 27 de mayo de 2008
Algo de Mitología
Este es un antiguo mito sumerio (4.000 a.c., aprox) que nos demuestra una vez más, a aquellos que aún nos empecinamos en creer que algo ha cambiado en la condición humana, que estamos totalmente equivocados. Leéanlo, es muy gracioso y por demás interesante.
-¡Hermana, diosa pura que te manifiestas en el cielo! El que llena el establo de ganado, el que fabrica la buena mantequilla, el que facilita carne a los dioses, Dumuzi, a quien ves allí apacentando su rebaño, desea tu corazón . También - y eso ya lo sabes, porque es tu preferido- aquél que se inclina ante los surcos, el que fecunda los canales y las acequias, el que produce cereales y plantas, Enkimdu, también te pretende. Los dos te cortejan, los dos se presentan a tu elección.
Después de estas palabras, Utu intentó aconsejar a Inanna:
-Oh hermana mía, deja que el pastor se case contigo! Por qué, doncella Inanna, no quieres? Escucha: su mantequilla es buena, su leche es buena. Todo lo que el pastor toca con su mano resplandece. ¡Oh Inanna, desposa a Dumuzi! Tú adornada de piedras shuba, ¿por, que no quieres?
Inanna respondió a su hermano Utu:
-El pastor no se casará conmigo, no me envolverá con su manta tosca, su burda lana no me cubrirá. Quien se va a casar conmigo, doncella que soy, será el labrador. El labrador que hace crecer el grano en abundancia para mi mesa.
Dumuzi, el pastor, habiendo oído - pues no se hallaba muy lejos - que la diosa prefería a Enkimdu el rey del dique, del canal y del arado, enterado Dumuzi de las preferencias de Inanna, se enfureció y se puso a hablar en voz alta:
-¡Prefiere al labrador! pero, el labrador, ¿que tiene más que yo?
Prefiere a Enkimdu, el rey del dique, del canal y del arado. ¿Que tiene el labrador más que yo? ¿En qe es superior? Si él me diera su harina negra, yo le daría al labrador mi oveja negra a cambio; si el me diera su harina blanca, y le daría mi oveja blanca a cambio, si él me diera su mejor cerveza, yo le serviría mi exquisita leche Kisim a a cambio; si el me diera su cerveza espesa, yo le serviría mi leche batida a cambio; si él me sirviera su cerveza diluída, y le serviría mi leche U a cambio. Si él me diera su buena planta hahala, yo le daría mi leche itirda a cambio; si él me diera sus habichuelas, yo le daría mis pequeños quesos a cambio. Cuando yo hubiera comido , cuando hubira bebido, le dejaría mi mantequilla sobrante. ¡Más que yo! Que tiene el labrador más que yo?
Terminado su soliloquio, que había sido oído por Inanna, la reina del cielo titubeó en su decisión, ya no le parecía mal el desposarse con un pastor. Incluso, miró a Dumuzi con buenos ojos. Además la gallardía y la juventud de aquél pastor no le desagradaron en absoluto. (cualquier acotación está de más).
Dumuzi, que en todo momento se había creído superior a su oponente, advertido del cambio de criterio operado en Inanna, se alegró, se regocijó frente a los pastos de la orilla del río. Por allí iba apacentando sus ovejas.
Hacia el pastor que caminaba de un lado a otro por la orilla del río, he aquí que se dirigió el labrador, ellabrador Enkimdu.
Dumuzi, el pastor, inició una disputa con Enkimdu, el labrador, el rey del dique, del canal y del arado, en la campiña.
El labrador, que era una divinidad pacífica, anhelante de la cordialidad y de laamistad, no quiso confrontarse con el pastor, sobre todo al ver que Inanna había mudado de opinión. Con tranquilas palabras le dijo:
-Por que debo competir contigo, oh pastor? ¿Por que habría de enfrentarme? deja que tus ovejas coman la hierba de la orilla del río, que tus ovejas coman mis tallos ya crecidos en mi campiña, que coman grano en los resplandecientes campos de Uruk, que sus caritos y corderos beban el agua de mi canal de Isurugal.
Oídas aquellas palabras, Dumuzi le contestó:
-En cuanto a mí, que soy un pastor, quiero que, oh labrador, asistas a mi boda como amigo. ¡Oh labrador Enkimdu, que puedas asitir como amigo a mi boda! ¡Que puedas venir como amigo! ¡Te consideraré un amigo!.
Enkimdu, dirigiéndose a Inanna, le habló en estos términos:
-Joven muchacha. Como regalo de boda te traeré trigo, te traeré habas, te traeré grano gunida de mi ampiña. Te traeré todo lo que sea bueno para ti. Joven Inanna, te voy a traer cebada Tun y judías Sal.
Y así termina este sencillo poema sumerio (lo siento si esperábais un final lleno de trepidante acción, no sería justo el modificarlo) ya que los había más complejos y mejor elaborados, pero por su vigencia me pareció que debía ser desempolvado y por que no, debidamente analizado. Para reflexionar un poco sobre la naturaleza humana y su inmutabilidad ante el paso del tiempo.
DUMUZI Y ENKIMDU

Una de las represetaciones de Inanna-Ishtar, entenderéis luego porque la historia se desarrola de la siguiente manera:
-¡Hermana, diosa pura que te manifiestas en el cielo! El que llena el establo de ganado, el que fabrica la buena mantequilla, el que facilita carne a los dioses, Dumuzi, a quien ves allí apacentando su rebaño, desea tu corazón . También - y eso ya lo sabes, porque es tu preferido- aquél que se inclina ante los surcos, el que fecunda los canales y las acequias, el que produce cereales y plantas, Enkimdu, también te pretende. Los dos te cortejan, los dos se presentan a tu elección.
Después de estas palabras, Utu intentó aconsejar a Inanna:
-Oh hermana mía, deja que el pastor se case contigo! Por qué, doncella Inanna, no quieres? Escucha: su mantequilla es buena, su leche es buena. Todo lo que el pastor toca con su mano resplandece. ¡Oh Inanna, desposa a Dumuzi! Tú adornada de piedras shuba, ¿por, que no quieres?
Inanna respondió a su hermano Utu:
-El pastor no se casará conmigo, no me envolverá con su manta tosca, su burda lana no me cubrirá. Quien se va a casar conmigo, doncella que soy, será el labrador. El labrador que hace crecer el grano en abundancia para mi mesa.
Dumuzi, el pastor, habiendo oído - pues no se hallaba muy lejos - que la diosa prefería a Enkimdu el rey del dique, del canal y del arado, enterado Dumuzi de las preferencias de Inanna, se enfureció y se puso a hablar en voz alta:
-¡Prefiere al labrador! pero, el labrador, ¿que tiene más que yo?
Prefiere a Enkimdu, el rey del dique, del canal y del arado. ¿Que tiene el labrador más que yo? ¿En qe es superior? Si él me diera su harina negra, yo le daría al labrador mi oveja negra a cambio; si el me diera su harina blanca, y le daría mi oveja blanca a cambio, si él me diera su mejor cerveza, yo le serviría mi exquisita leche Kisim a a cambio; si el me diera su cerveza espesa, yo le serviría mi leche batida a cambio; si él me sirviera su cerveza diluída, y le serviría mi leche U a cambio. Si él me diera su buena planta hahala, yo le daría mi leche itirda a cambio; si él me diera sus habichuelas, yo le daría mis pequeños quesos a cambio. Cuando yo hubiera comido , cuando hubira bebido, le dejaría mi mantequilla sobrante. ¡Más que yo! Que tiene el labrador más que yo?
Terminado su soliloquio, que había sido oído por Inanna, la reina del cielo titubeó en su decisión, ya no le parecía mal el desposarse con un pastor. Incluso, miró a Dumuzi con buenos ojos. Además la gallardía y la juventud de aquél pastor no le desagradaron en absoluto. (cualquier acotación está de más).
Dumuzi, que en todo momento se había creído superior a su oponente, advertido del cambio de criterio operado en Inanna, se alegró, se regocijó frente a los pastos de la orilla del río. Por allí iba apacentando sus ovejas.
Hacia el pastor que caminaba de un lado a otro por la orilla del río, he aquí que se dirigió el labrador, ellabrador Enkimdu.
Dumuzi, el pastor, inició una disputa con Enkimdu, el labrador, el rey del dique, del canal y del arado, en la campiña.
El labrador, que era una divinidad pacífica, anhelante de la cordialidad y de laamistad, no quiso confrontarse con el pastor, sobre todo al ver que Inanna había mudado de opinión. Con tranquilas palabras le dijo:
-Por que debo competir contigo, oh pastor? ¿Por que habría de enfrentarme? deja que tus ovejas coman la hierba de la orilla del río, que tus ovejas coman mis tallos ya crecidos en mi campiña, que coman grano en los resplandecientes campos de Uruk, que sus caritos y corderos beban el agua de mi canal de Isurugal.
Oídas aquellas palabras, Dumuzi le contestó:
-En cuanto a mí, que soy un pastor, quiero que, oh labrador, asistas a mi boda como amigo. ¡Oh labrador Enkimdu, que puedas asitir como amigo a mi boda! ¡Que puedas venir como amigo! ¡Te consideraré un amigo!.
Enkimdu, dirigiéndose a Inanna, le habló en estos términos:
-Joven muchacha. Como regalo de boda te traeré trigo, te traeré habas, te traeré grano gunida de mi ampiña. Te traeré todo lo que sea bueno para ti. Joven Inanna, te voy a traer cebada Tun y judías Sal.
Y así termina este sencillo poema sumerio (lo siento si esperábais un final lleno de trepidante acción, no sería justo el modificarlo) ya que los había más complejos y mejor elaborados, pero por su vigencia me pareció que debía ser desempolvado y por que no, debidamente analizado. Para reflexionar un poco sobre la naturaleza humana y su inmutabilidad ante el paso del tiempo.
jueves, 3 de abril de 2008
Susurros de Itaca
La barca de Ulises distaba mucho de ser una arrogante birreme, atracada en las arenas de su pequeña y casi ignorada isla.
El telar de Penélope era un intrincado mundo en donde tejía y deshacía a diario sino y destino de solícitos mortales.
Un día el destino o los ocultos digitadores del mismo los unieron, como si ello, desde hacía muchos años, hubiese estado escrito.
Un enorme disco plateado les brindo su luz para que sus manos y sus labios pudiesen encontrarse.
Y Ulises vió que su humilde y pequeña Itaca podía contener más amor en su bahía del que jamás hubiese podido imaginar.
Y Penélope sintió que su mundo se tambaleaba por completo entre la incertidumbre que nace en lo más profundo y las manos que navegan por la piel.
Y Ulises vió que la arena que cubría esa playa se transformaba en dorado polvo apenas alterado por el hálito de los dioses.
Y el mar en esmeralda líquida, sólo porque los pies de ella habían apartado sus aguas
Y en torno al lecho coronado de estrellas giraron galaxias, se hicieron y deshicieron mundos y ellos siguieron amándose.
Entre el perfume de los naranjos ella recordó su tierra y él logro llegar a su alma.
Y un amor al asedio derribó muros que parecían infranqueables
Pero los dioses amodorrados en su tedio olímpico una vez más no pudieron ser simples espectadores y volvieron a intervenir y el agua de la clepsidra, que parecía haberse detenido entre aquellos parajes, volvió a seguir su cauce.
Una enorme ave vino a buscarla y Ulises, impotente, contempló como le era arrebatada de sus brazos, quedando sólo medio corazón en su pecho.
En un guiño de complicidad Hermés fue su mensajero y ellos, a espaldas de los otros dioses, pudieron seguir amándose.
Al igual que las estrellas pierden su brillo a la distancia el fuego de su amor también se atenuó, mas no se apagó.
El siguió a merced de las mareas en su barca.
Ella siguió tejiendo y destejiendo.
Hasta que la enorme ave volvió para buscarla y esta vez ella no quiso dejarla partir y nuevamente se dejó transportar, simplemente se dejó llevar como la pluma que está a merced de la brisa.
Ella divisó Itaca desde los aires y supo que allí estaba él y como un soplo de aire fresco que agitó las plumas de la gran ave, los recuerdos vividos no hacía mucho tiempo irrumpieron en sus sentidos con una fuerza que no supo o quizás no quiso detener.
El la esperaba, envuelto en un manto de ansiedad y temores. Tal era su inquietud que pidió que lo encadenasen al palo mayor de su nave para no correr dominado por aquella pasión que lo sofocaba.
Cuando se vieron todo lo que había a su alrededor se transformó en un paisaje borroso y
sin definir.
Sólo estaban ellos contemplándose. Pupilas atónitas, espíritus inquietos.
Y sólo fueron ellos tumbados de nuevo en esa playa, sólo separados por el suave aliento del céfiro entre sus rostros, sintiendo como renacía aquello que tan sólo estaba dormido.
Y de nuevo volvieron a brillar las estrellas en torno al lecho, aún con más intensidad que antes.
Y él le ofreció su más intima esencia, que ella aceptó.
Los dioses, quisieron volver a intervenir sembrando la duda y los miedos en ellos.
Pero ellos se anticiparon abriendo todo su ser y liberando aquellos demonios antes de que pudiesen poseerlos.
Y lograron entender la naturaleza de sus temores y supieron que hacer con ellos.
Y con hermosos parajes, mar y mensajeros emplumados como testigos volvieron a soñar juntos y fueron más allá esta vez; y entre tímidos proyectos enmascarados de ilusiones florecieron sus anhelos.
El volvió a coger su barca, más ya no era un madero a la deriva sino que había un rumbo y un sentido en su existencia
Y ella volvió a sentarse en su telar, sabiendo que cuando terminase estarían de nuevo juntos.
Y los dioses se retiraron a sus aposentos en el olimpo, ya nada más tenían por hacer.
Y se dedicaron a contemplar algo que crecía más allá de sus voluntades.
Y en lo más profundo de esas almas libres, que en su fulgor cegaron los ojos de los inmortales.
El telar de Penélope era un intrincado mundo en donde tejía y deshacía a diario sino y destino de solícitos mortales.
Un día el destino o los ocultos digitadores del mismo los unieron, como si ello, desde hacía muchos años, hubiese estado escrito.
Un enorme disco plateado les brindo su luz para que sus manos y sus labios pudiesen encontrarse.
Y Ulises vió que su humilde y pequeña Itaca podía contener más amor en su bahía del que jamás hubiese podido imaginar.
Y Penélope sintió que su mundo se tambaleaba por completo entre la incertidumbre que nace en lo más profundo y las manos que navegan por la piel.
Y Ulises vió que la arena que cubría esa playa se transformaba en dorado polvo apenas alterado por el hálito de los dioses.
Y el mar en esmeralda líquida, sólo porque los pies de ella habían apartado sus aguas
Y en torno al lecho coronado de estrellas giraron galaxias, se hicieron y deshicieron mundos y ellos siguieron amándose.
Entre el perfume de los naranjos ella recordó su tierra y él logro llegar a su alma.
Y un amor al asedio derribó muros que parecían infranqueables
Pero los dioses amodorrados en su tedio olímpico una vez más no pudieron ser simples espectadores y volvieron a intervenir y el agua de la clepsidra, que parecía haberse detenido entre aquellos parajes, volvió a seguir su cauce.
Una enorme ave vino a buscarla y Ulises, impotente, contempló como le era arrebatada de sus brazos, quedando sólo medio corazón en su pecho.
En un guiño de complicidad Hermés fue su mensajero y ellos, a espaldas de los otros dioses, pudieron seguir amándose.
Al igual que las estrellas pierden su brillo a la distancia el fuego de su amor también se atenuó, mas no se apagó.
El siguió a merced de las mareas en su barca.
Ella siguió tejiendo y destejiendo.
Hasta que la enorme ave volvió para buscarla y esta vez ella no quiso dejarla partir y nuevamente se dejó transportar, simplemente se dejó llevar como la pluma que está a merced de la brisa.
Ella divisó Itaca desde los aires y supo que allí estaba él y como un soplo de aire fresco que agitó las plumas de la gran ave, los recuerdos vividos no hacía mucho tiempo irrumpieron en sus sentidos con una fuerza que no supo o quizás no quiso detener.
El la esperaba, envuelto en un manto de ansiedad y temores. Tal era su inquietud que pidió que lo encadenasen al palo mayor de su nave para no correr dominado por aquella pasión que lo sofocaba.
Cuando se vieron todo lo que había a su alrededor se transformó en un paisaje borroso y
sin definir.
Sólo estaban ellos contemplándose. Pupilas atónitas, espíritus inquietos.
Y sólo fueron ellos tumbados de nuevo en esa playa, sólo separados por el suave aliento del céfiro entre sus rostros, sintiendo como renacía aquello que tan sólo estaba dormido.
Y de nuevo volvieron a brillar las estrellas en torno al lecho, aún con más intensidad que antes.
Y él le ofreció su más intima esencia, que ella aceptó.
Los dioses, quisieron volver a intervenir sembrando la duda y los miedos en ellos.
Pero ellos se anticiparon abriendo todo su ser y liberando aquellos demonios antes de que pudiesen poseerlos.
Y lograron entender la naturaleza de sus temores y supieron que hacer con ellos.
Y con hermosos parajes, mar y mensajeros emplumados como testigos volvieron a soñar juntos y fueron más allá esta vez; y entre tímidos proyectos enmascarados de ilusiones florecieron sus anhelos.
El volvió a coger su barca, más ya no era un madero a la deriva sino que había un rumbo y un sentido en su existencia
Y ella volvió a sentarse en su telar, sabiendo que cuando terminase estarían de nuevo juntos.
Y los dioses se retiraron a sus aposentos en el olimpo, ya nada más tenían por hacer.
Y se dedicaron a contemplar algo que crecía más allá de sus voluntades.
Y en lo más profundo de esas almas libres, que en su fulgor cegaron los ojos de los inmortales.
lunes, 25 de febrero de 2008
La savia de mis venas
Soy…un Cardillo
Si…un simple vegetal pequeñito, sencillito…
A veces puedo pinchar y otras, bajo la suela del caminante,
Soy yo mismo montón de nada
Los dioses ni siquiera me han agraciado con la longevidad del baobab
O con el perfume de los jazmines.
Podría pasar casi desapercibido, pero hoy un humano me ha mirado.
Si, un ser de esos, de los favoritos del Olimpo, ha reparado en mi.
Y me ha contemplado, con unos ojos enormes y expresivos.
Me perdí en la inmensidad de sus iris cambiantes
Y en la media luna de su sonrisa seductora
Y mi tiempo, tan efímero, se detuvo.
Uno de sus dedos, tan largos como mi tallo, tocó una de mis hojas.
Sentí su energía entremezclarse con la de mi pequeño y espinoso cuerpecillo
Y la savia comenzó a recorrer todo mi ser vegetal.
Abrió su boca y un hálito fresco hizo temblar mi cuerpo, pero ella no lo notó
Quise enredar mis pequeñas ramitas entre sus dedos, pero mi condición de ser inanimado no me lo permitía.
Quise al menos florecer, pero ni siquiera podía aún.
Y con una sonrisa aún en los labios, se fue
Y yo me quedé, con mis pies en la tierra y mis brazos al sol.
Como agradeciendo a los dioses por ese, y por todos aquellos momentos
Que en su intensa belleza nos han hecho sentir eternos
Si…un simple vegetal pequeñito, sencillito…
A veces puedo pinchar y otras, bajo la suela del caminante,
Soy yo mismo montón de nada
Los dioses ni siquiera me han agraciado con la longevidad del baobab
O con el perfume de los jazmines.
Podría pasar casi desapercibido, pero hoy un humano me ha mirado.
Si, un ser de esos, de los favoritos del Olimpo, ha reparado en mi.
Y me ha contemplado, con unos ojos enormes y expresivos.
Me perdí en la inmensidad de sus iris cambiantes
Y en la media luna de su sonrisa seductora
Y mi tiempo, tan efímero, se detuvo.
Uno de sus dedos, tan largos como mi tallo, tocó una de mis hojas.
Sentí su energía entremezclarse con la de mi pequeño y espinoso cuerpecillo
Y la savia comenzó a recorrer todo mi ser vegetal.
Abrió su boca y un hálito fresco hizo temblar mi cuerpo, pero ella no lo notó
Quise enredar mis pequeñas ramitas entre sus dedos, pero mi condición de ser inanimado no me lo permitía.
Quise al menos florecer, pero ni siquiera podía aún.
Y con una sonrisa aún en los labios, se fue
Y yo me quedé, con mis pies en la tierra y mis brazos al sol.
Como agradeciendo a los dioses por ese, y por todos aquellos momentos
Que en su intensa belleza nos han hecho sentir eternos
martes, 19 de febrero de 2008
Tarjeta de embarque
Fragmentos de tiempo que surgen en nuestras vidas
Sesgando momentos, marcando historias.
Escribiendo finales con un trazo demasiado fuerte como para poder borrarse
Son nubes grises, cargadas de una lluvia que intentamos ver refrescante cuando es más bien ácida.
Lágrimas enturbiando nuestras pupilas
Es como nuestra propia sangre que nos abandona
O como medio corazón, que se corta y vuela
Pero también es cierto que…
No hay separaciones difíciles sin sentimiento
Ni despedidas dolorosas si no hay amor
Sería verdaderamente triste,
Intentar dejar volar a una gaviota
Que jamás tuvo alas.
Sesgando momentos, marcando historias.
Escribiendo finales con un trazo demasiado fuerte como para poder borrarse
Son nubes grises, cargadas de una lluvia que intentamos ver refrescante cuando es más bien ácida.
Lágrimas enturbiando nuestras pupilas
Es como nuestra propia sangre que nos abandona
O como medio corazón, que se corta y vuela
Pero también es cierto que…
No hay separaciones difíciles sin sentimiento
Ni despedidas dolorosas si no hay amor
Sería verdaderamente triste,
Intentar dejar volar a una gaviota
Que jamás tuvo alas.
sábado, 16 de febrero de 2008
La sonrisa de Bayonne
En sus calles estrechas, de casitas casi iguales
En sus tejados salpicados de antenas y de palomas
No supo el sol posarse, durante esos cinco días.
Se dice que sin sol no podemos vivir
Pero mucho más difícil es hacerlo sin sonrisas
Sin ellas son oscuras todas las esquinas y calles del alma.
Y no faltaron las sonrisas, que fueron muchas.
Y no faltaron los besos ni las sábanas calientes, que no fueron pocos.
Pero que nunca son suficientes.
En sus tejados salpicados de antenas y de palomas
No supo el sol posarse, durante esos cinco días.
Se dice que sin sol no podemos vivir
Pero mucho más difícil es hacerlo sin sonrisas
Sin ellas son oscuras todas las esquinas y calles del alma.
Y no faltaron las sonrisas, que fueron muchas.
Y no faltaron los besos ni las sábanas calientes, que no fueron pocos.
Pero que nunca son suficientes.
Un cafe en las ramblas
Afuera hace frío, llueve.
Las luces de la calle se encienden una a una iluminando los rostros.
Rostros sonrosados, rostros negros, rostros oliváceos, amarillos…
Veo gente que viene, gente que va; de alguna parte y a ningún lugar.
Ojos que miran el mismo paisaje de todos los días, ojos que miran lo nuevo.
También los míos lo hacen desde atrás del cristal del bar y de las frías gotas que se deslizan por su perfecta superficie…y trato de entenderlos, de saber que piensan.
Saber que siente la estatua viviente, ya no tan rígida y tiritando de frío al abrigo de un diminuto techo…mientras la pintura chorrea por su rostro.
Una pareja de orientales camina sonriente bajo la lluvia, asombrándose de una flor, de una farola, o de su propia dicha…y me pregunto que sienten…
Algunos ojos en su paso se encuentran con los míos y me miran sin verme, como yo a ellos…y me pregunto que sienten.
Miro al cachorrillo de pelo negro y alborotado que se acurruca en un rincón con su pelo mojado y su cuerpito tembloroso.
Sus ojillos vivaces y expresivos se encuentran con los míos y me pregunto que siente y me digo que quizás y sólo por un instante…los dos sentimos lo mismo.
Las luces de la calle se encienden una a una iluminando los rostros.
Rostros sonrosados, rostros negros, rostros oliváceos, amarillos…
Veo gente que viene, gente que va; de alguna parte y a ningún lugar.
Ojos que miran el mismo paisaje de todos los días, ojos que miran lo nuevo.
También los míos lo hacen desde atrás del cristal del bar y de las frías gotas que se deslizan por su perfecta superficie…y trato de entenderlos, de saber que piensan.
Saber que siente la estatua viviente, ya no tan rígida y tiritando de frío al abrigo de un diminuto techo…mientras la pintura chorrea por su rostro.
Una pareja de orientales camina sonriente bajo la lluvia, asombrándose de una flor, de una farola, o de su propia dicha…y me pregunto que sienten…
Algunos ojos en su paso se encuentran con los míos y me miran sin verme, como yo a ellos…y me pregunto que sienten.
Miro al cachorrillo de pelo negro y alborotado que se acurruca en un rincón con su pelo mojado y su cuerpito tembloroso.
Sus ojillos vivaces y expresivos se encuentran con los míos y me pregunto que siente y me digo que quizás y sólo por un instante…los dos sentimos lo mismo.
Contra el viento
Como una gaviota que vuela contra el viento,
Intento llegar a ti, como flotando.
Un viaje que se me antoja eterno
A un universo extraño y tentador
Más una cálida brisa me eleva
Quizá sean esos labios al abrirse,
Musitando palabras que no comprendo.
Pero la brisa desaparece y un viento frío asota mi plumaje
Es la realidad que me aleja de ti
Más no me importa
Esta noche, en la calidez de mi nido,
Mis sueños me darán alas tan fuertes que ningún viento me detendrá.
Y por un onírico instante que me valdrá por una eternidad,
Tu boca se fundirá con la mía,
Y desearé no despertar jamás.
Intento llegar a ti, como flotando.
Un viaje que se me antoja eterno
A un universo extraño y tentador
Más una cálida brisa me eleva
Quizá sean esos labios al abrirse,
Musitando palabras que no comprendo.
Pero la brisa desaparece y un viento frío asota mi plumaje
Es la realidad que me aleja de ti
Más no me importa
Esta noche, en la calidez de mi nido,
Mis sueños me darán alas tan fuertes que ningún viento me detendrá.
Y por un onírico instante que me valdrá por una eternidad,
Tu boca se fundirá con la mía,
Y desearé no despertar jamás.
Solo
Cuando la ví en aquella fiesta, nada más existió a mi alrededor. Sentía que mis ocasionales competidores zumbaban como moscas en mis oídos y las demás personas sólo eran parte de un decorado.
Y terminamos en aquel balcón, debajo de la lluvia, sin notar que nos mojábamos.
Y allí nos besamos.
Unos labios que no olvidaré susurraron un "quiero dormir contigo" y nuestras manos se enlazaron para huir de allí.
Pasos y besos debajo de la fría lluvia, que se evaporaba antes de tocar nuestros cuerpos. Era casi imposible avanzar en ese entrelazarse y unirse de manos ansiosas y ávidos labios.
Después de un eterno viaje llegamos a casa, nuestros cuerpos eran dos volcanes que erupcionaban deseo.
Y lo inevitable sucedió.
Los días pasaron y nuestros cuerpos siguieron buscándose. Sus labios pronunciaban palabras hermosas y mis ojos reflejaban sueños y deseos hace tiempo sepultados en el desierto de mi corazón.
Pero un día, aquel temido gusanillo de la duda, o quizás aquella invisible y gélida agua que apaga los deseos más irreprimibles, cayó sobre ella.
Y nunca más, ni sus besos, ni su mirada dulce de enamorada que no entiende los dictámenes de su corazón, ni sus labios insaciables, ni el dulce perfume de su piel...
Sólo un adiós, que se me antojó incomprensible como todo aquello a lo que no nos resignamos a aceptar.
Y aquel sabor amargo,
De lo que creemos haber perdido para siempre.
Y terminamos en aquel balcón, debajo de la lluvia, sin notar que nos mojábamos.
Y allí nos besamos.
Unos labios que no olvidaré susurraron un "quiero dormir contigo" y nuestras manos se enlazaron para huir de allí.
Pasos y besos debajo de la fría lluvia, que se evaporaba antes de tocar nuestros cuerpos. Era casi imposible avanzar en ese entrelazarse y unirse de manos ansiosas y ávidos labios.
Después de un eterno viaje llegamos a casa, nuestros cuerpos eran dos volcanes que erupcionaban deseo.
Y lo inevitable sucedió.
Los días pasaron y nuestros cuerpos siguieron buscándose. Sus labios pronunciaban palabras hermosas y mis ojos reflejaban sueños y deseos hace tiempo sepultados en el desierto de mi corazón.
Pero un día, aquel temido gusanillo de la duda, o quizás aquella invisible y gélida agua que apaga los deseos más irreprimibles, cayó sobre ella.
Y nunca más, ni sus besos, ni su mirada dulce de enamorada que no entiende los dictámenes de su corazón, ni sus labios insaciables, ni el dulce perfume de su piel...
Sólo un adiós, que se me antojó incomprensible como todo aquello a lo que no nos resignamos a aceptar.
Y aquel sabor amargo,
De lo que creemos haber perdido para siempre.
La Leyenda del Ogur (cuento)

Desparramados alrededor de su camita se hallaban algunos de sus juguetes preferidos. Soldados futuristas con fusiles protónicos se enfrentaban a tiranosaurios de articuladas fauces, caótica imagen junto a la autopista del scalecxtric.
Pero allá en lo alto, como dominando la escena desde un puesto por demás privilegiado, una informe criatura de plastilina se hallaba en la atalaya conformada por la mesita de luz de Carlitos.
El padre se acercó, besó la frente del niño, lo tapó y apagó la luz. Antes de cerrar la puerta de la habitación se detuvo a contemplar por unos segundos a la criatura de plastilina.
La débil luz que provenía del pasillo proyectaba una sombra que imbuía a la criatura de características ciclópeas.
Curiosamente, la impresión que causaba era más bien de protección, como si velara por el sueño del niño.
La puerta de la habitación se cerró suavemente. El cuarto quedó sumido en las sombras.
La mañana comenzó con aroma a chocolate y la promesa de un delicioso bizcocho que parecía estar gestándose en el horno.
La lejana voz de su madre llamándolo desde la cocina no hubiera sido suficiente para decidirlo a levantarse sin el incentivo de esas delicias.
Se sentó en la silla y puso al lado del tazón de chocolate a su informe amigo, afirmando sus maleables patas al vinilo del mantel.
-Que es eso que has hecho? -preguntó Cristina, su madre
-Es Ogur
-Como has dicho? Ogur? Porque le has puesto ese nombre tan raro, es vasco? Jeje..
-A mi me suena a otra cosa- dijo Ramón, el padre, mientras cogía un yogur de la nevera.
-Yo no le puse ese nombre- terció Carlitos algo ofuscado, mientras hundía su morro en el chocolate.
-Bueno hijo, coge la mochila que la escuela te espera! –dijo Ramón mientras cogía las llaves del coche. -Por cierto, este fin de semana te quedarás con tu abuela Lola ya que nos vamos a navegar con unos amigos, te portarás bien?
-Me hará bizcocho?
-Se puede esperar menos de la abuela?
-Bieeeennn!!!!!!! –exclamó Carlitos mientras pillaba su mochila.
La abuela entró en la casa con su amplia sonrisa y su bolso sospechosamente cargado. Carlitos corrió a abrazarla para a los pocos segundos desviar su atención hacia el abultado bolso.
-Chuches!!
-Si, pero son para después de comer!. Y mira a ver si encuentras algo más en ese bolso, parece que hay algo grande, (dijo su abuela a la vez que le guiñaba un ojo)
El niño abrió el bolso, del cual afloró una generosa bolsa que contenía dulces variados en color y sabores. Pero lo bueno estaba debajo de esas delicias. Sus ojos se abrieron como platos, a la vez que una entrecortada expresión denotaba su asombro. La bolsa cayó al suelo como la cáscara de un plátano, quedando en sus manos la reluciente caja. “Maximised Robotron” rezaban unas letras fulgurantes, pero más aún brillaban los ojos del asombrado Carlitos.
-Es…es el Robotrón!!! Gracias, abuelita! nunca pensé que lo tendría!
-Ostras!! A ver hijo que cosa más increíble ha traído la abuelita?
--el padre comenzó a leer la caja—Robotrón camina, salta, nada, trepa, baila salsa, canta canciones en japonés, reconoce tu voz, coge cosas…increíble, no sabía que existían tales cosas fuera de las pelis de ciencia ficción!
-Pero no hace los deberes- agregó la madre frunciendo el ceño. Pero bueno, ahora puedes abrir la caja si quieres, veamos lo que puede hacer este muchacho!.
En pocos minutos, Carlitos, por medio de un mando, dominaba a Robotrón casi a la perfección, y en un alarde de destreza hasta logró que trepase a la silla para coger un Donut de la mesa para traérselo al mismo Carlitos.
-Vaya, parece que os entendéis muy bien! -Dijo la madre.
-Es lo que yo llamo una sociedad perfecta--agregó Ramón- Bueno, debemos irnos, que nos esperan en el puerto…pórtate bien con la abuelita, eh?.
Besos y abrazos de despedida y una puerta que se cierra para dejar solos a Carlitos y a su abuela.
-Bueno, mientras juegas con tu nuevo amigo yo empezaré a preparar el almuerzo. Que te parecen unas milanesas con puré?
-Que rico, abuelita! -exclamó el niño mientras manipulaba el mando en busca de nuevas funciones del habilidoso robot.
Mira, puede correr también!!!
Robotrón daba grandes zancadas, cruzando el comedor en dirección al jardín, hasta que tropezó con algo que lo hizo dar una voltereta en el aire, para terminar pataleando en el suelo.
-Se ha caído! –exclamó Carlitos.
-Claro, no deberías dejar esta bola de plastilina aquí en el suelo ya que alguien podría caerse- lo reprendió su abuela al tiempo que se agachaba a coger la informe figura que estaba parada sobre el cerámico.
-No abuela, no es una bola de plastilina.- terció muy serio Carlitos- Y no la dejé allí…
-Y que es? Dijo la abuela a la vez que estudiaba la figurilla.
-Es el Ogur.
-Vaya nombre, y porque no le has hecho ojos, boca, nariz…
-No se, él es así, no tiene nada de eso.-Dijo Carlitos levantando sus hombros-
-Ahhh vale…pero como va a comer u oler estas ricas milanesas que están saliendo del horno?. La ígnea prisión liberaba unas tentadoras milanesas de incomparable manufactura, a las que el niño no perdía de vista en su trayectoria.
Después de comer y a la sombra del viejo olivo del jardín, Carlitos se dedicó, a regañadientes, a hacer su tarea y su abuela a leer una revista de actualidad.
El día transcurrió como tantos otros de cualquier familia en un fin de semana. La noche llegó con los cantos de los grillos y una fresca brisa marítima.
Los cuentos para dormir de la abuela eran infaltables en sus visitas. Su padre contaba historias plagadas de aventuras, pero el niño no se dormía nunca sin que ella le contase alguno.
El cuento no había terminado y el niño ya estaba dormido. “Mi niño está cansado, estuvo todo el día jugando con su nuevo juguete" -se dijo la abuela. Y se dispuso a arroparlo para ir ella a ver un rato la tele antes de dormir.
Cuando estaba por cerrar la puerta del cuarto de Carlitos, miró por última vez al niño. “es idéntico a su padre”, se dijo, y fue allí que reparó en que la tenue luz que entraba en la habitación e iluminaba débilmente su carita proyectaba una enorme sombra sobre la figura de plastilina, que se hallaba erguida en la mesita de luz. La sombra parecía estar abrazando al niño, como protegiéndolo. La imagen proyectada resultaba demasiado grande en relación a la figura, se dijo, pero serían fantasías suyas.
Y fue allí que recordó.
El fin de semana con la abuela ya finalizaba, los padres de Carlitos llegaron justo para la merienda y todos se sentaron a la mesa alrededor de los últimos vestigios de bizcocho.
-Que tal lo pasaron? – dijo la abuela-
-Estuvo entretenido, al menos creo que nos relajamos bastante verdad? Dijo el padre mirando a esposa.
-Si, aunque vosotros los hombres…no se como podéis hablar todo el tiempo de economía…finanzas…que aburridos sois!
-Es de lo que hablamos los hombres de negocios, amor…además…(una risilla le sobrevino intempestivamente) no sólo hablamos de eso, a mi amigo se le da ahora por creer en la existencia de monstruos marinos.
Los ojos de Carlitos se abrieron desmesuradamente- Monstruos marinos!! – exclamó.
-Antes creías en ellos- dijo su madre.
-Si, y en el hombre lobo, la momia y en otros personajes que vienen en fechas especiales y ...ay! (Cristina le dio un patadón por debajo de la mesa que logró callarlo)
-Sin embargo…(terció la abuela) veo que no has olvidado del todo a tus amigos de la infancia, que ahora vienen a visitarlo a Carlitos, (agregó señalándolo al ser de plastilina que se erguía junto a la taza de chocolate del niño).
-Pues…no se lo he hecho yo, no recordaba que jugase con muñecos de plastilina.
-Si lo hacías, además lo llamabas de la misma manera…Mogur…Togur…
-Ogur (corrigió Carlitos)
-Eso! (dijo la abuela) como es que no lo recuerdas?
-Eh…mamá…era muy pequeño y la verdad ya no tengo espacio para esos recuerdos en mi cabeza, otros asuntos algo más importantes requieren la actividad de mis neuronas. Es lo que pasa cuando crecemos (agregó Ramón irónicamente)
-Pues que pena que perdáis el niño para siempre, lo necesitamos, sabes? El stress, y tu sabes bien que es eso porque te acompaña todos los días de la semana, no puede enfrentarse a un corazón joven que aún puede sentir un poco de fantasía. No se trata de que seas infantil, o de que no madures nunca, sino de que jamás pierdas ese atadito de sueños e ilusiones que siempre cargaste de niño, y que tan feliz te hacían.
Ramón abrió la boca pero se quedó callado, pensativo. Su madre, sonriendo, sólo se limitó a hundir un trozo de biscocho en el café con leche y agregó:
-Esta vieja aún dice cosas coherentes.
-Para mi no eres vieja, abuelita! dijo Carlitos.
-Si que te has ganado ese Robot, eh? …todos rieron
Después de merendar llegó el momento de despedirse de la abuela. Besos y abrazos en el porche de la casa y la promesa de una pronta visita sellaron la partida.
-Ramón abrazó a su madre con fuerza, la miró a los ojos como hacía mucho tiempo que no lo hacía y dejó escapar dos palabras: “Gracias mamá”
-No tienes que agradecérmelo, ya sabes que disfruto de la compañía de mi nietito…
-Lo sé…pero no sólo lo decía por eso.
La noche cayó sobre el pueblo costero como tantas otras
de primavera. Suavemente rojos y azules se entremezclaron hasta que los primeros desaparecieron. Un enorme disco plateado y redondo iluminó con su tenue luz la montaña.
Carlitos dormía plácidamente envuelto en plácidos sueños, el matrimonio estaba leyendo en la cama.
-Mi amor…estuve pensando en lo que dijo hoy mi madre –dijo Ramón-
-Acerca de eso de que no hay que perder las fantasías?
-Si…como puede ser que olvidemos todo aquello que de pequeños era tan importante para nosotros? En verdad no recordaba nada de cuando jugaba con ese muñeco de plastilina, al igual que lo hace Carlitos hoy día. Sabes que, aunque parezca un poco tonto se me ha ocurrido buscar en esta enciclopedia (sopesó el grueso volumen que tenía entre sus manos) la palabra Ogur y para mi sorpresa mira lo que he encontrado:
“Ogur: (Oguranni-acadio //Ogurion-griego//Ogursk-Danés)
Criatura imaginaria, de aspecto humanoide y enormes proporciones, sin ojos, boca, nariz, dedos o pies. Sus orígenes conocidos se remontan al imaginario infantil acadio (2200-2000 a.c.) por lo que se deduce de unas tablillas halladas en la biblioteca de Assurbanipal en Nínive (800 a.c.) y que son copias de una leyenda cuyos orígenes se pierde en las brumas del tiempo. Este mito, como otros, se ha ido transmitiendo por el mundo antiguo y adaptando a las distintas culturas, aunque todas lo presenten como propio. Aunque algunos investigadores como el psicólogo Karl Gustav Trunk , incansable estudioso de mitos y creencias y de su influencia en las diferentes culturas opina que “Los niños necesitan de alguien o “algo” que comprenda su mundo, se integre en él y por sobre todo los proteja y los entienda. Por eso, niños de diferentes y distantes culturas han coincidido en imaginar una criatura simple, sin rasgos definidos, que se aleje de lo humano pero no lo suficiente como para…deshumanizarse. Diferencias notables en el tiempo y el espacio hacen casi impensable que esta pueda ser una creencia común transmitida de pueblo en pueblo, pero todas las dudas comienzan a diluirse ante la maravillosa manifestación del potencial de nuestro inconsciente colectivo que representa, en este caso, la sola mención de un nombre: Ogur.”
Ramón cerró el libro y se quedó en silencio, pensativo.
-Que increíble, no cariño? –dijo Cristina- tú realmente crees que puede ser posible? Digo…no se…que tantos niños de distintas épocas y lugares diferentes coincidan en algo tan particular? Eso del inconsciente colectivo no me termina de cerrar, pero que exista un bicho así…eso, bueno…prefiero creer lo primero…
-De una manera, o de otra, no deja de ser increíble…lo que decía hoy mi madre…yo también creía en la existencia de ese ser…como puede uno olvidar esas cosas?
Un viento repentino abrió las ventanas de par en par, sacudiendo las sábanas
-Que frío! No has cerrado bien esa ventana…cierra, cierra!
-Ya voy amor, que no es para tanto…dijo Ramón levantándose.
Cuando llegó a la ventana, la luna, enorme y plateada, jugaba desde lo alto con las luces y las sombras que creaba entre los árboles y la montaña. Cuanto hacía que no reparaba en algo tan simple, tan hermoso?
Cerró los ojos por un instante de esos que no se pueden medir y sintió el aroma de los pinos, la fresca brisa del mar…pero ya no venían de fuera, sino de su interior.
Abrió sus ojos y lo vió, enorme e informe, una silenciosa sombra que en la distancia se movía lentamente entre los árboles y de pronto se detuvo. Se giró lentamente, al ritmo de los pinos mecidos por el viento y le miró desde su cabeza sin ojos.
Y le sonrió, desde su rostro sin boca.
Ramón también sonrió, y una lágrima huidiza rodó por su mejilla.
-Por dios, por que no cierras? Hace frío, Ramón! Que miras?
-Nada…simplemente…algo que siempre estuvo allí y…yo no podía ver.
Cerró lentamente la ventana, apagó la luz y se metió en la cama.
Abrazó a su esposa y sintió el reconfortante calor de su cuerpo.
Sus ojos comenzaron a cerrarse y otra calidez comenzó a envolverle.
La de los más dulces recuerdos de su niñez.
Pero allá en lo alto, como dominando la escena desde un puesto por demás privilegiado, una informe criatura de plastilina se hallaba en la atalaya conformada por la mesita de luz de Carlitos.
El padre se acercó, besó la frente del niño, lo tapó y apagó la luz. Antes de cerrar la puerta de la habitación se detuvo a contemplar por unos segundos a la criatura de plastilina.
La débil luz que provenía del pasillo proyectaba una sombra que imbuía a la criatura de características ciclópeas.
Curiosamente, la impresión que causaba era más bien de protección, como si velara por el sueño del niño.
La puerta de la habitación se cerró suavemente. El cuarto quedó sumido en las sombras.
La mañana comenzó con aroma a chocolate y la promesa de un delicioso bizcocho que parecía estar gestándose en el horno.
La lejana voz de su madre llamándolo desde la cocina no hubiera sido suficiente para decidirlo a levantarse sin el incentivo de esas delicias.
Se sentó en la silla y puso al lado del tazón de chocolate a su informe amigo, afirmando sus maleables patas al vinilo del mantel.
-Que es eso que has hecho? -preguntó Cristina, su madre
-Es Ogur
-Como has dicho? Ogur? Porque le has puesto ese nombre tan raro, es vasco? Jeje..
-A mi me suena a otra cosa- dijo Ramón, el padre, mientras cogía un yogur de la nevera.
-Yo no le puse ese nombre- terció Carlitos algo ofuscado, mientras hundía su morro en el chocolate.
-Bueno hijo, coge la mochila que la escuela te espera! –dijo Ramón mientras cogía las llaves del coche. -Por cierto, este fin de semana te quedarás con tu abuela Lola ya que nos vamos a navegar con unos amigos, te portarás bien?
-Me hará bizcocho?
-Se puede esperar menos de la abuela?
-Bieeeennn!!!!!!! –exclamó Carlitos mientras pillaba su mochila.
La abuela entró en la casa con su amplia sonrisa y su bolso sospechosamente cargado. Carlitos corrió a abrazarla para a los pocos segundos desviar su atención hacia el abultado bolso.
-Chuches!!
-Si, pero son para después de comer!. Y mira a ver si encuentras algo más en ese bolso, parece que hay algo grande, (dijo su abuela a la vez que le guiñaba un ojo)
El niño abrió el bolso, del cual afloró una generosa bolsa que contenía dulces variados en color y sabores. Pero lo bueno estaba debajo de esas delicias. Sus ojos se abrieron como platos, a la vez que una entrecortada expresión denotaba su asombro. La bolsa cayó al suelo como la cáscara de un plátano, quedando en sus manos la reluciente caja. “Maximised Robotron” rezaban unas letras fulgurantes, pero más aún brillaban los ojos del asombrado Carlitos.
-Es…es el Robotrón!!! Gracias, abuelita! nunca pensé que lo tendría!
-Ostras!! A ver hijo que cosa más increíble ha traído la abuelita?
--el padre comenzó a leer la caja—Robotrón camina, salta, nada, trepa, baila salsa, canta canciones en japonés, reconoce tu voz, coge cosas…increíble, no sabía que existían tales cosas fuera de las pelis de ciencia ficción!
-Pero no hace los deberes- agregó la madre frunciendo el ceño. Pero bueno, ahora puedes abrir la caja si quieres, veamos lo que puede hacer este muchacho!.
En pocos minutos, Carlitos, por medio de un mando, dominaba a Robotrón casi a la perfección, y en un alarde de destreza hasta logró que trepase a la silla para coger un Donut de la mesa para traérselo al mismo Carlitos.
-Vaya, parece que os entendéis muy bien! -Dijo la madre.
-Es lo que yo llamo una sociedad perfecta--agregó Ramón- Bueno, debemos irnos, que nos esperan en el puerto…pórtate bien con la abuelita, eh?.
Besos y abrazos de despedida y una puerta que se cierra para dejar solos a Carlitos y a su abuela.
-Bueno, mientras juegas con tu nuevo amigo yo empezaré a preparar el almuerzo. Que te parecen unas milanesas con puré?
-Que rico, abuelita! -exclamó el niño mientras manipulaba el mando en busca de nuevas funciones del habilidoso robot.
Mira, puede correr también!!!
Robotrón daba grandes zancadas, cruzando el comedor en dirección al jardín, hasta que tropezó con algo que lo hizo dar una voltereta en el aire, para terminar pataleando en el suelo.
-Se ha caído! –exclamó Carlitos.
-Claro, no deberías dejar esta bola de plastilina aquí en el suelo ya que alguien podría caerse- lo reprendió su abuela al tiempo que se agachaba a coger la informe figura que estaba parada sobre el cerámico.
-No abuela, no es una bola de plastilina.- terció muy serio Carlitos- Y no la dejé allí…
-Y que es? Dijo la abuela a la vez que estudiaba la figurilla.
-Es el Ogur.
-Vaya nombre, y porque no le has hecho ojos, boca, nariz…
-No se, él es así, no tiene nada de eso.-Dijo Carlitos levantando sus hombros-
-Ahhh vale…pero como va a comer u oler estas ricas milanesas que están saliendo del horno?. La ígnea prisión liberaba unas tentadoras milanesas de incomparable manufactura, a las que el niño no perdía de vista en su trayectoria.
Después de comer y a la sombra del viejo olivo del jardín, Carlitos se dedicó, a regañadientes, a hacer su tarea y su abuela a leer una revista de actualidad.
El día transcurrió como tantos otros de cualquier familia en un fin de semana. La noche llegó con los cantos de los grillos y una fresca brisa marítima.
Los cuentos para dormir de la abuela eran infaltables en sus visitas. Su padre contaba historias plagadas de aventuras, pero el niño no se dormía nunca sin que ella le contase alguno.
El cuento no había terminado y el niño ya estaba dormido. “Mi niño está cansado, estuvo todo el día jugando con su nuevo juguete" -se dijo la abuela. Y se dispuso a arroparlo para ir ella a ver un rato la tele antes de dormir.
Cuando estaba por cerrar la puerta del cuarto de Carlitos, miró por última vez al niño. “es idéntico a su padre”, se dijo, y fue allí que reparó en que la tenue luz que entraba en la habitación e iluminaba débilmente su carita proyectaba una enorme sombra sobre la figura de plastilina, que se hallaba erguida en la mesita de luz. La sombra parecía estar abrazando al niño, como protegiéndolo. La imagen proyectada resultaba demasiado grande en relación a la figura, se dijo, pero serían fantasías suyas.
Y fue allí que recordó.
El fin de semana con la abuela ya finalizaba, los padres de Carlitos llegaron justo para la merienda y todos se sentaron a la mesa alrededor de los últimos vestigios de bizcocho.
-Que tal lo pasaron? – dijo la abuela-
-Estuvo entretenido, al menos creo que nos relajamos bastante verdad? Dijo el padre mirando a esposa.
-Si, aunque vosotros los hombres…no se como podéis hablar todo el tiempo de economía…finanzas…que aburridos sois!
-Es de lo que hablamos los hombres de negocios, amor…además…(una risilla le sobrevino intempestivamente) no sólo hablamos de eso, a mi amigo se le da ahora por creer en la existencia de monstruos marinos.
Los ojos de Carlitos se abrieron desmesuradamente- Monstruos marinos!! – exclamó.
-Antes creías en ellos- dijo su madre.
-Si, y en el hombre lobo, la momia y en otros personajes que vienen en fechas especiales y ...ay! (Cristina le dio un patadón por debajo de la mesa que logró callarlo)
-Sin embargo…(terció la abuela) veo que no has olvidado del todo a tus amigos de la infancia, que ahora vienen a visitarlo a Carlitos, (agregó señalándolo al ser de plastilina que se erguía junto a la taza de chocolate del niño).
-Pues…no se lo he hecho yo, no recordaba que jugase con muñecos de plastilina.
-Si lo hacías, además lo llamabas de la misma manera…Mogur…Togur…
-Ogur (corrigió Carlitos)
-Eso! (dijo la abuela) como es que no lo recuerdas?
-Eh…mamá…era muy pequeño y la verdad ya no tengo espacio para esos recuerdos en mi cabeza, otros asuntos algo más importantes requieren la actividad de mis neuronas. Es lo que pasa cuando crecemos (agregó Ramón irónicamente)
-Pues que pena que perdáis el niño para siempre, lo necesitamos, sabes? El stress, y tu sabes bien que es eso porque te acompaña todos los días de la semana, no puede enfrentarse a un corazón joven que aún puede sentir un poco de fantasía. No se trata de que seas infantil, o de que no madures nunca, sino de que jamás pierdas ese atadito de sueños e ilusiones que siempre cargaste de niño, y que tan feliz te hacían.
Ramón abrió la boca pero se quedó callado, pensativo. Su madre, sonriendo, sólo se limitó a hundir un trozo de biscocho en el café con leche y agregó:
-Esta vieja aún dice cosas coherentes.
-Para mi no eres vieja, abuelita! dijo Carlitos.
-Si que te has ganado ese Robot, eh? …todos rieron
Después de merendar llegó el momento de despedirse de la abuela. Besos y abrazos en el porche de la casa y la promesa de una pronta visita sellaron la partida.
-Ramón abrazó a su madre con fuerza, la miró a los ojos como hacía mucho tiempo que no lo hacía y dejó escapar dos palabras: “Gracias mamá”
-No tienes que agradecérmelo, ya sabes que disfruto de la compañía de mi nietito…
-Lo sé…pero no sólo lo decía por eso.
La noche cayó sobre el pueblo costero como tantas otras
de primavera. Suavemente rojos y azules se entremezclaron hasta que los primeros desaparecieron. Un enorme disco plateado y redondo iluminó con su tenue luz la montaña.
Carlitos dormía plácidamente envuelto en plácidos sueños, el matrimonio estaba leyendo en la cama.
-Mi amor…estuve pensando en lo que dijo hoy mi madre –dijo Ramón-
-Acerca de eso de que no hay que perder las fantasías?
-Si…como puede ser que olvidemos todo aquello que de pequeños era tan importante para nosotros? En verdad no recordaba nada de cuando jugaba con ese muñeco de plastilina, al igual que lo hace Carlitos hoy día. Sabes que, aunque parezca un poco tonto se me ha ocurrido buscar en esta enciclopedia (sopesó el grueso volumen que tenía entre sus manos) la palabra Ogur y para mi sorpresa mira lo que he encontrado:
“Ogur: (Oguranni-acadio //Ogurion-griego//Ogursk-Danés)
Criatura imaginaria, de aspecto humanoide y enormes proporciones, sin ojos, boca, nariz, dedos o pies. Sus orígenes conocidos se remontan al imaginario infantil acadio (2200-2000 a.c.) por lo que se deduce de unas tablillas halladas en la biblioteca de Assurbanipal en Nínive (800 a.c.) y que son copias de una leyenda cuyos orígenes se pierde en las brumas del tiempo. Este mito, como otros, se ha ido transmitiendo por el mundo antiguo y adaptando a las distintas culturas, aunque todas lo presenten como propio. Aunque algunos investigadores como el psicólogo Karl Gustav Trunk , incansable estudioso de mitos y creencias y de su influencia en las diferentes culturas opina que “Los niños necesitan de alguien o “algo” que comprenda su mundo, se integre en él y por sobre todo los proteja y los entienda. Por eso, niños de diferentes y distantes culturas han coincidido en imaginar una criatura simple, sin rasgos definidos, que se aleje de lo humano pero no lo suficiente como para…deshumanizarse. Diferencias notables en el tiempo y el espacio hacen casi impensable que esta pueda ser una creencia común transmitida de pueblo en pueblo, pero todas las dudas comienzan a diluirse ante la maravillosa manifestación del potencial de nuestro inconsciente colectivo que representa, en este caso, la sola mención de un nombre: Ogur.”
Ramón cerró el libro y se quedó en silencio, pensativo.
-Que increíble, no cariño? –dijo Cristina- tú realmente crees que puede ser posible? Digo…no se…que tantos niños de distintas épocas y lugares diferentes coincidan en algo tan particular? Eso del inconsciente colectivo no me termina de cerrar, pero que exista un bicho así…eso, bueno…prefiero creer lo primero…
-De una manera, o de otra, no deja de ser increíble…lo que decía hoy mi madre…yo también creía en la existencia de ese ser…como puede uno olvidar esas cosas?
Un viento repentino abrió las ventanas de par en par, sacudiendo las sábanas
-Que frío! No has cerrado bien esa ventana…cierra, cierra!
-Ya voy amor, que no es para tanto…dijo Ramón levantándose.
Cuando llegó a la ventana, la luna, enorme y plateada, jugaba desde lo alto con las luces y las sombras que creaba entre los árboles y la montaña. Cuanto hacía que no reparaba en algo tan simple, tan hermoso?
Cerró los ojos por un instante de esos que no se pueden medir y sintió el aroma de los pinos, la fresca brisa del mar…pero ya no venían de fuera, sino de su interior.
Abrió sus ojos y lo vió, enorme e informe, una silenciosa sombra que en la distancia se movía lentamente entre los árboles y de pronto se detuvo. Se giró lentamente, al ritmo de los pinos mecidos por el viento y le miró desde su cabeza sin ojos.
Y le sonrió, desde su rostro sin boca.
Ramón también sonrió, y una lágrima huidiza rodó por su mejilla.
-Por dios, por que no cierras? Hace frío, Ramón! Que miras?
-Nada…simplemente…algo que siempre estuvo allí y…yo no podía ver.
Cerró lentamente la ventana, apagó la luz y se metió en la cama.
Abrazó a su esposa y sintió el reconfortante calor de su cuerpo.
Sus ojos comenzaron a cerrarse y otra calidez comenzó a envolverle.
La de los más dulces recuerdos de su niñez.
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