jueves, 5 de febrero de 2009

El Centinela


Entre los colores que se entremezclaban en el movedizo cuadro que se pintaba en la ventanilla del tren, de pronto dominó un intenso azul verdoso. Quizás fue eso lo que me decidió a bajar en aquella estación, cuyo nombre, que se me antojó bastante extraño, había sido anunciado unos minutos antes por una amable locución.
Toda una vida rodeado por el cruel cemento de una infinita ciudad había amodorrado mi sensibilidad hacia la naturaleza. Quizás por eso cuando me tumbé en la arena y llené mis pulmones de aire marítimo y endulcé mis oídos con una de las melodías más maravillosas que la naturaleza ha compuesto, me dije que en ese instante mi felicidad era perfecta.
Dejé vagar mi mirada por el entorno. Unas casitas verdes y blancas que miraban hacia el mar me deleitaron por su simpleza y originalidad. Pero a tan sólo unos metros de allí las vías del tren y su interminable red de cables y acero me daban la sensación de que el pueblo hubiese sido abierto en canal y sus venas expuestas al cielo. Fui incluso algo más lejos e imaginé a aquél lugar como un organismo vivo, como el cuerpo de un guerrero marcado por las cicatrices de mil batallas. El tren, la carretera y la autopista lo seccionaban violentamente, pero aún así me parecía tan fuerte y lleno de vida como si jamás hubiese sido tocado. Las montañas parecían circundar aquél pueblo de casitas blancas como conteniéndolo y a la vez aislándolo del resto del mundo, quizás para protegerlo.
Podría haber seguido divagando aún más tiempo, pero sentía un llamado al cual no podía desatender. Esas aguas de color esmeralda eran demasiado tentadoras así que no me resistí más y me adentré en ellas, agradeciendo el frío del mar de primavera ya que me hacía sentir aún más vivo. Después de haber nadado unos minutos miré hacia la costa y observé con cierta sorpresa que desde allí podía abarcar con mi vista todo el pueblo sin la más mínima dificultad. El blanco de las casas contrastaba con la vegetación de las montañas, fortalecida por un prolongado período de recientes lluvias. Pero había algo que no parecía pertenecer a aquél lugar. Más atrás, las montañas dejaban de lucir su verdor y se mostraban desnudas, sin el más mínimo vestigio de vida. Noté que faltaba gran parte de lo que había sido la montaña en un principio, más bien era como si una bestia, hambrienta y gigantesca, le hubiese dado una brutal dentellada desgarrándole las entrañas.
Comencé a estremecerme, quise creer que fue por el frío y emprendí la vuelta hacia la orilla. Ya envuelto en mi toalla reparé en la montaña que marcaba el límite sur del pueblo, y en el arbolito que parecía rematar su cima de manera tan particular. Me sequé, me vestí y caminé en aquella dirección.
Durante la caminata seguí deleitándome con las breves callejuelas y las vistas. Noté también que en aquél lugar los niños jugaban por las calles gozando de una libertad que en Barcelona o en cualquier otra gran ciudad hubiera sido impensable.
Casi sin darme cuenta el pueblo pasó con la brevedad de una diapositiva y me encontré a pocos metros de la curiosa formación rocosa. Me pregunté como podría hacer para subir hasta la cima. Le interrogué al respecto a un hombre mayor que estaba sentado cerca de allí y con un par de señas y algunas palabras me indicó el camino.
A medida que ascendía fui mirando hacia uno y otro lado. No recordaba haber visto anteriormente paisaje más dispar y me asombré de cómo los sentidos pueden captar el entorno. Me tapé mi oído derecho y sólo escuché camiones, máquinas trepanando la roca, el traqueteo del tren…Luego hice otro tanto con mi oído izquierdo y la sinfonía fue bien diferente, sólo escuchaba las olas rompiendo contra las rocas y el siseo del viento al escurrirse entre las ramas de los pinos.
Desde donde me hallaba sentado podía de igual manera jugar con lo que veía y grabar en mi retina sólo aquello que me agradase. Pude notar que la autopista, la carretera, las vías del tren y el puerto, por su fuerza y superficie dominaban la escena. Aún así, podía elegir ver sólo el pueblo sin sus cicatrices o perder mi mirada en las montañas o en el azul del horizonte.
Lo que me extrañó fue que por más que lo buscase, el árbol que desde abajo se podía apreciar perfectamente allí arriba parecía brillar por su ausencia. Otra curiosidad más de aquel lugar tan particular, me dije. Me encogí de hombros y comencé a descender, comenzaba a tener frío ya que el verano aún estaba lejos y la estación de tren, también.

Mientras esperaba que parase algún tren, temiendo casi que mi persona pasara a formar parte del decorado de la estación, no pude evitar mirar hacia la montaña a la que hacía tan sólo unos minutos había recorrido. Y allí estaba el arbolito, como un mudo y viejo centinela, testigo de la vida de un pueblo en donde el tiempo y el espacio parecían entretejerse hasta desconcertar al visitante.

A veces descubrimos lugares que sin saber porqué, nos marcan para siempre.
Es como si en ellos encontráramos fragmentos perdidos de nosotros mismos que quizás vayamos recuperando, como si fuesen parte de un rompecabezas que jamás terminamos de armar.
Creo que eso es lo que sentí cuando pisé Garraf por primera vez.
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¡Gracias Fale por publicarlo en la revista de Garraf!

jueves, 18 de diciembre de 2008

Huellas en la arcilla. La vuelta a Uruk

Podría haber sido un espejismo. Las paredes encaladas brillando a la luz del sol y más allá el éufrates resplandeciente. Dándole vida a aquella ciudad que a cada paso de su caballo se iba acercando más y más, junto con tantos recuerdos. Pero el aire del desierto ya no se le antojaba tan reseco. El viento soplaba del sur trayendo con él la sal del mar, entremezclada con el perfume de las plantas de las riberas del Eufrates, el de la cerveza de las tabernas y el del pan ácimo recién horneado. Era el olor de Uruk,. Escrutó los rostros de sus acompañantes en la caravana y ninguno parecía inmutarse. Alguno comentó que visitaría las tabernas. Otro decía que se entregaría a las atenciones de las hieródulas del barrio de Kullab. Pero ninguno sintió como él la sangre bullir en su corazón. Sentía como si cientos de carros de batalla esperaran recibir la orden de cargar contra el enemigo.
Cuando vió el reflejo del sol sobre esas murallas, la imponente silueta del ziggurat de Ishtar sobresaliendo por detrás de las mismas, imponente y antiquísimo, ya no pudo resistirse más.
Quizás fue instintiva la reacción que lo impulsó a espolear a su caballo dejando atrás a la caravana. Su corazón latía tan fuerte como el de Gallu en su poderosa cabalgata.
Sus ojos también devoraban cada centímetro de polvo que recorría. Ni siquiera notaba sus lágrimas rodar por sus mejillas y volar hacia la tierra, su tierra.

La imponente silueta de su casa ya se adivinaba desde lejos. El barrio de Kullab, el antiguo y sagrado barrio en dónde los dioses caminaron alguna vez, en dónde Gilgamesh se paseó orgulloso luciendo su talla de semidiós, estaba tal cual lo recordaba. Ninurta el alfarero, con su rostro surcado por miles de arrugas pero con su arte intacto seguía moldeando las mejores cerámicas del país de los dos ríos. Más allá vió a Siduri, la siempre hosca tabernera arrojando a un borracho a la calle y a Zidurri el tahúr, que no había perdido su habilidad para el timo y seguía viviendo de la estupidez ajena. Nada parecía haber cambiado.
Sólo él. Todos lo miraban pasar, pero nadie parecía haberlo reconocido. ¿Tanto había cambiado en esos diez años?

Y allí estaba su casa. Dejó la montura de su caballo, se acercó a la entrada y recorrió la pared con sus manos. Estaba fresca. Sus manos se deslizaban por la cal desprendiendo pequeñas láminas que caían como blanca y fina lluvia, emblanqueciendo las palmas de un Lugalbanda niño. Y fue el adulto el que tembloroso se acercó a la enorme puerta de cedro y golpeó tres veces. Las paredes descascaradas y las plantas creciendo por las rajaduras de la misma le hicieron temer lo peor. Su fiel Nudimnud no había podido esperarlo y ya habría exhalado su último aliento.
Pero quizás no. Ese sonido inconfundible de metal contra metal que tantas veces había escuchado, la puerta entreabriéndose lentamente y el perfume de higos, cilantros y menta sacudiendo su olfato y su memoria.
Y el rostro del buen Nudimnud, surcado por tantas arrugas que ya era imposible contarlas, y sus manos callosas cogiendo su rostro para luego cerrarse detrás de su espalda en un abrazo tembloroso pero firme y las lágrimas, que rodaron por los ojos de ambos empapando las túnicas. Esas simples pero eternas cosas que pensó que jamás volvería a sentir y que conformaban su mundo…

हेल्लास एन लार्सिल्ल

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Huellas en la arcilla



I



Shamash descargaba implacable sus rayos sobre sus cabezas. Sus ropas parecían resecos sacos que se transformaban en pesada carga por el polvo que acumulaban y las moscas revoloteaban alrededor de sus globos oculares, en busca de algún resquicio de humedad en aquel infernal valle.
Hasta los duros guardias enfundados en sus corazas de cuero curvaban sus espaldas bajo la inclemencia del dios solar.
La ribera del Eufrates y sus verdes orillas habían quedado detrás. La caravana se dirigiría a la antiquísima Kish o a la sagrada Nippur, pero eso sólo debería ser de la incumbencia de un comerciante y no de un esclavo.

Al principio de la caravana el carro revestido de refulgentes placas de bronce avanzaba resueltamente sobre el suelo pedregoso, tirado por tres fuertes caballos. Una mano cargada de anillos se alzó enseñando su dorso y un guardia cercano de hosco aspecto hizo detener la marcha.
Varias cabezas se giraron en distintas direcciones y murmullos de curiosidad o miedo se escucharon entre los nuevos esclavos. Sólo uno parecía ajeno a todo y no quitaba sus ojos del suelo.
La razón por la cual se detenían no tardó demasiado en hacerse ver. A unos cien pasos de allí, sobre un promontorio rocoso de unos veinte codos de alto, una melena dorada ondeaba al viento. Sus patas se afirmaban sobre la roca como poderosas columnas y sus ojos parecían más bien indiferentes a la caravana.

-Alcánzame mi arco, Agamenón- dijo el veterano mercader extendiendo su brazo hacia el micénico que conducía el carro.

-Vaya, Sharrukin, los dioses bendigan tu vista de halcón y que tu pulso se mantenga firme…has vuelto a arrebatarme una presa!-exclamó el otro mercader que viajaba también en el carro.

Sharrukin se volvió hacia su amigo, enarcando una ceja a la vez que le tendía su arco y le decía, no sin cierta socarronería: -Oh mi gran amigo y socio Assur Nim! Quizás no sea yo quien abata a este hermoso leónl y si tu pulso aún no tiembla como las hieródulas de Ishtar al perder su gracia, puede que su piel aún tenga un lugar preferente bajo tus pies.

-Amigo mío, si seguimos hablando creo no estará ni debajo de mis pies ni en tu pared….-terció Assur Nim a la vez que rechazaba el ofrecimiento de su amigo

Como respuesta, Sharrukin esbozó una media sonrisa a la vez que tensaba su brazo derecho y el viejo pero aún infalible arco escita se curvaba bajo la tensión de sus dedos. El león permanecía impasible sobre la roca, pareciendo disfrutar del leve viento que sólo movía las capas de aire caliente, ignorante del peligro que cernía sobre él.
-En ninguno de los dos lados, será un buen regalo para nuestro amigo y benefactor, Assurbanipal- dijo Sharrukin, a la vez que sus dedos índice y medio liberaban la tensa cuerda.
La flecha, cortando el aire y transformada en infalible instrumento de muerte se dirigió al corazón del animal. La punta de hierro levantó astillas en la roca y la madera se partió en dos. El león permanecía impasible, como si nada hubiese sucedido.

-No puede ser, nunca he fallado desde esta distancia, creo que se ha movido- exclamó atónito Sharrukin.

-Acepta lo que no quieres aceptar, socio, los primeros síntomas de decrepitud llegan de manera violenta, déjame probar a m í -dijo el otro mercader a la vez que palmeaba el hombro de su amigo.

Assur Nim disparó su arco, apuntando a la garganta del animal, pero la flecha pasó a unos centímetros de la misma, clavándose en un tronco reseco que estaba mucho mas atrás.

Sin poder reprimir una sonora carcajada, Sharrukin observó: - Vaya!, no te preocupes amigo!, al menos cuando tengas que levantar un ritón con buena cerveza seguro que tu pulso no fallará!.

-Tenías razón - dijo Assur Nim – es increíble pero ha esquivado la flecha, ha vuelto a moverse pero sigue en el lugar…

-Mejor sigamos nuestro viaje amigo – le contestó Sharrukin mirando hacia el sol – quizás no es más que una ilusión creada por Shamash para nuestro divertimento o algún indescifrable presagio que deberá ser interpretado, quien sabe? – Y a una señal prosiguieron su marcha.

Por la noche acamparon no muy lejos de un bosque de cedros que comenzaba más adelante. Decidieron que sería peligroso adentrarse en él cuando las sombras ya habían caído y Sin ya brillaba redonda en el firmamento.
Bullía en la marmita su atractivo contenido. Los francolines perfectamente limpios y con las mollejas y los menudillos debidamente preparados, las maderas aromáticas y la ruda deshojada llenaban el campamento de un aroma que hacía crujir las tripas y babear las bocas.
Había varios fuegos preparados porque esa noche hacía frío. Los rostros se iluminaban mientras miraban las llamas, algunos charlaban animadamente, incluso algunos esclavos hablaban alegremente sobre sus nuevos amos, que parecían ser gente importante. Pero había uno que seguía aún en silencio, sólo miraba las llamas y no se sabía bien si sus ojos eran dos tizones o simplemente reflejaban el fuego que danzaba delante suyo. Apenas si bebió cerveza labku y comió el pan ácimo que los demás sólo veían como el preludio de los pajarillos que nadaban en la gran marmita.

Assur Nim y Sharrukin veían acrecentada su natural verborragia por efecto de la cerveza. El primero señaló hacia el viejo que revolvía el caldero y arrojaba hierbas y especias en su interior y levantó su copa hacia él – Que los dioses del cielo y del Apsu, el abismo primordial, te protejan, oh Uballit-Marduk, encantador de estómagos!- El viejo respondió con una sonrisa a la vez que agachaba su cabeza.
-En verdad que nunca me arrepiento de traer a mi fiel sirviente en los viajes, aunque últimamente ya son algo duros para él- comentó Assur Nim.

-Mucha agua fluirá en el padre de los ríos y aún Uballit-Marduk seguirá sorprendiéndonos con su cocina, pero por suerte creo que ya he conseguido un joven ayudante que lo asistirá en todo y aprenderá todas sus artes, parece un muchacho muy avispado, es hijo de un alfarero de Borsippa que lo ha dejado a mi cuidado, dice que el muchacho no siente interés por el arte de trabajar la arcilla, pero si curiosidad por la cocina, veremos que tal resulta!!. Por cierto, tu contable estaba muy enfermo cuando dejamos Nínive y de eso ya hace varia lunas, has tomado alguna medida al respecto? .

-Si – respondió Assur Nim- ya sabes que Nergal es implacable cuando nos llega la hora de bajar al inframundo y aunque me cueste aceptarlo creo que el pobre fenicio tiene ya poco por hacer entre nosotros, siempre tuvo una salud muy delicada que se la achacó la humedad de su ciudad, Tiro. Ves ese que está allí?- dijo señalando hacia aquél que antes permanecía inmóvil mirando el fuego y ahora se hallaba tumbado, como contemplando el firmamento- lo compré en Borsippa a un hombre de confianza. Me dijo que era un escriba que dominaba varias lenguas, pero que en un accidente había perdido el don del habla, pero escucha perfectamente y es muy virtuoso trabajando sobre la arcilla.

-Tráelo- dijo Sharrukin- quiero conocerlo.

A una seña de Assur Nim un guardia quitó de su letargo al hombre que se dejó llevar ante los mercaderes como si no le importase nada. Vestía ropas algo más grandes que su talla y sus cabellos y barba estaban mal cortados, descuidados. Y si bien su aspecto era más bien el de un pobre mendigo que el de un esclavo o prisionero que se pretende vender por un buen precio, sus manos eran delicadas como de quien no conoce el trabajo duro, y su piel no parecía haber conocido muchos soles.
El hombre se sentó delante de ellos y con una leve inclinación de su cabeza aceptó el pan y la jarra de cerveza que le tendieron.

-Me ha dicho mi amigo Assur Nim que no posees el don del habla, pero si el de la escritura – agregó Sharrukin a la vez que le tendía una bola de arcilla aún fresca y una cuña de madera.- cuéntanos quien eres y porque has llegado hasta aquí, demuéstranos tus conocimientos.

El hombre permaneció inmóvil, contemplando la informe bola de arcilla que tenía en sus manos. Los minutos transcurrían y ni un músculo de su cuerpo se movía.

Assur Nim, sacudió la cabeza, y estrujó su rizada barba, como si estuviese decepcionado, y le dijo a Sharrukin.
-Amigo, veo que me he equivocado y cuando lleguemos a Nippur deberemos vender a este pobre desgraciado, con mucha suerte, a un quinto del valor que por él he pagado. Míralo, con esas manos no puede ni labrar la tierra!!!-

El esclavo comenzó a mover sus manos y a estirar la arcilla y con gran habilidad comenzó a trazar unos caracteres en la tablilla. Después de unos minutos había terminado de escribir y para sorpresa de los mercaderes les hizo señas de que necesitaba más arcilla. Le alcanzó la tablilla que ya había completado a Assur Nim y empezó a estirar otra plancha.
Assur Nim cogió la arcilla y comenzó a estudiarla con detenimiento.

-Mhhh…vaya –exclamó- Mira esto Sharrukin…”En cuanto a ti – leyó- “tu mandamiento será inmutable, tu palabra perdurará…” es parte del Enuma Elish, el poema de la creación que exalta al gran Marduk, ha escrito un mismo verso en asirio, babilónico, fenicio y…no se… - señaló con su índice la última columna- esto es…me resulta familiar pero no alcanzo a entenderlo…quizás tú…

-Es sumerio, amigo mío – afirmó Sharrukin – la escritura primordial que los dioses legaron a los hombres en Uruk hace muchísimo tiempo. Ya no se habla ni se escribe sólo…

-Solo en los templos, es la lengua ceremonial de los sacerdotes – dijo Assur Nim a la vez que cogía la tablilla que le alcanzaba el esclavo y la miraba con detenimiento.
Después de estudiarla durante un breve lapso de tiempo miró seriamente al hombre que tenía sentado frente a él, lleno de andrajos y se irguió lentamente.

Sharrukin miraba sin comprender a su amigo, que hacía una leve reverencia ante el pobre desdichado.
-Sharrukin, si lo que dice este hombre es cierto, nos hallamos ante un importante personaje –decía el mercader a la vez que le extendía la tablilla a su socio, que no dejaba de mirarlo con extrañeza- y ésta, es su historia, la historia de Lugalbanda.

sábado, 19 de julio de 2008

Por eso escribo


Con esos colores tan extraños con los que los viejos recuerdos afloran del arcón de las vivencias de su estado latente e inundan nuestra conciencia, viene a mi mente la imagen de mi padre, con su sonrisa dulce y siempre enigmática, extendiéndome un libro más.
Llegó un momento en el que supe que no era su fin sólo el entretenerme sino también el formarme . Todo aquello que no se atrevía él a decirme o yo a escuchar vendría en forma de papel impreso.
Las barreras de la timidez y la vergüenza se desdibujaban hasta casi desaparecer ante un nexo tan poderoso como lo eran esos libros.
Y vinieron más. Y mi vida transcurrió entre el cemento de Buenos Aires, que tan opresivo se me antojaba y que nunca sentí del todo mío y los largos veranos en Mar de Ajó, en donde viví las mas dispares y mágicas anécdotas de mi vida.
Los años pasaron y me encontré huyendo de aquella Buenos Aires, o quizás también de mi mismo.
Creo que en cada nuevo lugar que visitamos y sentimos que sacude nuestros sentidos, encontramos fragmentos de nosotros mismos. Quizás por eso creí que dejando la gran ciudad dejaría a aquellos fantasmas que sólo deambulaban dentro mío aunque yo no quisiese verlo.
Y me encontré viviendo en Barcelona.
Los años y difíciles experiencias de vida me fueron marcando hasta que un día en el que me hallaba sentado sobre una roca contemplando un mar de invierno (ese que en nuestra soledad no necesitamos compartir con nadie), me di cuenta de porque rechazaba tanto a la ciudad que me vio nacer.
Ella me quitaba lo que más amaba. El mar. Dejé entonces también detrás a Barcelona y me asenté en el tranquilo pueblo costero de Garraf, a tan sólo 20 km de la misma.
Volvía a ser parte del mar y ya no habría cemento que me evitase el sentirlo cerca.
Y en estas arenas volví a retomar aquellas historias que había comenzado a escribir y otras nuevas. Allí supe que lo necesitaba y a la vez quería hacerlo, porque en cada párrafo o en cada personaje que inventamos se nos revelan aspectos de nosotros mismos que se otra manera quizás no se manifestarían.
Amaría poder vivir de lo que lograse plasmar en el papel, pero aún si no lo consiguiese algún día, el sólo hecho de haberlo al menos intentado me habrá mostrado aspectos de mi que desconocía, o por fin lograré derrotar a aquellos monstruos que me parecían invencibles, recrear aquel paisaje que me enalteció el espíritu o quizás volver a hacer el amor a aquella mujer que me conmovió hasta la fibra más intima de mi ser.
Por eso escribo.

sábado, 31 de mayo de 2008

Hermosa locura 5:45 a.m.


Mis ojos se abrieron casi al mismo tiempo que mis orificios nasales.
Un perfume de rosas y pinos entró felizmente por la ventana junto con un silencio largo, pausa en la cercana carretera. Debía ser tarde, no se escuchaba ningún coche gastando caucho sobre el asfalto.
Frunciendo el ceño empecé a indagar entre las sábanas sobre el destino de mi móvil. Lo encontré debajo de la almohada.
5:45 a.m., rezaba un pequeño reloj digital en uno de los costados de la pantalla. Ese reloj evidentemente funcionaba bien. Era el otro, mi reloj biológico, el que estaba fallando. Da igual, me dije…de todos modos ese día lo tenía libre.
Por algún motivo de esos que uno no termina de comprender una fuerza irresistible me catapultó, en medio de lagañas y bostezos, fuera del lecho.
Le di unos sorbos a un zumo de papaya que tenía en la nevera y salí a la terraza.
Lo primero que vi al salir era el traje de neopreno y el bañador. -Mhhh, una señal divina, me dije-

Dos minutos después estaba en la calle bajando decididamente la pendiente hacia la playa.
Kayak al hombro empecé a andar hacia la playa. No podía arrastrarlo ya que despertaría a medio Garraf junto con un más que justificado mal humor de algún vecino y algún que otro merecido insulto.
-No podías elegir otra hora más complicada, verdad?- me dije, pero cuando uno tomaba estas decisiones nunca podía echarse atrás sin ver mancillada su masculinidad.

Cuando siento la arena suelto mi pesada carga sobre ella. La verdad que a esa hora su peso se multiplicaba con sus consiguientes efectos.
Miré a mi alrededor, sobre todo hacia el mar. La niebla era tan espesa que el mar era una masa totalmente negra de la cual provenían sonidos que me indicaban que aunque no se viesen, grandes masas de agua se desplazaban acompasadamente.
Comencé a remar dejando la costa cada vez más lejos a la vez que me adentraba en la espesa bruma. Una masa invisible levanta la proa de mi kayak dando uno de esos pantocasos a la nada que tanto me gustan. Más de una vez me preguntaron si no me daba miedo adentrarme en el mar de noche. –Por que habría de tenerlo?-, respondía yo.
Y más o menos siempre me respondían lo mismo –Es que no se ve nada…-

Me dije que la vida es así, un constante adentrarse en lo incierto, intentando disipar en vano las brumas que no nos dejan ver el camino a seguir. Y sin saber nunca a ciencia cierta con que nos toparemos.
Y así seguí remando perdiendo casi la cuenta del tiempo que llevaba haciéndolo. Una luz verde perdida entre las tinieblas me indicaba que un barco navegaba de babor a estribor, lo único que podía ver en esa noche tan espesa.
En ese momento tomé conciencia de que estaba solo en medio de esa noche brumosa. Si me pasara algo nadie se percataría de ello. Miré hacia atrás y unas luces demasiado pálidas me indicaban que el pueblo estaba bien lejos, y que ya era tiempo de dar la vuelta y volver a casa. Y eso hice.
Algo se agitó no muy lejos de mí y me dije que ya sabía que el mediterráneo tenía aún mucha vida, pero que en esas condiciones prefería que obviase manifestarse.

Un viento comenzó a levantarse y una inesperada masa negra me alzó dirigiéndome rápidamente hacia la costa.. Comencé a remar rápido para no caerme y cuando vi la boya ya era muy tarde, intenté tirarme de costado pero el kayak chocó contra ella y sentí como su duro plástico me golpeaba en la espalda.
Mi kayak salió algo antes que yo, que venía detrás, con una mano en la cintura y el remo en la otra. Sin saber si culpar a mis años o a el destino.
Algo dolorido, me tumbo en la arena y me quedo mirando el cielo en silencio. Las estrellas también habían desaparecido detrás de la bruma, pero sabía que allí estaban de todos modos. Una intempestiva carcajada brota de mi boca mientras mis brazos se movían como aspas sobre la arena.
-Las tonterías que uno hace, sólo para saber si aún sigue vivo- me dije


martes, 27 de mayo de 2008

Algo de Mitología

Este es un antiguo mito sumerio (4.000 a.c., aprox) que nos demuestra una vez más, a aquellos que aún nos empecinamos en creer que algo ha cambiado en la condición humana, que estamos totalmente equivocados. Leéanlo, es muy gracioso y por demás interesante.



DUMUZI Y ENKIMDU


Una de las represetaciones de Inanna-Ishtar, entenderéis luego porque la historia se desarrola de la siguiente manera:


Un día, el héroe, el guerrero, el dios sol Utu, le dijo a su hermana la sagrada Inanna, que se hallaba paseando por la orilla del río.



-¡Hermana, diosa pura que te manifiestas en el cielo! El que llena el establo de ganado, el que fabrica la buena mantequilla, el que facilita carne a los dioses, Dumuzi, a quien ves allí apacentando su rebaño, desea tu corazón . También - y eso ya lo sabes, porque es tu preferido- aquél que se inclina ante los surcos, el que fecunda los canales y las acequias, el que produce cereales y plantas, Enkimdu, también te pretende. Los dos te cortejan, los dos se presentan a tu elección.


Después de estas palabras, Utu intentó aconsejar a Inanna:



-Oh hermana mía, deja que el pastor se case contigo! Por qué, doncella Inanna, no quieres? Escucha: su mantequilla es buena, su leche es buena. Todo lo que el pastor toca con su mano resplandece. ¡Oh Inanna, desposa a Dumuzi! Tú adornada de piedras shuba, ¿por, que no quieres?

Inanna respondió a su hermano Utu:



-El pastor no se casará conmigo, no me envolverá con su manta tosca, su burda lana no me cubrirá. Quien se va a casar conmigo, doncella que soy, será el labrador. El labrador que hace crecer el grano en abundancia para mi mesa.


Dumuzi, el pastor, habiendo oído - pues no se hallaba muy lejos - que la diosa prefería a Enkimdu el rey del dique, del canal y del arado, enterado Dumuzi de las preferencias de Inanna, se enfureció y se puso a hablar en voz alta:

-¡Prefiere al labrador! pero, el labrador, ¿que tiene más que yo?
Prefiere a Enkimdu, el rey del dique, del canal y del arado. ¿Que tiene el labrador más que yo? ¿En qe es superior? Si él me diera su harina negra, yo le daría al labrador mi oveja negra a cambio; si el me diera su harina blanca, y le daría mi oveja blanca a cambio, si él me diera su mejor cerveza, yo le serviría mi exquisita leche Kisim a a cambio; si el me diera su cerveza espesa, yo le serviría mi leche batida a cambio; si él me sirviera su cerveza diluída, y le serviría mi leche U a cambio. Si él me diera su buena planta hahala, yo le daría mi leche itirda a cambio; si él me diera sus habichuelas, yo le daría mis pequeños quesos a cambio. Cuando yo hubiera comido , cuando hubira bebido, le dejaría mi mantequilla sobrante. ¡Más que yo! Que tiene el labrador más que yo?

Terminado su soliloquio, que había sido oído por Inanna, la reina del cielo titubeó en su decisión, ya no le parecía mal el desposarse con un pastor. Incluso, miró a Dumuzi con buenos ojos. Además la gallardía y la juventud de aquél pastor no le desagradaron en absoluto. (cualquier acotación está de más).

Dumuzi, que en todo momento se había creído superior a su oponente, advertido del cambio de criterio operado en Inanna, se alegró, se regocijó frente a los pastos de la orilla del río. Por allí iba apacentando sus ovejas.

Hacia el pastor que caminaba de un lado a otro por la orilla del río, he aquí que se dirigió el labrador, ellabrador Enkimdu.

Dumuzi, el pastor, inició una disputa con Enkimdu, el labrador, el rey del dique, del canal y del arado, en la campiña.
El labrador, que era una divinidad pacífica, anhelante de la cordialidad y de laamistad, no quiso confrontarse con el pastor, sobre todo al ver que Inanna había mudado de opinión. Con tranquilas palabras le dijo:

-Por que debo competir contigo, oh pastor? ¿Por que habría de enfrentarme? deja que tus ovejas coman la hierba de la orilla del río, que tus ovejas coman mis tallos ya crecidos en mi campiña, que coman grano en los resplandecientes campos de Uruk, que sus caritos y corderos beban el agua de mi canal de Isurugal.

Oídas aquellas palabras, Dumuzi le contestó:

-En cuanto a mí, que soy un pastor, quiero que, oh labrador, asistas a mi boda como amigo. ¡Oh labrador Enkimdu, que puedas asitir como amigo a mi boda! ¡Que puedas venir como amigo! ¡Te consideraré un amigo!.

Enkimdu, dirigiéndose a Inanna, le habló en estos términos:

-Joven muchacha. Como regalo de boda te traeré trigo, te traeré habas, te traeré grano gunida de mi ampiña. Te traeré todo lo que sea bueno para ti. Joven Inanna, te voy a traer cebada Tun y judías Sal.


Y así termina este sencillo poema sumerio (lo siento si esperábais un final lleno de trepidante acción, no sería justo el modificarlo) ya que los había más complejos y mejor elaborados, pero por su vigencia me pareció que debía ser desempolvado y por que no, debidamente analizado. Para reflexionar un poco sobre la naturaleza humana y su inmutabilidad ante el paso del tiempo.

jueves, 3 de abril de 2008

Susurros de Itaca

La barca de Ulises distaba mucho de ser una arrogante birreme, atracada en las arenas de su pequeña y casi ignorada isla.
El telar de Penélope era un intrincado mundo en donde tejía y deshacía a diario sino y destino de solícitos mortales.

Un día el destino o los ocultos digitadores del mismo los unieron, como si ello, desde hacía muchos años, hubiese estado escrito.

Un enorme disco plateado les brindo su luz para que sus manos y sus labios pudiesen encontrarse.

Y Ulises vió que su humilde y pequeña Itaca podía contener más amor en su bahía del que jamás hubiese podido imaginar.
Y Penélope sintió que su mundo se tambaleaba por completo entre la incertidumbre que nace en lo más profundo y las manos que navegan por la piel.

Y Ulises vió que la arena que cubría esa playa se transformaba en dorado polvo apenas alterado por el hálito de los dioses.
Y el mar en esmeralda líquida, sólo porque los pies de ella habían apartado sus aguas

Y en torno al lecho coronado de estrellas giraron galaxias, se hicieron y deshicieron mundos y ellos siguieron amándose.

Entre el perfume de los naranjos ella recordó su tierra y él logro llegar a su alma.
Y un amor al asedio derribó muros que parecían infranqueables

Pero los dioses amodorrados en su tedio olímpico una vez más no pudieron ser simples espectadores y volvieron a intervenir y el agua de la clepsidra, que parecía haberse detenido entre aquellos parajes, volvió a seguir su cauce.

Una enorme ave vino a buscarla y Ulises, impotente, contempló como le era arrebatada de sus brazos, quedando sólo medio corazón en su pecho.

En un guiño de complicidad Hermés fue su mensajero y ellos, a espaldas de los otros dioses, pudieron seguir amándose.

Al igual que las estrellas pierden su brillo a la distancia el fuego de su amor también se atenuó, mas no se apagó.

El siguió a merced de las mareas en su barca.
Ella siguió tejiendo y destejiendo.

Hasta que la enorme ave volvió para buscarla y esta vez ella no quiso dejarla partir y nuevamente se dejó transportar, simplemente se dejó llevar como la pluma que está a merced de la brisa.

Ella divisó Itaca desde los aires y supo que allí estaba él y como un soplo de aire fresco que agitó las plumas de la gran ave, los recuerdos vividos no hacía mucho tiempo irrumpieron en sus sentidos con una fuerza que no supo o quizás no quiso detener.

El la esperaba, envuelto en un manto de ansiedad y temores. Tal era su inquietud que pidió que lo encadenasen al palo mayor de su nave para no correr dominado por aquella pasión que lo sofocaba.

Cuando se vieron todo lo que había a su alrededor se transformó en un paisaje borroso y
sin definir.
Sólo estaban ellos contemplándose. Pupilas atónitas, espíritus inquietos.

Y sólo fueron ellos tumbados de nuevo en esa playa, sólo separados por el suave aliento del céfiro entre sus rostros, sintiendo como renacía aquello que tan sólo estaba dormido.

Y de nuevo volvieron a brillar las estrellas en torno al lecho, aún con más intensidad que antes.

Y él le ofreció su más intima esencia, que ella aceptó.

Los dioses, quisieron volver a intervenir sembrando la duda y los miedos en ellos.
Pero ellos se anticiparon abriendo todo su ser y liberando aquellos demonios antes de que pudiesen poseerlos.
Y lograron entender la naturaleza de sus temores y supieron que hacer con ellos.

Y con hermosos parajes, mar y mensajeros emplumados como testigos volvieron a soñar juntos y fueron más allá esta vez; y entre tímidos proyectos enmascarados de ilusiones florecieron sus anhelos.

El volvió a coger su barca, más ya no era un madero a la deriva sino que había un rumbo y un sentido en su existencia
Y ella volvió a sentarse en su telar, sabiendo que cuando terminase estarían de nuevo juntos.
Y los dioses se retiraron a sus aposentos en el olimpo, ya nada más tenían por hacer.
Y se dedicaron a contemplar algo que crecía más allá de sus voluntades.
Y en lo más profundo de esas almas libres, que en su fulgor cegaron los ojos de los inmortales.

lunes, 25 de febrero de 2008

La savia de mis venas

Soy…un Cardillo
Si…un simple vegetal pequeñito, sencillito…
A veces puedo pinchar y otras, bajo la suela del caminante,
Soy yo mismo montón de nada
Los dioses ni siquiera me han agraciado con la longevidad del baobab
O con el perfume de los jazmines.

Podría pasar casi desapercibido, pero hoy un humano me ha mirado.
Si, un ser de esos, de los favoritos del Olimpo, ha reparado en mi.
Y me ha contemplado, con unos ojos enormes y expresivos.
Me perdí en la inmensidad de sus iris cambiantes
Y en la media luna de su sonrisa seductora
Y mi tiempo, tan efímero, se detuvo.

Uno de sus dedos, tan largos como mi tallo, tocó una de mis hojas.
Sentí su energía entremezclarse con la de mi pequeño y espinoso cuerpecillo
Y la savia comenzó a recorrer todo mi ser vegetal.

Abrió su boca y un hálito fresco hizo temblar mi cuerpo, pero ella no lo notó

Quise enredar mis pequeñas ramitas entre sus dedos, pero mi condición de ser inanimado no me lo permitía.

Quise al menos florecer, pero ni siquiera podía aún.

Y con una sonrisa aún en los labios, se fue
Y yo me quedé, con mis pies en la tierra y mis brazos al sol.

Como agradeciendo a los dioses por ese, y por todos aquellos momentos

Que en su intensa belleza nos han hecho sentir eternos

martes, 19 de febrero de 2008

Tarjeta de embarque

Fragmentos de tiempo que surgen en nuestras vidas
Sesgando momentos, marcando historias.
Escribiendo finales con un trazo demasiado fuerte como para poder borrarse

Son nubes grises, cargadas de una lluvia que intentamos ver refrescante cuando es más bien ácida.
Lágrimas enturbiando nuestras pupilas
Es como nuestra propia sangre que nos abandona
O como medio corazón, que se corta y vuela

Pero también es cierto que…
No hay separaciones difíciles sin sentimiento
Ni despedidas dolorosas si no hay amor

Sería verdaderamente triste,
Intentar dejar volar a una gaviota
Que jamás tuvo alas.

sábado, 16 de febrero de 2008

La sonrisa de Bayonne

En sus calles estrechas, de casitas casi iguales

En sus tejados salpicados de antenas y de palomas

No supo el sol posarse, durante esos cinco días.

Se dice que sin sol no podemos vivir

Pero mucho más difícil es hacerlo sin sonrisas

Sin ellas son oscuras todas las esquinas y calles del alma.

Y no faltaron las sonrisas, que fueron muchas.

Y no faltaron los besos ni las sábanas calientes, que no fueron pocos.

Pero que nunca son suficientes.

Un cafe en las ramblas

Afuera hace frío, llueve.
Las luces de la calle se encienden una a una iluminando los rostros.
Rostros sonrosados, rostros negros, rostros oliváceos, amarillos…
Veo gente que viene, gente que va; de alguna parte y a ningún lugar.
Ojos que miran el mismo paisaje de todos los días, ojos que miran lo nuevo.
También los míos lo hacen desde atrás del cristal del bar y de las frías gotas que se deslizan por su perfecta superficie…y trato de entenderlos, de saber que piensan.
Saber que siente la estatua viviente, ya no tan rígida y tiritando de frío al abrigo de un diminuto techo…mientras la pintura chorrea por su rostro.
Una pareja de orientales camina sonriente bajo la lluvia, asombrándose de una flor, de una farola, o de su propia dicha…y me pregunto que sienten…
Algunos ojos en su paso se encuentran con los míos y me miran sin verme, como yo a ellos…y me pregunto que sienten.

Miro al cachorrillo de pelo negro y alborotado que se acurruca en un rincón con su pelo mojado y su cuerpito tembloroso.
Sus ojillos vivaces y expresivos se encuentran con los míos y me pregunto que siente y me digo que quizás y sólo por un instante…los dos sentimos lo mismo.

Contra el viento

Como una gaviota que vuela contra el viento,
Intento llegar a ti, como flotando.

Un viaje que se me antoja eterno
A un universo extraño y tentador

Más una cálida brisa me eleva
Quizá sean esos labios al abrirse,
Musitando palabras que no comprendo.

Pero la brisa desaparece y un viento frío asota mi plumaje
Es la realidad que me aleja de ti

Más no me importa
Esta noche, en la calidez de mi nido,
Mis sueños me darán alas tan fuertes que ningún viento me detendrá.

Y por un onírico instante que me valdrá por una eternidad,
Tu boca se fundirá con la mía,
Y desearé no despertar jamás.

Solo

Cuando la ví en aquella fiesta, nada más existió a mi alrededor. Sentía que mis ocasionales competidores zumbaban como moscas en mis oídos y las demás personas sólo eran parte de un decorado.

Y terminamos en aquel balcón, debajo de la lluvia, sin notar que nos mojábamos.
Y allí nos besamos.
Unos labios que no olvidaré susurraron un "quiero dormir contigo" y nuestras manos se enlazaron para huir de allí.

Pasos y besos debajo de la fría lluvia, que se evaporaba antes de tocar nuestros cuerpos. Era casi imposible avanzar en ese entrelazarse y unirse de manos ansiosas y ávidos labios.

Después de un eterno viaje llegamos a casa, nuestros cuerpos eran dos volcanes que erupcionaban deseo.

Y lo inevitable sucedió.

Los días pasaron y nuestros cuerpos siguieron buscándose. Sus labios pronunciaban palabras hermosas y mis ojos reflejaban sueños y deseos hace tiempo sepultados en el desierto de mi corazón.

Pero un día, aquel temido gusanillo de la duda, o quizás aquella invisible y gélida agua que apaga los deseos más irreprimibles, cayó sobre ella.

Y nunca más, ni sus besos, ni su mirada dulce de enamorada que no entiende los dictámenes de su corazón, ni sus labios insaciables, ni el dulce perfume de su piel...

Sólo un adiós, que se me antojó incomprensible como todo aquello a lo que no nos resignamos a aceptar.
Y aquel sabor amargo,
De lo que creemos haber perdido para siempre.

La Leyenda del Ogur (cuento)


Desparramados alrededor de su camita se hallaban algunos de sus juguetes preferidos. Soldados futuristas con fusiles protónicos se enfrentaban a tiranosaurios de articuladas fauces, caótica imagen junto a la autopista del scalecxtric.

Pero allá en lo alto, como dominando la escena desde un puesto por demás privilegiado, una informe criatura de plastilina se hallaba en la atalaya conformada por la mesita de luz de Carlitos.
El padre se acercó, besó la frente del niño, lo tapó y apagó la luz. Antes de cerrar la puerta de la habitación se detuvo a contemplar por unos segundos a la criatura de plastilina.
La débil luz que provenía del pasillo proyectaba una sombra que imbuía a la criatura de características ciclópeas.
Curiosamente, la impresión que causaba era más bien de protección, como si velara por el sueño del niño.

La puerta de la habitación se cerró suavemente. El cuarto quedó sumido en las sombras.

La mañana comenzó con aroma a chocolate y la promesa de un delicioso bizcocho que parecía estar gestándose en el horno.
La lejana voz de su madre llamándolo desde la cocina no hubiera sido suficiente para decidirlo a levantarse sin el incentivo de esas delicias.
Se sentó en la silla y puso al lado del tazón de chocolate a su informe amigo, afirmando sus maleables patas al vinilo del mantel.

-Que es eso que has hecho? -preguntó Cristina, su madre

-Es Ogur

-Como has dicho? Ogur? Porque le has puesto ese nombre tan raro, es vasco? Jeje..

-A mi me suena a otra cosa- dijo Ramón, el padre, mientras cogía un yogur de la nevera.

-Yo no le puse ese nombre- terció Carlitos algo ofuscado, mientras hundía su morro en el chocolate.


-Bueno hijo, coge la mochila que la escuela te espera! –dijo Ramón mientras cogía las llaves del coche. -Por cierto, este fin de semana te quedarás con tu abuela Lola ya que nos vamos a navegar con unos amigos, te portarás bien?

-Me hará bizcocho?

-Se puede esperar menos de la abuela?

-Bieeeennn!!!!!!! –exclamó Carlitos mientras pillaba su mochila.



La abuela entró en la casa con su amplia sonrisa y su bolso sospechosamente cargado. Carlitos corrió a abrazarla para a los pocos segundos desviar su atención hacia el abultado bolso.

-Chuches!!

-Si, pero son para después de comer!. Y mira a ver si encuentras algo más en ese bolso, parece que hay algo grande, (dijo su abuela a la vez que le guiñaba un ojo)

El niño abrió el bolso, del cual afloró una generosa bolsa que contenía dulces variados en color y sabores. Pero lo bueno estaba debajo de esas delicias. Sus ojos se abrieron como platos, a la vez que una entrecortada expresión denotaba su asombro. La bolsa cayó al suelo como la cáscara de un plátano, quedando en sus manos la reluciente caja. “Maximised Robotron” rezaban unas letras fulgurantes, pero más aún brillaban los ojos del asombrado Carlitos.

-Es…es el Robotrón!!! Gracias, abuelita! nunca pensé que lo tendría!

-Ostras!! A ver hijo que cosa más increíble ha traído la abuelita?
--el padre comenzó a leer la caja—Robotrón camina, salta, nada, trepa, baila salsa, canta canciones en japonés, reconoce tu voz, coge cosas…increíble, no sabía que existían tales cosas fuera de las pelis de ciencia ficción!

-Pero no hace los deberes- agregó la madre frunciendo el ceño. Pero bueno, ahora puedes abrir la caja si quieres, veamos lo que puede hacer este muchacho!.

En pocos minutos, Carlitos, por medio de un mando, dominaba a Robotrón casi a la perfección, y en un alarde de destreza hasta logró que trepase a la silla para coger un Donut de la mesa para traérselo al mismo Carlitos.

-Vaya, parece que os entendéis muy bien! -Dijo la madre.

-Es lo que yo llamo una sociedad perfecta--agregó Ramón- Bueno, debemos irnos, que nos esperan en el puerto…pórtate bien con la abuelita, eh?.

Besos y abrazos de despedida y una puerta que se cierra para dejar solos a Carlitos y a su abuela.

-Bueno, mientras juegas con tu nuevo amigo yo empezaré a preparar el almuerzo. Que te parecen unas milanesas con puré?

-Que rico, abuelita! -exclamó el niño mientras manipulaba el mando en busca de nuevas funciones del habilidoso robot.
Mira, puede correr también!!!

Robotrón daba grandes zancadas, cruzando el comedor en dirección al jardín, hasta que tropezó con algo que lo hizo dar una voltereta en el aire, para terminar pataleando en el suelo.

-Se ha caído! –exclamó Carlitos.

-Claro, no deberías dejar esta bola de plastilina aquí en el suelo ya que alguien podría caerse- lo reprendió su abuela al tiempo que se agachaba a coger la informe figura que estaba parada sobre el cerámico.

-No abuela, no es una bola de plastilina.- terció muy serio Carlitos- Y no la dejé allí…

-Y que es? Dijo la abuela a la vez que estudiaba la figurilla.

-Es el Ogur.

-Vaya nombre, y porque no le has hecho ojos, boca, nariz…

-No se, él es así, no tiene nada de eso.-Dijo Carlitos levantando sus hombros-

-Ahhh vale…pero como va a comer u oler estas ricas milanesas que están saliendo del horno?. La ígnea prisión liberaba unas tentadoras milanesas de incomparable manufactura, a las que el niño no perdía de vista en su trayectoria.

Después de comer y a la sombra del viejo olivo del jardín, Carlitos se dedicó, a regañadientes, a hacer su tarea y su abuela a leer una revista de actualidad.

El día transcurrió como tantos otros de cualquier familia en un fin de semana. La noche llegó con los cantos de los grillos y una fresca brisa marítima.

Los cuentos para dormir de la abuela eran infaltables en sus visitas. Su padre contaba historias plagadas de aventuras, pero el niño no se dormía nunca sin que ella le contase alguno.

El cuento no había terminado y el niño ya estaba dormido. “Mi niño está cansado, estuvo todo el día jugando con su nuevo juguete" -se dijo la abuela. Y se dispuso a arroparlo para ir ella a ver un rato la tele antes de dormir.

Cuando estaba por cerrar la puerta del cuarto de Carlitos, miró por última vez al niño. “es idéntico a su padre”, se dijo, y fue allí que reparó en que la tenue luz que entraba en la habitación e iluminaba débilmente su carita proyectaba una enorme sombra sobre la figura de plastilina, que se hallaba erguida en la mesita de luz. La sombra parecía estar abrazando al niño, como protegiéndolo. La imagen proyectada resultaba demasiado grande en relación a la figura, se dijo, pero serían fantasías suyas.

Y fue allí que recordó.





El fin de semana con la abuela ya finalizaba, los padres de Carlitos llegaron justo para la merienda y todos se sentaron a la mesa alrededor de los últimos vestigios de bizcocho.
-Que tal lo pasaron? – dijo la abuela-

-Estuvo entretenido, al menos creo que nos relajamos bastante verdad? Dijo el padre mirando a esposa.

-Si, aunque vosotros los hombres…no se como podéis hablar todo el tiempo de economía…finanzas…que aburridos sois!

-Es de lo que hablamos los hombres de negocios, amor…además…(una risilla le sobrevino intempestivamente) no sólo hablamos de eso, a mi amigo se le da ahora por creer en la existencia de monstruos marinos.

Los ojos de Carlitos se abrieron desmesuradamente- Monstruos marinos!! – exclamó.

-Antes creías en ellos- dijo su madre.

-Si, y en el hombre lobo, la momia y en otros personajes que vienen en fechas especiales y ...ay! (Cristina le dio un patadón por debajo de la mesa que logró callarlo)

-Sin embargo…(terció la abuela) veo que no has olvidado del todo a tus amigos de la infancia, que ahora vienen a visitarlo a Carlitos, (agregó señalándolo al ser de plastilina que se erguía junto a la taza de chocolate del niño).

-Pues…no se lo he hecho yo, no recordaba que jugase con muñecos de plastilina.

-Si lo hacías, además lo llamabas de la misma manera…Mogur…Togur…

-Ogur (corrigió Carlitos)

-Eso! (dijo la abuela) como es que no lo recuerdas?

-Eh…mamá…era muy pequeño y la verdad ya no tengo espacio para esos recuerdos en mi cabeza, otros asuntos algo más importantes requieren la actividad de mis neuronas. Es lo que pasa cuando crecemos (agregó Ramón irónicamente)

-Pues que pena que perdáis el niño para siempre, lo necesitamos, sabes? El stress, y tu sabes bien que es eso porque te acompaña todos los días de la semana, no puede enfrentarse a un corazón joven que aún puede sentir un poco de fantasía. No se trata de que seas infantil, o de que no madures nunca, sino de que jamás pierdas ese atadito de sueños e ilusiones que siempre cargaste de niño, y que tan feliz te hacían.

Ramón abrió la boca pero se quedó callado, pensativo. Su madre, sonriendo, sólo se limitó a hundir un trozo de biscocho en el café con leche y agregó:

-Esta vieja aún dice cosas coherentes.

-Para mi no eres vieja, abuelita! dijo Carlitos.

-Si que te has ganado ese Robot, eh? …todos rieron

Después de merendar llegó el momento de despedirse de la abuela. Besos y abrazos en el porche de la casa y la promesa de una pronta visita sellaron la partida.

-Ramón abrazó a su madre con fuerza, la miró a los ojos como hacía mucho tiempo que no lo hacía y dejó escapar dos palabras: “Gracias mamá”

-No tienes que agradecérmelo, ya sabes que disfruto de la compañía de mi nietito…

-Lo sé…pero no sólo lo decía por eso.



La noche cayó sobre el pueblo costero como tantas otras
de primavera. Suavemente rojos y azules se entremezclaron hasta que los primeros desaparecieron. Un enorme disco plateado y redondo iluminó con su tenue luz la montaña.
Carlitos dormía plácidamente envuelto en plácidos sueños, el matrimonio estaba leyendo en la cama.

-Mi amor…estuve pensando en lo que dijo hoy mi madre –dijo Ramón-

-Acerca de eso de que no hay que perder las fantasías?

-Si…como puede ser que olvidemos todo aquello que de pequeños era tan importante para nosotros? En verdad no recordaba nada de cuando jugaba con ese muñeco de plastilina, al igual que lo hace Carlitos hoy día. Sabes que, aunque parezca un poco tonto se me ha ocurrido buscar en esta enciclopedia (sopesó el grueso volumen que tenía entre sus manos) la palabra Ogur y para mi sorpresa mira lo que he encontrado:

“Ogur: (Oguranni-acadio //Ogurion-griego//Ogursk-Danés)
Criatura imaginaria, de aspecto humanoide y enormes proporciones, sin ojos, boca, nariz, dedos o pies. Sus orígenes conocidos se remontan al imaginario infantil acadio (2200-2000 a.c.) por lo que se deduce de unas tablillas halladas en la biblioteca de Assurbanipal en Nínive (800 a.c.) y que son copias de una leyenda cuyos orígenes se pierde en las brumas del tiempo. Este mito, como otros, se ha ido transmitiendo por el mundo antiguo y adaptando a las distintas culturas, aunque todas lo presenten como propio. Aunque algunos investigadores como el psicólogo Karl Gustav Trunk , incansable estudioso de mitos y creencias y de su influencia en las diferentes culturas opina que “Los niños necesitan de alguien o “algo” que comprenda su mundo, se integre en él y por sobre todo los proteja y los entienda. Por eso, niños de diferentes y distantes culturas han coincidido en imaginar una criatura simple, sin rasgos definidos, que se aleje de lo humano pero no lo suficiente como para…deshumanizarse. Diferencias notables en el tiempo y el espacio hacen casi impensable que esta pueda ser una creencia común transmitida de pueblo en pueblo, pero todas las dudas comienzan a diluirse ante la maravillosa manifestación del potencial de nuestro inconsciente colectivo que representa, en este caso, la sola mención de un nombre: Ogur.”

Ramón cerró el libro y se quedó en silencio, pensativo.

-Que increíble, no cariño? –dijo Cristina- tú realmente crees que puede ser posible? Digo…no se…que tantos niños de distintas épocas y lugares diferentes coincidan en algo tan particular? Eso del inconsciente colectivo no me termina de cerrar, pero que exista un bicho así…eso, bueno…prefiero creer lo primero…

-De una manera, o de otra, no deja de ser increíble…lo que decía hoy mi madre…yo también creía en la existencia de ese ser…como puede uno olvidar esas cosas?

Un viento repentino abrió las ventanas de par en par, sacudiendo las sábanas

-Que frío! No has cerrado bien esa ventana…cierra, cierra!

-Ya voy amor, que no es para tanto…dijo Ramón levantándose.

Cuando llegó a la ventana, la luna, enorme y plateada, jugaba desde lo alto con las luces y las sombras que creaba entre los árboles y la montaña. Cuanto hacía que no reparaba en algo tan simple, tan hermoso?
Cerró los ojos por un instante de esos que no se pueden medir y sintió el aroma de los pinos, la fresca brisa del mar…pero ya no venían de fuera, sino de su interior.
Abrió sus ojos y lo vió, enorme e informe, una silenciosa sombra que en la distancia se movía lentamente entre los árboles y de pronto se detuvo. Se giró lentamente, al ritmo de los pinos mecidos por el viento y le miró desde su cabeza sin ojos.
Y le sonrió, desde su rostro sin boca.

Ramón también sonrió, y una lágrima huidiza rodó por su mejilla.

-Por dios, por que no cierras? Hace frío, Ramón! Que miras?

-Nada…simplemente…algo que siempre estuvo allí y…yo no podía ver.

Cerró lentamente la ventana, apagó la luz y se metió en la cama.
Abrazó a su esposa y sintió el reconfortante calor de su cuerpo.
Sus ojos comenzaron a cerrarse y otra calidez comenzó a envolverle.

La de los más dulces recuerdos de su niñez.

El gato y el toro (cuento)


Era mi primer día en la isla de Creta y después de un breve paseo matinal por su capital, Heraclion, observé con algo de pena que el museo arqueológico estaba cerrado por reformas y lo seguiría estando por el nada desdeñable espacio de dos años, así que decidí coger el coche que había alquilado y dirigirme al Palacio de Knossos, que se hallaba muy cerca de la capital de la isla.
Durante el trayecto fueron irrumpiendo en mi memoria mis escasos conocimientos sobre la civilización minoica, una de las más antiguas y particulares del mediterráneo.
Aparqué el coche en un espacio lindante al sitio y un perrito pequeño y simpático vino a saludarme. Un señor de semblante serio me vendió un ticket y después de esquivar a una guía turística que me miraba con la intención de ofrecerme sus servicios me dirigí hacia el sitio arqueológico. Un breve paseo por debajo de una glorieta floreada me enalteció aún más el espíritu, preparándome para lo que comenzaba a entrever unos metros más adelante.




Una amplia escalera ascendía gloriosa hacia las ruinas de aquel hermoso palacio. A cada paso que daba, me preguntaba cuantos pies, al igual que los míos, habían transitado por esas piedras. Mientras recorría cada vez más emocionado esas ruinas sentía que cada una de las lozas, cada uno de los hermosos frescos que surgían ante mis ávidos ojos me acercaban a la historia y a la leyenda.
No había más de cinco turistas en todo el recinto, algunos gatos y varios perros retozando bajo el suave sol invernal cretense. Un gatito marrón y blanco comenzó a juguetear entre mis piernas ronroneando sonoramente. Mis dedos rascando su cabecita y recorriendo su arqueado lomo bastaron para que no se separara de mí durante todo el paseo.
El acceso a los interiores del palacio estaba restringido, medida que, si bien por un lado lamenté profundamente que fuera tomada, por otro celebré, ya que lo más importante era preservarlo.
El trono del mítico Rey Minos me pareció pequeño en contraste a la inmensidad del palacio, pero las hermosas pinturas que representaban a grifos sentados y que decoraban toda la sala, dotaban a la estancia de una magia sin igual.
A medida que mis pasos me llevaban, algo errante, a través de aquellas ruinas, me sentí de pronto transportado cuatro mil años atrás. Era imposible mantenerse ajeno al mensaje de aquella antigua cultura que a mis ojos se mostraba a la vez tan fresca, moderna y sin la rigidez de la mayoría de las civilizaciones de su época. Jóvenes de cuerpos delgados y flexibles danzaban a mí alrededor, con adornos florales que denotaban un espíritu alegre y una vida sin mayores preocupaciones. Me resultó difícil creer que un lugar tan maravilloso suscitara en la imaginación de los atenienses la idea de la existencia de un ser tan monstruoso como el Minotauro.
La presencia del toro era fuerte allí. Se evidenciaba en el cuerno que coronaba uno de los patios del palacio y en los bajorrelieves representando a esos enormes bóvidos formando parte de peligrosos juegos donde la destreza de los jóvenes era notable.
Pero no se evidenciaba nada que dejase traslucir que horrorosos seres devoradores de carne humana vagasen por el otrora bellísimo complejo.

En una de las salas que aún quedaban en pié, distinguí una escalera que bajaba a los misterios de una época pretérita. Sentí una extraña tentación de adentrarme en ella, más la valla que la rodeaba me recordaba que no estaba permitido el acceso. Lamenté a la vez que en cierto modo agradecí que fuese así, ya que me resultaba extraña e incomprensiblemente atemorizante.
Cerca de allí había un banco de madera a la sombra de unos pinos y me senté en él disfrutando de mi entorno. El aire fresco susurrando entre las ramas me incitó a tumbarme. Mi amigo el gato, que no se había separado de mí durante todo el paseo, trepó a mi pecho y se acurrucó en él, ronroneando suavemente.
Mis ojos se cerraron por lo que me pareció un instante. Algo frío y húmedo me despertó. ¿Una gota de lluvia en mi rostro? Abrí los ojos. Era de noche.
Lo que se me habían antojado unos minutos habían sido en verdad varias horas. El horario de visita era hasta las cinco de la tarde, habían cerrado y conmigo dentro, ¿como podían no haberlo notado?
El cielo terminó por ceder y una fuerte lluvia comenzó a caer. Debía ponerme a cubierto, un potente resfriado no formaba parte del programa vacacional.
Corrí hacia el lugar más cercano en el que pudiera refugiarme. “Nadie puede negar que estas ruinas no sirven para algo”, me dije. El viento comenzó a soplar con insistencia y el techo que me protegía no impidió que un fuerte ramalazo de agua me alcanzara. Salté por encima de la cuerda que delimitaba el acceso y me ubiqué al comienzo de una escalera. Era la misma escalera que antes había despertado mi curiosidad.
Me senté en el rellano, mitad dentro y mitad fuera del comienzo de la escalera.
Un temor extraño pero a la vez atrayente me incitaba a adentrarme allí, a la vez que sentía el ridículo al miedo infundado que solemos experimentar en esas situaciones.
Creí oír un maullido que provenía del interior de la estancia  y me dije que debía ser mi gatuno amigo y me dije que no debía estar muy lejos. Con la débil luz del móvil intenté disipar algo de las penumbras, que demasiado densas, sólo me permitían ver unos pocos escalones.
-¿Donde estás? No me hagas bajar…- dije. Sin saber bien porqué, pero sin poder tampoco evitarlo comencé a descender por la escalera.
El viento, en ráfagas, provocaba extraños sonidos al irrumpir en la estancia, hasta me parecía oír voces que se asemejaban a lamentos. Me dije que debía ser por la disposición de las columnas, pero no me sentí muy convencido.
 Otro maullido lejano. La escalera doblaba hacia la izquierda y continuaba bajando. Apenas podía ver lo que tenía delante, la luz del móvil sólo iluminaba pobremente a un par de metros de distancia. Seguía avanzando, sin saber que era lo que me motivaba a hacerlo.
Una fuerza irreprimible me instaba a seguir…vi otra curva en la escalera y al doblar el codo de la misma me pareció ver una tenue luz a la distancia, que con dificultad se habría paso entre las tinieblas. Parecía oscilar débilmente por lo que pensé que era una bombilla que se habían dejado encendida la gente del equipo de restauración. Algo menos atemorizado me dirigí resueltamente hacia la luz
El pasillo era más largo de lo que creía. A pocos metros de alcanzar la luz noto que no era una bombilla lo que oscilaba a causa de una corriente de viento, sino la flama de una lámpara de aceite.
Debajo de la oscilante luz de la lámpara se podían apreciar unos frescos. El pasillo, que parecía terminar allí, en verdad remataba en otro con el que parecía conformar una “T”. Di unos pasos para acercarme más a los frescos y pisé algo que me hizo trastabillar, me agaché para cogerlo y al acercarlo a la luz vi que era un hueso quebrado.
El temor me invadió intempestivamente, pero la razón pudo más…me dije que aquel hueso debía ser de una cabra muerta, y alguno de los tantos perros que había por allí lo habría cogido del campo. Lo arrojé a un lado, pero no así del todo a mis temores.
Mi atención recayó casi inmediatamente en el fresco, de colores vívidos y una plasticidad increíble. Noté que también habían sido restaurados al igual que los del exterior…y el detalle de la lámpara de aceite…resultaba evidente que querían lograr una ambientación total…quizá estaban restaurando las estancias interiores para una futura apertura, aunque curiosamente estas medidas no se correspondían con las actuales técnicas de conservación.
Pensé en volver, ya comenzaba a hacer frío dentro de aquellos pasillos. La humedad era muy grande. Pero me dije que una oportunidad así nunca volvería a tenerla infundiéndome ánimos comencé a recorrer los frescos con mis ávidos ojos.
En ellos se relataba una historia en la que el dios Zeus le regalaba un toro enorme, blanco, al rey Minos.
Allí recordé la leyenda, que en esas milenarias paredes iba redescubriendo.
Minos recibe el toro blanco de manos de Zeus, para ser sacrificado en honor a Poseidón. Pero Minos, prendado de la belleza del animal es incapaz de sacrificarlo, por lo que lo sustituye por otro, esperando que el dios del mar no note el cambio.
Poseidón, de cólera fácil y temible como todos los dioses, se dio cuenta del engaño y como castigo decidió hechizar a Pasifae, la esposa de Minos, para que se enamorara del toro blanco.
Las pinturas descubrían ante mis maravillados ojos aquella fabulosa leyenda. Pude ver como Pasifae conseguía seducir al toro con un disfraz diseñado por el hábil arquitecto Dédalo, el mismo que había erigido el maravilloso palacio que estaba recorriendo. De la unión de Pasifae y el toro nació uno de los monstruos más famosos y temidos de la mitología griega, el terrible Minotauro. La escena estaba representada con un realismo que logró en verdad incomodarme.
Una ráfaga de aire húmedo y caliente hizo estremecerse a las llamas de las lámparas y trajo consigo un olor fuerte, acre.
Mi pié se hundió en algo blando, solté una imprecación y una risa nerviosa afloró inevitablemente de mi boca. Otro recuerdo de algún visitante inesperado, me dije y pensé en el perro que habría traído el hueso que antes había pisado.
Volví mi atención hacia los frescos que continuaban hacia otra bifurcación, conformando otra “T”. La sola idea de perderme en esos pasadizos me produjo un breve escalofrío “no seas tonto, no tienes por que perderte” me dije a mi mismo. Me propuse seguir unos metros más ya que la historia debería estar por culminar. Sólo un breve recorrido y ya podría emprender la vuelta.
A medida que mis ojos se iban embebiendo de historia, un temor olvidado de mi niñez volvió intempestivamente. Recordé que alguien me leyó el mito de Teseo y su lucha con el Minotauro cuando era pequeño. Mi casa era antigua y muy grande y por las noches las sombras se multiplicaban, se agigantaban. Seres de pesadilla podían estar aguardándome detrás de cualquier pared o de aquellos enormes muebles, negros de tantas capas de barniz. De todos aquellos horribles seres que poblaban mi imaginación el Minotauro era el más temible y sentía que podía estar acechándome al amparo de las penumbras. Durante muchas noches cerraba los ojos con temor, o le hablaba a mi hermano hasta que me dormía. Temía que el monstruo pudiese irrumpir en la habitación durante mi sueño, con su hocico embadurnado por la sangre de sus víctimas, y esos ojos...esos ojos espantosos que sólo los seres malditos por los dioses pueden poseer.
Por fin regresé de mi viaje al bestiario de mi niñez y volví a la historia. La construcción del laberinto, el encierro de la bestia y el sacrificio de las primeras víctimas al Minotauro me supusieron varios metros más de recorrido al amparo de la oscilante luz de las lámparas.
La historia llegó al punto en el que Ariadna le entregó al héroe Teseo el famoso ovillo de lana. La luz de las lámparas se hizo en ese punto algo más tenue, pero lo suficientemente clara como para notar que la pared continuaba completamente limpia, quedando la historia inconclusa.
Ni un resquicio de luz más adelante, era como si aquel pasillo hubiera sido engullido por las penumbras. En ese momento recuerdo que, al menos hasta donde sabía, la leyenda del minotauro no había sido fruto del imaginario cretense, sino de los atenienses. O lo que acababa de ver era una restauración de una maravillosa obra o simplemente esos frescos habían sido agregados allí previendo una futura apertura al público y no era más que un recurso de merchandising en detrimento de la cultura. Esto último me dije que no podía ser, ya que el respeto que demostraban hacia su pasado era muy grande.
Algo si tenía claro, y era que lo mejor que lo mejor que podía hacer era volver. La lluvia ya habría dado sus últimas gotas y seguramente encontraría algún guardia fuera que me permitiese salir del complejo. Llegué a donde debería haber una confluencia entre dos pasillos pero sólo había uno, que describía una “L”. Que extraño, quizá entusiasmado con las pinturas había andado más de lo que creía. Pero de pronto, antes de continuar, noté que la pared tenía una fisura que la recorría de arriba a abajo,  y que continuaba en la unión con el techo y en el otro ángulo, como si fuese movediza.
 ¿Y si era el pasillo por el cual había venido? ¿Habría activado involuntariamente algún mecanismo oculto cerrando ese acceso? Intenté empujar la pared, pero no movía. Probé con un ángulo, con el otro, pero no cedía ni un palmo.
Me di cuenta que estaba haciendo tonterías, seguiría por el otro pasillo, seguramente estaba equivocado y era por donde había venido.
En ese momento creí oír un ruido, una corriente de aire caliente trae consigo ese olor fuerte, acre que había sentido antes…era como de algún animal muy grande… “no…es mi mente que me está jugando una mala pasada” pensé como para tranquilizarme. Pero tenía que salir de allí.

Me dirigí hacia el otro pasillo, no sabía a dónde conducía pero ya no importaba. A lo lejos titilaba débilmente la luz de otra lámpara. Me tropiezo con algo duro que cruje bajo el peso de mi cuerpo y me caigo al suelo. Me levanté rápidamente sin ni siquiera mirar que era. Oí unos golpes sordos detrás de mí, no muy lejos.
Como cascos, retumbando en el suelo de piedra.
Y ese olor otra vez, pero más penetrante. No, no era la primera vez que lo sentía. Mi memoria olfativa me transportó tiempo atrás, a mi niñez. Recordé cuando mi padre me llevaba a las ferias de ganadería. Vinieron a mi mente las imágenes de aquellos hermosos caballos, los había de diferentes razas. Todos ellos tan hermosos, tan perfectos.
Recordé también a los cerdos enormes y olorosos…a las ovejas…
Y también a los toros, y su particular olor…
No podía ser, no era más que una pesadilla, una maldita y espantosa pesadilla…pero todo era tan real…tenía que encontrar la salida.
Delante había otra lámpara, se veía distante, como un punto luminoso suspendido en las tinieblas. Mis manos rozaban las paredes, como rasgando las penumbras, buscando desesperadamente una salida. Apuré mi paso, me tropecé una y otra vez, ya no quería ni saber de la naturaleza de mis obstáculos.
El olor cada vez era más penetrante y el golpeteo de cascos sobre las piedras, cada vez más fuerte…más cercano.
La luz de delante estaba más cerca e iluminaba lo que parecía ser una estancia más grande.
El olor acre se acrecentaba a medida que se iba entremezclando con otros aromas, un espantoso olor a putrefacción penetró por mis fosas nasales como una espada hiende la carne. Sin darme cuenta me encontré en medio de una sala y el horror me dominó completamente.
Huesos humanos, algunos con restos de carne y piel aún adheridos yacían desparramados por toda la estancia.
Muecas de horror se dibujaban, impertérritas y atemporales, en las desencajadas mandíbulas de los cadáveres y cuencas vacías eran el hogar de gusanos y moscas. Algún ojo colgaba aún fuera de la órbita, mirándome con su seca pupila.

Miré a mí alrededor, sólo espanto y putrefacción y ninguna salida…y los pasos se escuchaban cada vez mas cerca.
Presa del terror, miré los cadáveres que me rodeaban,  no quería ser uno de ellos.
Uno de los cuerpos iba ricamente ataviado, como correspondería a un personaje importante y restos de carne aún se adherían a sus huesos. Su mano derecha se cerraba entorno a una espada con restos de sangre seca. A pocos metros de él había una lanza.
El suelo dejó de retumbar y luego de unos segundos de silencio que se hicieron eternos escucho un resoplar…tan cerca…demasiado cerca.
Sin dudarlo cogí las armas, mi instinto de supervivencia me impulsaba a actuar y el cuerpo respondía a esas señales.
Me arrinconé contra una pared, y esperé. Algo suave pasó entre mis piernas, era el gato… “vaya momento para aparecer”, me dije, y mi rostro casi esboza una sonrisa nerviosa.
El suelo comenzó a retemblar frenéticamente. Dos puntos rojos como brazas candentes flotaban en la oscuridad.
De la negrura del túnel surgió la inmensa criatura. La suma de todos los horrores de mi infancia se hallaba delante de mí mirándome a través de sus sanguinolentos ojos.
Un espeso vello negro cubría su enorme cuerpo, aberrante creación de los digitadores del destino de los humanos, y de las bestias.
Sus  piernas terminaban en cascos, su cabeza era la de un enorme toro, pero lo que más me aterraba, al punto de lograr paralizarme, era la expresión de sus ojos.
Había en ellos una mezcla de rabia y odio. Furia incontenible reflejada en un rostro tan animal, y a la vez tan humano.
Algo detuvo su avance, miró las armas que tenía en mis temblorosas manos y pareció titubear un instante, como si dudara o como si estuviese midiéndome. Pero sólo fue un segundo.
Un bramido hizo temblar las paredes de la estancia y estremecer cada fibra de mi ser. Bajó su enorme cabeza y sus terribles protuberancias apuntaron hacia mi cuerpo y toda aquella enorme y poderosa masa se dirigió hacia mí en una carga arrolladora.
Un resorte invisible fue lo que impulsó la lanza que tenía en mi mano derecha. El movimiento fue casi involuntario. Temí que el sudor que empapaba mis manos afectara su trayectoria pero no fue así.
Fue la asombrosa e inesperada agilidad  para una bestia de tales dimensiones la que le permitió torsionar su cuerpo, aún en plena carga devastadora e imparable, para evitar que la lanza se clavara en su pecho.
La punta de bronce rozó su hombro derecho, produciéndole un corte.
Se detuvo unos segundos que me parecieron eternos. La adrenalina circulaba por mi cuerpo imbuyéndome de una energía tan fuerte que me dominaba por completo.
El monstruo sabía que podía dañarlo, pero su furia era a tal punto incontenible que deformaba su espantosa cabeza otorgándole más humanidad a su expresión, lo que lo hacía aún más horroroso.
Salvó los pocos metros que lo separaban de mí en una exhalación, pero no perdía de vista ya la espada, que mi temblorosa mano, transformada en una garra, sostenía con una inevitable rigidez.
Como una fiera que se siente acorralada comencé a dar desesperados mandobles con la espada. Conseguí hacerle un corte en un brazo, pero no vi el otro que como una maza se dirige hacia mí  arrojándome brutalmente contra una pared.
Mi cuerpo cayó sobre unos huesos, intenté moverme, pero el dolor en mi espalda era tremendo. Su cabeza se dirigió hacia mí, unos enormes cuernos con restos de sangre ya seca me sentenciaban a morir, buscando mi vientre. Era el fin, moriría en aquel pestilente laberinto, devorado por aquella bestia de pesadilla y mi cráneo sería el hogar de inmundos gusanos. Torció su enorme cuello como para coger impulso pero de pronto se detuvo y miró hacia abajo. En sus flamígeros ojos pude percibir una expresión de curiosidad o quizás de sorpresa. Una tierna y diminuta bola de pelos jugueteaba, ronroneante, entre sus piernas. Ajena a tanto horror.
Todo sucedió muy rápido. Algo me impulsó a reaccionar. Mi mano izquierda no se había deshecho de la espada, aunque ni siquiera sentía su empuñadura sabía que estaba allí.
El bronce, ávido de sangre, se hundió en el pecho del Minotauro y hendiendo la carne, la hoja se penetró hasta la mitad. El grito que profirió fue espantoso y hasta sentí la hediondez de su aliento en mi rostro. De un salto, casi instintivamente, me aparté de él, que comenzó a retorcerse de dolor. Sus cascos golpeaban el suelo haciéndolo temblar, despidiendo huesos rotos que volaban astillados por los aires. Me hallaba arrinconado contra una pared, paralizado por el miedo, sin poder mover ni un músculo.
Con gran esfuerzo la bestia consiguió arrancar la espada de su pecho. Un borbotón de sangre comenzó a manar de la herida.
En medio de terribles gritos que hacían burbujear sangre por su boca, se arrojó ciegamente sobre mí. Salté hacia un costado cayendo sobre unos esqueletos. El monstruo se golpeó contra la pared, haciendo volar por los aires pedazos de argamasa y cuerno. Su cuerpo dio un medio giro y tambaleante se apoyó contra la pared, desplomándose. Su entrecortada respiración producía borbotones de sangre que manaban por su boca y su nariz.
Vi la lanza, la cogí. Esos ojos que hasta hacía unos instantes aparecían llameantes y me infundían tanto temor, ya no lo hacían.
Sólo vi en ellos una tristeza inconmensurable y un sufrimiento insoportable.
Sus ojos se encontraron con los míos. Suplicantes, ávidos de algo que no alcanzaba a comprender. Quizá de respuestas, o simplemente de la libertad que jamás había conocido. Un ser condenado a ser diferente y por ello temido u odiado. Juguete del destino, capricho de los dioses y muestra cruel de la debilidad humana.
Sus pupilas ya no llameaban, sus ojos sólo me suplicaban.
La lanza de se hundió en el corazón del Minotauro. Aquella arma ya no buscaba anular mis miedos, el acero no hendía la dura coraza de mis más tempranas pesadillas, sólo se había transformado en un instrumento de misericordia.
Y me quedé, tembloroso, pero ya no de miedo, contemplando aquél bestial cuerpo sin vida.
Ajeno a tanto horror y tanta muerte el gato estaba jugando a pocos metros de allí. Intentaba sacar algo de la alforja del guerrero que portaba las armas. Un ovillo de lana salió rodando de su interior. Del mismo ovillo salía un extremo que se perdía entre la maraña de cuerpos que había en la estancia.
Presa de una emoción incontenible comencé a seguir su rastro. De un tirón casi involuntario y quizá al rozar un hueso roto o un arma, el hilo se rompió. Desesperado comencé a apartar a aquellos cadáveres pestilentes, arranqué huesos, desgarré ropas sanguinolentas…hasta que lo volví a encontrar.
Con cuidado fui siguiendo el recorrido que para mi asombro llegaba hasta una de las paredes y allí terminaba, como si se metiese dentro de ella.
Cogí una de las lámparas de aceite de la pared y me acerqué al muro. Una casi invisible fisura se apreciaba en él. Comencé a presionar el muro a la altura de la hendidura y éste comenzó a ceder, girando sobre lo que parecía ser un eje.
Una corriente de aire más fresco disipó los espantosos hedores que dominaban aquél lugar. Aquél nuevo pasadizo que se abría ante mí podía ser la salida de ese laberinto de pesadilla. Miré el cuerpo exánime que yacía a escasos metros de mí, enorme e inerte; y pensé que si algo existía allí arriba, digitando sino y destino de todo lo que pululase sobre la superficie terrestre, era demasiado cruel, o veía en nuestra existencia un simple divertimento. ¿Quién podía concebir una aberración así? Condenándola a una vida de sufrimiento y sometiéndola al rechazo y al odio, tan característicos de la naturaleza humana. Me dije que en el mundo había no uno sino muchos minotauros y cosas aún mucho peores, verdaderamente temibles.
Me lancé a las tinieblas, desgarrándolas con la luz de mi antorcha. El hilo salvador se iba deslizando por una de mis manos con rapidez.
No se cuanto tiempo vagué por aquel laberinto. El gato me acompañaba, a veces adelantándome, otras retrasándose.
De pronto pisé algo resbaladizo, quizás aceite.
Caí. Sentí un fuerte golpe en la cabeza y luego, la oscuridad.
Quería moverme, pero no podía. Sentí una respiración cerca de mí…el roce de algo velludo…

Mis ojos se abrieron y se encontraron con otros grandes y amarillos.
El gato estaba sentado sobre mi pecho, ronroneando. Miré a mí alrededor. Los pinos se mecían suavemente con el viento y el sol aún se entreveía entre las copas de los árboles.
Me incorporé con cierta dificultad, me dolía cada músculo de mi cuerpo. Uno de los guardas se me acerca y con ese hablar tan suave y pausado propio de los cretenses y me dijo en griego y luego en inglés que el recinto estaba a punto de cerrar. Me acompañó hacia la salida y cuando llegamos a la verja que delimitaba el complejo me preguntó:
-¿Le gusta la historia?
-Si, me gusta- le contesté.
-Pues aquí está muy…viva; en toda la isla, pero sobre todo aquí mismo, en Knossos…hay algo más fuerte, diferente…pero bueno –hizo un gesto como para restarle importancia a su comentario y agregó- Usted no es de aquí y por ello quizás no lo entendería.
Por unos instantes que se me hicieron eternos su mirada se perdió entre las antiquísimas ruinas. Noté que iba a agregar algo, pero por alguna razón, prefirió callar.
Me hizo un gesto con la mano y se fue andando por debajo de la glorieta, mientras silbaba una canción.
A lo lejos, entre las ruinas, una pequeña figura estaba acurrucada debajo de un bajorrelieve de un toro rojo.
Y sus ojos amarillos y sin tiempo me miraban fijamente.